En China no pagan impuestos
- Esteve Almirall
- Barcelona. Jueves, 7 de mayo de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 4 minutos
En China, un trabajador, un profesional, un pequeño propietario... prácticamente no paga impuestos. No como aquí. Y, sin embargo, China es ya la primera potencia mundial en muchas cosas —por no decir en casi todo lo que importa—. Entonces, ¿cómo lo hacen?
Sí: la educación obligatoria es gratuita y, en muchos lugares, de una calidad que nos haría poner rojos. La universidad y la sanidad son de copago, pero a menudo pagas poco por lo que recibes. Y lo que recibes, en muchos casos, es simplemente mejor.
Y sí: gastan mucho más en educación que en defensa, tienen centros de investigación de primer nivel, infraestructuras que parecen venidas del futuro y han atacado a una escala que nosotros ni siquiera nos atrevemos a imaginar muchos de los problemas que aquí nos tienen atascados: vivienda, listas de espera, nivel escolar, transporte, logística, automatización. Trenes de alta velocidad, autobuses autoconducidos, robotaxis, reparto autónomo de casi todo. No como demostración para quedar bien en un congreso. Funcionando.
Y China es un país socialista. Ahora bien: cuando oyen lo que aquí llamamos políticas de izquierda, piensan que hemos perdido la cabeza y que queremos llevar el país directo a la miseria. Sus políticas están en las antípodas. No son políticas de reparto, sino de crecimiento y oportunidades. Nada que ver.
China es un país socialista. Ahora bien: cuando oyen lo que aquí llamamos políticas de izquierda, piensan que hemos perdido la cabeza
Empecemos por el IRPF. Formalmente, va del 3% al 45%, pero, una vez aplicadas las deducciones, solo una parte relativamente pequeña de la población –quizás un 10%– lo acaba pagando de verdad. La presión sobre el ciudadano medio no juega en la misma liga que la nuestra.
El IVA, sí, existe, y va incorporado al precio de las cosas. El tipo más habitual es del 13%, con tipos reducidos del 9% y del 6%.
Las empresas también contribuyen: un 25% normalmente. Pero los sectores que quieren hacer crecer tienen tipos reducidos, incentivos y vías para repartir parte de la carga entre consumidores, empleados o accionistas. Allí la fiscalidad no es solo una máquina de recaudar. Es un arma de política industrial.
Los impuestos al trabajo existen. Alrededor de un 10% para el empleado y entre un 20% y un 30% para el empleador, a los cuales hay que añadir el fondo de vivienda: aproximadamente un 5%-10% para el empleado y un 5%-10% para el empleador. Pero estas tasas son locales y tienen un tope que acostumbra a situarse alrededor del 300% del salario medio local. Y eso importa mucho, porque en China los sueldos cambian radicalmente de una ciudad a otra.
En China la fiscalidad no es solo una máquina de recaudar. Es un arma de política industrial
Otro elemento son las empresas públicas. Sí: empresas públicas que ganan dinero. No todas, no siempre, no de manera angelical. Pero en conjunto tienen un peso enorme y dan al Estado ingresos, músculo y capacidad de intervención. Poca broma.
Bueno, ya vemos que sí que pagan impuestos. Pero una fracción de lo que pagamos aquí, donde un profesional, si le añadimos IRPF, cotizaciones, IVA y todo ello, puede acabar entregando al sistema alrededor de la mitad —o más— de lo que produce.
La pregunta obvia es esta: ¿cómo se las arregla un país con infraestructuras de primera división mundial, con universidades y centros de investigación que ya respiran en la nuca de los mejores, y con un ejército enorme?
Antes de contestarla, hay otra aún más interesante: cómo se las arregló cuando era pobre. Ahora, aunque paguen poco, comparado con nosotros, son ricos; y muy poco de mucho es mucho. Pero cuando eran pobres, hace solo dos décadas, ¿cómo se las arreglaban?
El gran motor del crecimiento de China ha sido la vivienda. Y la vivienda la construyen promotores privados
El gran motor del crecimiento de China ha sido la vivienda. Y la vivienda la construyen promotores privados. Sí, estos que aquí señalamos, criminalizamos y convertimos en el enemigo público número uno. En China, estos mismos actores han sido una pieza decisiva del milagro.
La tierra es del Estado, que concede derechos de uso muy largos a promotores privados para que construyan vivienda. Durante años, estas concesiones fueron una fuente colosal de ingresos para los gobiernos locales. No solo vivienda: también centros comerciales, oficinas, barrios enteros, ciudades nuevas. Todo el desarrollo inmobiliario, hecho por privados, pero diseñado, canalizado y explotado por el Estado.
Pero esta es solo una parte de la explicación. Hay tres elementos más.
El primero es la eficiencia. La administración, los hospitales, las escuelas, las universidades: todo está obsesionado con funcionar. ¿Cómo lo hacen? Más allá de la cultura, la clave es competir. Los servidores públicos tienen objetivos. Suben si los cumplen y bajan si no. Alinear el interés individual con el interés colectivo: esta es la máquina. Sin eso, nada funcionaría. La competitividad explica mucho más de China que muchos discursos sobre ideología.
Las mejores políticas sociales son las políticas de crecimiento, y China es un ejemplo incómodo
El segundo es el crecimiento. Políticas de crecimiento, no de distribución. La cultura política está orientada a crear oportunidades y recompensar a quien las aprovecha, no a convertir la redistribución en religión de Estado. Crecer, escalar, producir, exportar, aprender y volver a hacerlo. Por eso la China que conocemos la construye en gran parte el sector privado, mientras el Estado, relativamente pequeño en la vida cotidiana, conserva un poder inmenso sobre el diseño de los mercados y sobre los actores privados.
El tercero es la tecnología. La tecnología es desinflacionaria: hace que todo sea más barato, más eficiente y más rápido. Y eso es exactamente lo que ocurre en China. Vehículos eléctricos, camiones, robotaxis, conducción autónoma: todo baja los costes de movilidad y logística, y con ellos los precios. La robotización acelerada hace el resto. Un coche excelente —muchos ya con capacidades avanzadas de asistencia o conducción autónoma— no cuesta más de 30.000 euros. El Rolls-Royce chino ronda los 100.000. Y ya no compite pidiendo permiso: compite mirando a los demás por el retrovisor.
Todo esto produce decisiones que a nosotros nos parecen salvajes. Por ejemplo, en las universidades, carreras como traducción o disciplinas enteras basadas en tareas repetitivas comienzan a cuestionarse. Si esto lo pueden hacer los modelos de lenguaje, ¿por qué formar durante cuatro años a miles de personas para hacerlo como antes? La pregunta es brutal. Pero ellos la hacen.
Vale la pena mirar a China de frente, sin caricaturas y sin la superioridad moral de quien hace décadas que no construye nada
El fenómeno más singular es el impulso a robotizarlo todo en un país donde todavía hay muchísima gente —a pesar de que la población ya baja y el reto demográfico será enorme— y donde existe paro juvenil. La idea es simple: si lo haces mejor y más barato, venderás más; y si vendes más, necesitarás más gente, aunque por el camino haya desajustes. Una idea sencilla que en Occidente parece casi imposible de pronunciar sin pedir perdón.
A menudo decimos que las mejores políticas sociales —quizás las únicas que funcionan de verdad— son las políticas de crecimiento. China es un ejemplo incómodo. Y precisamente por eso vale la pena mirarla de frente, sin caricaturas y sin la superioridad moral de quien hace décadas que no construye nada.