La emigración es hoy una realidad inevitable que necesitamos gestionar con inteligencia. Un fenómeno que, aunque se presenta en los medios y en los discursos políticos como una crisis, un problema o incluso una amenaza, es en realidad una constante histórica y social que no desaparecerá por decreto ni por voluntarismo.

La frase -la emigración no es un problema que debemos resolver, sino una realidad que gestionar- no solo es una llamada a la sensatez, sino también un cambio profundo de perspectiva que debemos asumir si queremos actuar con humanidad y eficiencia. Un cambio que además responde a una motivación claramente interesada, porque, ¿qué ocurriría ya hoy sin el trabajo de las personas emigrantes?

Demasiadas veces hemos caído en la trampa de conceptualizar la migración como un problema externo que “alguien” debe resolver. Esta visión es simplista y dañina porque coloca a la emigración en la categoría de lo anómalo o indeseable. Como consecuencia, se crean políticas cortoplacistas, basadas en la contención y el control, que ignoran las causas estructurales y las dimensiones humanas del fenómeno. Si consideramos la emigración como un problema, es fácil caer en soluciones como cerrar fronteras, aumentar la vigilancia, criminalizar a las personas migrantes. Medidas que en ningún caso atacan las raíces.

Los movimientos migratorios han estado presentes en todas las épocas y culturas y las razones son múltiples: económicas, políticas, sociales, religiosas, ambientales o familiares. Las personas se mueven buscando mejores condiciones de vida, seguridad, empleo, educación o simplemente porque sus territorios se vuelven inviables. Por tanto, la emigración no es un accidente ni una anomalía, sino una parte natural e inevitable de la dinámica humana. La globalización, las desigualdades crecientes, el cambio climático y las transformaciones tecnológicas aceleran y diversifican esos movimientos. Pretender detenerla es como intentar parar el viento con las manos. Hoy la migración es una realidad estructural que probablemente deberíamos de fomentar y gestionar adecuadamente.

Gestionar la emigración implica aceptar que es un fenómeno complejo, dinámico y multidimensional que requiere políticas públicas integrales, flexibles y basadas en derechos humanos. Significa cambiar la narrativa, dejando de hablar del control migratorio o de las fronteras y pasando a hablar de ella desde una visión integral y, por tanto, contemplando la movilidad humana desde una perspectiva amplia y realista.

Demasiadas veces hemos caído en la trampa de conceptualizar la migración como un problema externo que “alguien” debe resolver

La consideración de la migración como un problema lleva implícita la idea de que es algo negativo, indeseable o anómalo. Esto genera miedo, rechazo y divisiones sociales. Sin embargo, bien gestionada, se convierte en una fuente de riqueza social, cultural y económica. Los migrantes contribuyen con sus conocimientos, esfuerzos y diversidad al desarrollo de las sociedades de acogida. Muchas veces cubren trabajos esenciales que no cubren las poblaciones locales.

Una gestión “inteligente” del fenómeno migratorio supone desde reconocer los derechos humanos (los seres humanos deben ser reconocidos y tratados como personas con derechos fundamentales inalienables: acceso a servicios básicos, justicia, protección contra la explotación y la violencia) hasta comprender sus causas estructurales (debemos entender y abordar las causas profundas que empujan a las personas a emigrar: desigualdad económica, guerras, crisis ambientales, falta de oportunidades, corrupción o persecuciones). Ello exige desde diseñar y promover vías legales y seguras para que la migración pueda realizarse, promover la integración cultural, social y económica y gestionarla como una oportunidad tanto para el desarrollo de las personas como de las sociedades de acogida.  

El desafío es enorme y la responsabilidad es compartida: No se resolverá con muros y con miedo, sino con voluntad, empatía e inteligencia. Gestionarla bien implica reconocer derechos, entender causas, abrir vías seguras y promover la integración. En este sentido, los gobiernos deben dejar atrás las miopías cortoplacistas y diseñar políticas integrales en ambas direcciones. Las primeras para facilitar la integración cultural y social y las segundas facilitando el mantenimiento de los elementos culturales, sociales y religiosos de los migrantes, siempre que estos no colisionen con los principios democráticos de los que nos hemos dotado en nuestro entorno. Los gobiernos deben dejar atrás la miopía cortoplacista y diseñar políticas integrales. Su gestión implica un cambio cultural y político profundo para construir sociedades más justas, inclusivas y humanas.

Mientras tanto, constatamos cómo, por unas razones y otras, la migración se ha convertido en un tema central en discursos políticos que buscan capitalizar el miedo y el rechazo para obtener votos. Esta politización simplista e interesada genera políticas populistas que estigmatizan a los migrantes, dividen a la sociedad y dificultan soluciones reales y, además, contribuyen a mantener la segregación y los guetos. Por eso, promover una visión basada en la gestión responsable es también un acto político valiente y necesario.

Las organizaciones sociales, la academia y los medios deben contribuir a desmontar prejuicios y construir narrativas que humanicen la migración. Por otra parte, cada uno de nosotros debe mirar a la emigración no con miedo o rechazo, sino con comprensión y responsabilidad.