Vivimos una situación un tanto sorprendente. Hay cifras que deslumbran. Y luego está la realidad. Mientras que nos hemos convertido en el gran motor del empleo en la UE (los datos muestran que en 2025 fuimos capaces de generar hasta 1/3 del incremento del empleo en la eurozona, casi 570.000 nuevos trabajadores y una cifra que supera a los datos sumados de Alemania, Francia e Italia) seguimos enfrascados en debates y discusiones que francamente no llevan a ningún sitio.

Nos estamos convirtiendo en una muestra más de la distancia que cada vez más parece existir entre la política y la realidad social y económica. Volviendo a los datos (y a pesar de que hemos estado en los últimos años bajo el impacto favorable de los fondos next-generation) algo habremos estado haciendo bien. ¿no?

Pero la economía —como la vida— no se mide solo en cuánto creces, sino en cómo lo haces… y en quién se beneficia de ese crecimiento. Y ahí, probablemente, empieza la historia que no cabe en los titulares.

El ruido de las cifras, el silencio de los salarios

Imaginemos por un momento a esos 22 millones de personas que ya estaban trabajando en España antes de este último impulso. Personas que se levantan cada día, que sostienen empresas, servicios, instituciones y que conceptualmente deberían ser las primeras en notar los efectos de este crecimiento. Y formulemos la pregunta inevitable: ¿en qué ha mejorado su vida? Y si somos realistas y objetivos, la respuesta, incómoda pero honesta, es que apenas lo ha hecho.

Hemos encontrado una forma eficaz (aunque dudo que sea eficiente) de crecer: añadir más trabajadores, ampliar la base, incrementar el volumen. Un crecimiento por agregación. Más manos, más actividad, más PIB. Sin embargo -y a pesar de los anuncios y las estrategias de comunicación- ese crecimiento no está permeándose hacia abajo. No está transformándose en mejores salarios, ni en mayor poder adquisitivo, ni en una sensación tangible de progreso. Es lo que podríamos denominar “crecimiento sin traducción cotidiana”.

Hay un dato que actúa como espejo incómodo de esta realidad. El salario medio por hora en el sector privado se sitúa en 19,5 euros. En la eurozona, alcanza los 28,7 euros. La diferencia no es marginal. Es estructural. Nuestros trabajadores reciben, de media, un tercio menos por hora trabajada. Sin embargo, lo verdaderamente preocupante no es la foto fija, sino la película: Hace 20 años, esta distancia era muy inferior. Estábamos en un cuarto. Y la distancia es de casi 10 puntos. Un diferencial que, lejos de reducirse, ha ido creciendo, lenta pero persistentemente, como una grieta que nadie termina de reparar.

La economía —como la vida— no se mide solo en cuánto creces, sino en cómo lo haces… y en quién se beneficia de ese crecimiento

No hay ciclo económico que haya logrado cerrarla. Ni las crisis, ni las recuperaciones, ni los cambios de política económica. La brecha permanece. Y se ensancha. Y la conclusión es que no estamos convergiendo, sino alejándonos por muchas razones, pero también por la falta de conciencia “política y estructural” sobre un problema que sigue sin estar en el centro del debate.

La lógica invisible del modelo

Podemos pensar que ello responde a una realidad económica basada en sectores de bajo valor añadido. Durante años, esa ha sido la explicación dominante; sin embargo, esta causa no es suficiente, ya que la brecha salarial atraviesa a todos los sectores: desde la industria manufacturera hasta el comercio, pasando por las actividades profesionales, científicas y técnicas. Incluso en los ámbitos donde el conocimiento y la cualificación son más intensivos, la distancia no solo existe, sino que en algunos casos es mayor.

Los niveles salariales y la distancia creciente respecto a otros entornos explican muchas cosas. Los niveles de inversión extranjera, la instalación de centros de producción o servicios para terceros mercados, el dinamismo de la exportación de servicios no turísticos, etc. Funcionamos bien, pero dentro de una lógica centrada en la competitividad de los costes y la relevancia, que parece imparable, del sector turístico. Sin embargo, las ventajas competitivas tienen su contrapartida: salarios más bajos, condiciones contractuales inestables y una menor calidad de vida relativa para quienes trabajan. Deberíamos intentar ampliar la mirada. El problema no reside en lo que producimos, sino en cómo lo hacemos y, sobre todo, en cómo distribuimos la riqueza.

Crecemos más que el conjunto de países de la eurozona. Y lo hacemos porque atraemos más inversión, incrementamos nuestra población, generamos más empleo, pero una parte significativa de los ciudadanos siente que su situación económica y vital no mejora al mismo ritmo.

El problema no es la falta de crecimiento. Es haber confundido, durante demasiado tiempo, crecimiento con progreso

Cuando el crecimiento no se traduce en bienestar, se produce una fractura silenciosa. Mientras las estadísticas y las referencias gubernamentales hablan de expansión, las experiencias cotidianas constatan el estancamiento y con ello el crecimiento de la frustración, la desconfianza y la desafección que llevan, sin duda, a la consolidación y el crecimiento de determinadas alternativas políticas.

Un modelo que funciona… pero, ¿para qué?

Hemos de reconocer que nuestro modelo no es solamente un fracaso. Ha resistido crisis profundas, atrae a capital y a la actividad económica, muestra capacidad para la creación de empleo, pero la cuestión ya no es si funciona, sino para qué. Un modelo que genera empleo sin mejorar salarios y sin ofrecer mejores niveles de calidad de vida puede ser eficiente en términos económicos, pero insuficiente en términos sociales.

Y esa insuficiencia acaba teniendo consecuencias: en la cohesión social, en la estabilidad política, en la motivación de las personas, en la capacidad de retener talento.

Y todo ello nos lleva al debate sobre qué es lo más urgente… crecer o avanzar. Finalmente, la pregunta que debería guiar cualquier política económica es sencilla, casi elemental: ¿está mejorando la vida de quienes trabajan?

Si la respuesta sigue siendo dudosa, entonces el problema no es la falta de crecimiento. Es haber confundido, durante demasiado tiempo, crecimiento con progreso.