Son muchas las voces que denuncian la muerte de la clase media, después de constatar que la gente de mediana edad seremos la primera generación que viviremos peor que nuestros padres. Es cierto que el coste de la vida se ha disparado y que el acceso a la vivienda, un factor determinante para la calidad de vida, es extremadamente difícil. Es el primer problema que tenemos como sociedad y combatirlo es un imperativo para todos nuestros políticos. Pero también es cierto que vivimos con más comodidades que nuestros padres y que hemos tenido un acceso a la educación, la cultura, el ocio, el turismo y la tecnología muy superior.

Una cosa que caracterizaba a los baby boomers era el anhelo de tener una segunda residencia para pasar allí las vacaciones y algunos fines de semana. Viajar no estaba al alcance de todos y la segunda residencia era la opción más común de tener un lugar donde desconectar, hacer vida social y dejar a los niños corretear por la calle con la bicicleta o la pelota. A veces era la torre en una urbanización o el apartamento en la playa, pero muy a menudo acababa siendo la casa en el pueblo, ya que muchas de las familias que vivíamos en las ciudades teníamos el origen en pueblos de la Cataluña rural o de otras zonas de España, como Castilla-La Mancha, Andalucía, Extremadura, Murcia o Galicia. Una casa que habitualmente se heredaba, o se arreglaba la era.

Actualmente, este anhelo queda más lejos. Bastante difícil es tener una vivienda habitual, sea en propiedad o de alquiler, para pensar en una segunda residencia. Esto no quiere decir, sin embargo, que no sea lícito y que una familia, si ha tenido la suerte de comprar un piso antes del actual boom de precios y puede tener una segunda residencia, o simplemente se lo puede permitir, acceda a ella. Pero si después recibe una tercera vivienda en herencia, ¿qué pasa? Pues que la ley, cuando se aplique el acuerdo del Gobierno y los Comunes, cataloga aquella familia como especuladora potencial.

Frenar la compra especulativa tiene muchas aristas, empezando por el respeto a la propiedad privada. Aun así, lo puedo entender en un contexto de emergencia social en la vivienda como el que vive Cataluña. Pero de repente, socialistas y comunes han ido más allá de la definición de grandes tenedores y han decidido meterse con aquellos que tienen más de dos residencias. Y la CUP va aún más fuerte y pide el veto a la segunda residencia con el argumento de que, con la situación que vivimos, todas las casas deben ser para vivir en ellas. Esto está muy bien, pero la familia que vive y trabaja en Barcelona o el área metropolitana y no encuentra el piso que necesita al precio que puede pagar, no puede ir a vivir a un pueblo de la Vall Fosca.

No sé si se solucionará la falta de vivienda yendo contra los fondos y los grandes tenedores, pero seguro que no se solucionará yendo contra la clase media

¿En qué momento nos ha parecido poco la figura del gran tenedor? ¿Para qué sirve ya esta catalogación si, cuando se trata de frenar la compra especulativa, justamente aquella que se relaciona con el gran tenedor, se pone la lupa sobre una parte importante de la población?

Vamos a los datos. En Cataluña, los grandes tenedores tienen 364.000 viviendas, según los datos de la Cámara de la Propiedad Urbana de Barcelona. Esto es casi el 10% de los 3,74 millones de viviendas registradas y, en todo caso, una cifra lo bastante alta para empezar a legislar, sobre todo teniendo en cuenta que son el 1% de los titulares y que el primer gran tenedor son las mismas administraciones públicas, que tienen casi 38.000 propiedades. Hay 251 que tienen más de cinco propiedades, aunque las cifras incluyen edificios públicos como los mismos ayuntamientos.

Si continuamos mirando las cifras, que son oficiales y públicas, veremos que dos millones de personas tienen una sola vivienda, mientras que 528.000 tienen entre 2 y 5. Queda claro, pues, que cuando hablamos de familias con 2 o 3 viviendas, no hablamos de las élites, sino de una parte significativa de la población, que suma 1,26 millones de propiedades; por lo tanto, la media de vivienda por persona es de 2,4. Son personas y familias, en la mayoría de los casos, con una segunda residencia y quizás una tercera, o un piso heredado o un piso que, después de ahorrar, se ha podido comprar para dejar para un hijo o hija. Ni son grandes tenedores ni especuladores, sino que son mayoritariamente ahorradores.

Los datos demuestran lo que ya muestra la realidad desideologizada, pero algunos no quieren ver o prefieren ignorar. Cuando hablamos de familias con segunda residencia, y quizás un piso heredado, aunque algunos lo nieguen, hablamos de clase media. No sé si se puede resolver el problema de la vivienda yendo contra los fondos de inversión y los grandes tenedores, pero seguro que no se resolverá yendo contra la clase media, porque entonces sí que dejará de serlo. Cada vez tengo más la sensación de que a menudo los mismos que dicen que la clase media se muere son los que la quieren matar. Y, mientras tanto, los solares continúan sin grúas.