En las calles de Pekín no hay ni una sola moto de gasolina. Ni una. Después de ver pasar unos cuantos miles durante doce días de agosto, la conclusión es inequívoca: todas son eléctricas, sin excepción. Con los coches pasa algo parecido: unos dos tercios de los que circulan ya no queman combustible. La frontera no la marca el poder adquisitivo, sino el año de matriculación: prácticamente todo lo que es relativamente nuevo es eléctrico. La ciudad que hace una década era el símbolo mundial del aire irrespirable tiene hoy un cielo limpio y un tráfico silencioso que desconcierta al visitante.

En el año 2013, la concentración media anual de partículas PM2,5 en Pekín era de 89,5 microgramos por metro cúbico, unas dieciocho veces el límite que recomienda la Organización Mundial de la Salud, y la ciudad acumuló 58 días seguidos de contaminación severa. En 2025 la media cayó hasta los 27 microgramos, por debajo de 30 por primera vez, y solo se registró un día de contaminación severa en todo el año. Los que lo vivieron lo explican: tenían una aplicación en el móvil que les indicaba si ese día era prudente salir a la calle. No era una inquietud ambiental abstracta, era una cuestión de salud inmediata. El proceso no fue magia, sino una buena política pública. Se crearon dos tipos de matrículas: las verdes (eléctricos), gratuitas, y las azules (de combustión), limitadas en número y sacadas a subasta, con precios habituales por encima de los 10.000 euros por matrícula.

Pero no lo podemos idealizar. Más allá de la ejemplar transición de la movilidad, China emitió en el año 2024 unos 13.100 millones de toneladas de CO₂ de origen fósil, cerca de un tercio del total mundial. La Unión Europea emitió 2.460 millones, poco más del seis por ciento. Dicho de otra manera, la reducción europea de aquel año, unos sesenta millones de toneladas, quedó más que anulada por el aumento chino del mismo ejercicio: ciento tres millones de toneladas. Todo nuestro esfuerzo anual cabe dentro del margen de variación de un solo año de China. No es un argumento para no hacer nada, pero sí para exigir que aquello que hacemos mantenga una relación razonable entre coste y efecto. En vez de eso, hemos acabado construyendo una política climática de vocación extrañamente expiatoria. Hemos prohibido las pajitas de plástico, hemos pegado los tapones a las botellas y hemos normalizado un modelo comunicativo, el que proyectó Greta Thunberg y que después han imitado gobiernos e instituciones, que interpela al ciudadano por la culpa en vez de hacerlo por el interés. El problema es que este planteamiento nos está generando frustración colectiva (¿por qué tenemos que ser los únicos del mundo en sacrificarnos por una causa colectiva?) y pobreza, en la medida en que no hemos aplicado las exigencias internas de sostenibilidad a todo aquello que viene importado por nuestras fronteras, y todo ello ha desembocado en un maravilloso incentivo para deslocalizar la industria fuera de Europa.

Pekín, la ciudad que hace una década era el símbolo mundial del aire irrespirable tiene hoy un cielo limpio y un tráfico silencioso que desconcierta al visitante

Ahora bien, hay que ser optimistas con respecto a las capacidades de China. No por su velocidad autoritaria, aunque sea la lectura más tentadora. La transformación de la movilidad china no se hizo por convicción moral, sino por una combinación muy terrenal de emergencia sanitaria y oportunidad industrial. Hoy las tecnologías limpias, como la energía solar, las baterías..., aportan el equivalente a 2,1 billones de dólares a la economía china y explican más de un tercio de su crecimiento. Y el siguiente paso después de la transición de la movilidad ya ha comenzado: el carbón bajó el primer semestre de 2026 hasta el 49,7% de la generación eléctrica, por debajo de la mitad por primera vez en la historia del país, y en 2025 las emisiones chinas cayeron por primera vez en un año completo. El cuello de botella ya no es la convicción, sino la red eléctrica. A principios de 2026 se lanzó el 9,2% de la producción solar y el 8,5% de la eólica de China por pura incapacidad del sistema de absorberlas, lo que en la jerga del sector se denomina "curtailment", y que también ocurre en España.

En definitiva, la pregunta relevante no es si tenemos que convencer a China de que volverá a ahogarse, ahora por el calor y no por la niebla. La presión moral externa no ha movido nunca a Pekín ni un milímetro, y no lo hará ahora. La palanca que Europa sí tiene es mucho menos épica y bastante más eficaz: un precio del carbono que se aplique de verdad a todo lo que consumimos, venga de donde venga, y una oferta tecnológica competitiva en aquello que ellos todavía no tienen resuelto, que es la flexibilidad de red, el almacenamiento y la gestión de sistemas eléctricos con penetraciones renovables extremas. Si continuamos planteando la transición como una penitencia, solo obtendremos frustración y pobreza. Si la entendemos, como han hecho ellos, como una industria, todavía estamos a tiempo de sacar provecho.