¿A qué jugamos con los presupuestos?

- Rat Gasol
- Barcelona. Martes, 2 de junio de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 4 minutos
Catalunya necesita presupuestos. Evidentemente que sí. Gobernar con cuentas prorrogadas de manera indefinida no es gobernar, sino administrar la inercia. Un país sin presupuestos es un país que aplaza decisiones, que renuncia a priorizar y que acaba convirtiendo la gestión pública en una forma de supervivencia institucional permanente. En un contexto económico marcado por la necesidad de reforzar infraestructuras, recuperar competitividad, atraer inversión, retener talento y modernizar servicios esenciales, la falta de estabilidad presupuestaria no es una simple anomalía administrativa, sino un lastre con consecuencias muy reales.
Ahora bien, asumir la necesidad de unos presupuestos no debería implicar suspender el sentido crítico. Porque la cuestión de fondo no es solo disponer de unas cuentas aprobadas, sino entender sobre qué bases se articulan y hasta qué punto aquello que prometen responde a una capacidad real de ejecución o, más bien, a una escenificación política que hace demasiados años que se repite, maquillada con nuevas cifras, nuevos calendarios y grandes anuncios, pero que cada vez cuesta más de digerir.
Hace tiempo que Catalunya vive atrapada en una especie de rueda del hámster institucional. Un mecanismo casi previsible en el que primero llegan los anuncios millonarios, después las presentaciones solemnes y, finalmente, un escenario mucho menos lucido, marcado por aplazamientos, revisiones constantes y compromisos que acaban eternamente postergados. Los anuncios no se detienen, sí, pero los resultados reales difícilmente están a la altura de las expectativas que se generan.
Y es precisamente aquí donde el discurso político empieza a hacer aguas. Porque prometer no equivale a ejecutar, del mismo modo que presupuestar no garantiza transformar. Catalunya acumula décadas de grandes anuncios, compromisos solemnemente presentados y proyectos vendidos como transformadores que, a la hora de la verdad, han acabado muy lejos del papel donde habían sido consignados. Las cifras, por desgracia, delatan la cruda realidad.
Entre 2015 y 2021, la Comunidad de Madrid registró una ejecución superior al 120% de la inversión prevista; Catalunya no llegaba al 60%
Según datos de la Intervención General de la Administración del Estado, en el año 2023 el grado de ejecución de la inversión estatal regionalizada en Catalunya se situó en un modesto 44,6% de lo presupuestado, muy lejos de la media estatal, que superó el 82%. Traducido a un lenguaje menos burocrático y más honesto, esto significa que de cada cien euros comprometidos en Catalunya apenas llegaron cuarenta y cinco. El resto, una vez más, quedó atrapada en aquel universo difuso donde las promesas se aplazan, los plazos se revisan y las explicaciones se vuelven tan recurrentes como previsibles.
La comparación con Madrid, además, resulta especialmente difícil de justificar. Entre los años 2015 y 2021, la Comunidad de Madrid registró una ejecución media superior al 120% de la inversión prevista, mientras Catalunya apenas rozaba el 60%. La diferencia es lo suficientemente significativa para incomodar cualquier relato excesivamente complaciente. Mientras unos territorios reciben menos de lo comprometido, otros acaban recibiendo incluso más de lo presupuestado. Y luego todavía hay quien se escandaliza cuando se habla de agravio o de agotamiento.
Porque no, esto no va solo de dinero. Va de confianza. Va de credibilidad institucional. Va de hasta qué punto un país puede seguir sosteniendo su ambición colectiva cuando los compromisos estratégicos se convierten, demasiado a menudo, en una especie de liturgia administrativa condenada a aplazarse.
Nos sorprendemos de Rodalies. De los retrasos constantes, de las incidencias recurrentes y de una red ferroviaria que ha convertido la resignación de los usuarios en un elemento casi estructural del día a día. Pero, seamos honestos, ¿qué esperábamos exactamente? Hace años que cada presupuesto anuncia inversiones históricas, que cada ministro promete un antes y un después y que cada legislatura asegura que, ahora sí, el servicio dejará atrás décadas de degradación. Mientras tanto, los hechos siguen llegando puntualmente para desmentir el optimismo institucional.
Catalunya necesita presupuestos, sin duda. Lo que no necesita es seguir alimentando la ficción. Queremos hechos y no palabras
El corredor mediterráneo habita una dimensión temporal similar. Siempre inminente, siempre estratégico, siempre imprescindible, pero eternamente inacabado. Hace tantos años que se habla de él que casi ha dejado de parecer una infraestructura clave para convertirse en un ejercicio colectivo de paciencia.
Y, sin embargo, cuando uno podría pensar que este historial persistente de compromisos aplazados habría introducido una cierta prudencia, aparecen unos nuevos presupuestos que vuelven a querer construir relato sobre grandes proyectos ferroviarios a décadas vista, condicionados —como tantas otras cuestiones estratégicas en Catalunya— a la voluntad del gobierno central de turno.
Es aquí donde cuesta no indignarse.
Porque una cosa es tener ambición de país y otra, muy diferente, es convertir determinadas infraestructuras en ejes vertebradores de unas cuentas públicas cuando ni siquiera existe una certeza mínima sobre su despliegue real. La línea orbital ferroviaria, presentada recurrentemente como una pieza estratégica para conectar las principales ciudades metropolitanas sin tener que pasar por Barcelona, reaparece una vez más como si nos encontráramos ante una realidad casi tangible, cuando lo más honesto sería reconocer que nos movemos en horizontes temporales tan remotos y políticamente condicionados que cuesta distinguir entre planificación rigurosa y simple ejercicio de voluntarismo.
Francamente, ¿a qué jugamos?
¿De verdad pretendemos hacer creer al país que una de las grandes apuestas de unos presupuestos puede descansar sobre un proyecto que, siendo generosos, probablemente requerirá décadas, decenas de trámites administrativos, consensos políticos extraordinariamente frágiles y una dependencia absoluta de unos gobiernos españoles que cambian de prioridades con la misma facilidad con que cambian las mayorías parlamentarias?
Un país no se construye solo con grandes anuncios, sino con compromisos que se materializan
Hablamos de una infraestructura condicionada por factores que Catalunya no controla y que, sin embargo, se presenta como si dependiera exclusivamente de la determinación política del momento. Como si la historia reciente no existiera. Como si los mismos ciudadanos que acumulan años de retrasos ferroviarios tuvieran que aceptar, una vez más, una nueva dosis de optimismo institucional sin formular preguntas.
Y aquí es donde aparece la incomodidad de fondo. No se puede reclamar confianza mientras se sigue reproduciendo el mismo patrón de anuncios grandilocuentes, plazos vaporosos y compromisos que acaban disueltos en la espesa burocracia de lo pendiente. Apenas se ejecuta lo comprometido a corto plazo y, mientras tanto, se nos pide un ejercicio de fe casi religiosa sobre proyectos concebidos para materializarse treinta o cuarenta años más tarde.
Porque el papel lo aguanta todo. Presupuestos repletos de inversiones millonarias, líneas ferroviarias proyectadas a décadas vista, calendarios aparentemente ambiciosos y compromisos presentados como irrenunciables que, todos sabemos, acaban lejos de la realidad cotidiana de un país cansado de los reiterados incumplimientos.
Catalunya necesita presupuestos, sin duda. Lo que no necesita es seguir alimentando la ficción. Queremos hechos y no palabras que se lleva el viento.
Porque un país no se construye solo con grandes anuncios, sino con compromisos que se materializan.
¿Cuántas veces más estaremos dispuestos a celebrar promesas que ni siquiera llegan a salir de la estación?