Recientemente, los cimientos del mundo financiero global temblaron ante la filtración de un acuerdo corporativo sin precedentes: el gigante del comercio electrónico Amazon negocia una inversión colosal de hasta 50.000 millones de dólares en OpenAI, la empresa creadora del célebre ChatGPT. Según los detalles que salieron a la luz en la prensa especializada, esta operación no es una simple inyección de capital. Amazon entregaría 15.000 millones de dólares de forma inicial, pero retendría los 35.000 millones restantes atados a una de dos condiciones extremas.

La primera es que OpenAI logre crear una inteligencia artificial (IA) que iguale completamente la capacidad del cerebro humano en todas sus facetas; la segunda es que la empresa decida salir a la bolsa de valores. Esta última catapultaría el valor total estimado de OpenAI a unos vertiginosos 730.000 millones de dólares antes siquiera de empezar a cotizar públicamente. Para comprender la magnitud real de lo que esto significa para la economía global, es necesario desgranar qué ocurre cuando una empresa privada de tamaño colosal decide abrir sus puertas al público inversor.

Existe un momento crítico y transformador en el ciclo de vida de muchas empresas privadas en el que sus fundadores, empleados originales e inversores tempranos desean convertir sus acciones en dinero en efectivo real y líquido que puedan utilizar. Para lograrlo las empresas ejecutan lo que en la jerga de los mercados se conoce como un IPO (Initial Public Offering u Oferta Pública Inicial, en español). Este es el complejo proceso legal y financiero mediante el cual una empresa privada pone sus acciones a la venta en el mercado de valores abierto al público, permitiendo que cualquier individuo, corporación bancaria o fondo de pensiones del mundo pueda comprar un pedazo de la compañía.

Generalmente, cuando una empresa tecnológica exitosa anuncia su IPO, causa un revuelo mediático considerable y atrae mucho dinero. Pero si OpenAI sale a la bolsa con una valoración de 730.000 millones de dólares, no causará un simple revuelo estacional; generará un auténtico tsunami financiero que alterará violentamente el comportamiento de toda la bolsa de valores a nivel mundial. Para visualizar este fenómeno con claridad, imaginemos una piscina olímpica inmensa y llena de agua hasta el borde.

En esta metáfora, el agua de la piscina representa absolutamente todo el dinero en efectivo que los inversores de todo el planeta tienen disponible para comprar acciones en un momento dado. Normalmente, un IPO de una empresa tecnológica tradicional es como una persona que salta a la piscina desde el trampolín y hace algunas olas, el agua se agita momentáneamente pero el nivel general de la piscina se mantiene estable y el resto de los nadadores puede seguir su curso sin mayor inconveniente. Sin embargo, un IPO de la magnitud estratosférica que propone OpenAI es el equivalente exacto a levantar un gigantesco portaaviones de acero y dejarlo caer de golpe dentro de esa misma piscina olímpica.

La inmensa cantidad de capital que esta operación exigiría de los mercados públicos no tiene paralelo en la historia financiera moderna. Para que los gigantescos inversores institucionales, los bancos de inversión y el público en general puedan reunir los miles de millones en efectivo necesarios para comprar las acciones de OpenAI a ese precio astronómico, inevitablemente tendrán que conseguir liquidez rápida. ¿Y cómo consiguen ese efectivo de la noche a la mañana? Vendiendo de forma masiva las acciones que ya poseen en otras compañías. Esto significa que la simple salida a bolsa de OpenAI provocaría una caída en el precio de las acciones de miles de otras empresas, simplemente porque todos los actores financieros querrían venderlas al mismo tiempo para hacer espacio en sus carteras de inversión para el nuevo y brillante gigante de la IA.

Esta exigencia brutal de liquidez masiva significa que, durante los meses previos y posteriores a la salida a bolsa, OpenAI se convertiría en un imán gigante e insaciable que absorbería el capital global. Esto tiene ramificaciones corporativas muy severas para el resto del tejido empresarial. Si una compañía de tecnología sólida, innovadora y rentable, pero de un tamaño mucho menor, llevaba años planeando y preparando meticulosamente su propia salida a la bolsa en la misma época, se verá obligada a cancelar absolutamente todos sus planes. Sencillamente, nadie en el mundo financiero le prestará un segundo de atención ni le entregará un solo dólar de inversión cuando el leviatán de la IA esté acaparando todos los titulares de la prensa económica y secando hasta la última gota de los fondos disponibles. El mercado de capitales se cerraría de golpe, como una puerta blindada, para cualquier otro actor corporativo que no se llame OpenAI.

Por otro lado, esta audaz jugada financiera somete a la propia OpenAI a una trampa de presión corporativa implacable y perpetua. Mientras una empresa es de carácter estrictamente privado, sus dueños y junta directiva pueden decidir gastar miles de millones de dólares durante años en investigación de laboratorio pura, perdiendo dinero a corto plazo con la esperanza de lograr un descubrimiento tecnológico monumental a largo plazo. Pero una vez que ejecutas un IPO y te conviertes en una empresa pública que cotiza a ese nivel de precio en el mercado, las reglas del juego cambian de manera drástica. Wall Street (término en inglés que da nombre a la calle de Nueva York donde se ubica la bolsa de valores, pero que se utiliza universalmente para referirse al sistema financiero estadounidense en su conjunto) no perdona un solo trimestre de estancamiento.

A partir de su debut bursátil, la empresa se verá obligada a participar en lo que se denomina Earnings Calls o Llamadas de Ganancias en español, que son las teleconferencias trimestrales obligatorias donde los directivos deben reportar públicamente sus estados financieros y beneficios netos a los accionistas. En estas reuniones de evaluación trimestral, la paciencia científica no existe. OpenAI ya no tendrá el lujo de investigar pacientemente en sus laboratorios durante años sin mostrar resultados comerciales inmediatos y tangibles. La gigantesca máquina financiera exigirá retornos constantes, masivos y siempre en ascenso para justificar la inmensa cantidad de dinero que el público ha apostado ciegamente en ellos. 

Si no demuestran que monetizan cada aspecto de su tecnología de IA para generar ganancias exorbitantes mes a mes, el precio de sus acciones se desplomará, arrastrando consigo a todo el índice del mercado. En el instante preciso en que toquen la campana de apertura bursátil, OpenAI dejará de ser un laboratorio de ingenieros enfocados en la ciencia para convertirse, de manera irreversible, en una maquinaria financiera condenada a alimentar el apetito infinito de rentabilidad de sus accionistas cada noventa días.

Las cosas como son