Europa tiene pánico. Si leemos la prensa financiera tradicional, como el reciente análisis del Financial Times, el continente se enfrenta a un apocalipsis matemático. Los gobiernos están desesperados porque las cuentas no salen, hay demasiados jubilados y muy pocos jóvenes trabajando.
Pero mientras los políticos y economistas discuten si debemos trabajar hasta los 70 años o importar millones de inmigrantes, cometen un error garrafal. Miran por el espejo retrovisor para conducir hacia el futuro, "pensando sin pensar".
El debate sobre las pensiones ignora al elefante, o mejor dicho, al microchip, en la habitación: la inteligencia artificial (IA). Y hacer cálculos económicos hoy ignorando la IA es como planear un día de playa asumiendo que el sol va a desaparecer. Es absurdo, contrafáctico y, en suma, suicida.
El esquema ponzi al descubierto
El sistema de pensiones europeo es, técnicamente, una estafa piramidal o un esquema Ponzi legalizado. Lo inventó Otto von Bismarck en el siglo XIX, una época donde la gente tenía muchos hijos y se moría pronto. El sistema funciona mediante el "reparto" o pay-as-you-go.
Así, el dinero que le quitan hoy al trabajador joven no se guarda en una caja fuerte para su futuro, sino que se usa inmediatamente para pagar al jubilado actual. Esto funciona de maravilla siempre que haya muchos "nuevos inversores" jóvenes entrando en la base de la pirámide para sostener a los pocos viejos que llegan a la cima.
Pero la base de la pirámide ha desaparecido. En España e Italia, la tasa de natalidad es de 1,2 hijos, muy por debajo de lo necesario para mantener la población. La demografía europea es ahora un edificio con los cimientos podridos y el ático cada vez más pesado. ¿La solución de los burócratas? Subir la edad de jubilación o subir impuestos. Es decir, exprimir más a los pocos que quedan.
El error de mirar hacia atrás
Aquí es donde el análisis tradicional falla. "El problema básico es que la economía no ha crecido lo suficiente", dicen los expertos. Y miran hacia atrás, a los datos históricos, para predecir el futuro. Esto es un error lógico, ya que todo pasado empleado para predecir un futuro disruptivo es un contrafáctico. Es basar la estrategia en un mundo que ya no existe.
Imaginen que mañana se anuncia que el sol dejará de brillar. La reacción lógica de los burócratas europeos sería calcular cuántas toneladas de crema solar vamos a ahorrar. ¡No! Si no hay sol, la crema solar es irrelevante. Del mismo modo, si tenemos IA, la vieja ecuación de "fuerza laboral humana = riqueza nacional" deja de ser válida.
La IA: el sol que se niegan a ver
El artículo del Financial Times menciona la "baja productividad" y el "bajo crecimiento" como causas del problema, pero ignora sistemáticamente la única herramienta capaz de romper esa tendencia. La IA desacopla la producción económica de la cantidad de humanos trabajando. En el modelo antiguo, el de Bismarck, para pagar una pensión se necesitaba a tres trabajadores fabricando tornillos. Si había menos trabajadores, se producían menos tornillos y el sistema colapsaba.
En el modelo nuevo, el fáctico, un solo sistema de IA o un robot produce lo mismo que 100 trabajadores, laborando 24 horas al día, sin sindicatos, sin cansancio y sin cobrar pensión. Si la productividad se dispara gracias a la tecnología, no importa que haya menos jóvenes. Lo que importa es cómo se distribuye la riqueza que generan las máquinas.
La ceguera voluntaria
¿Por qué nadie habla de esto? ¿Por qué la solución propuesta es siempre el dolor de trabajar más años y cobrar menos? Porque es más fácil administrar la miseria conocida que apostar por la abundancia desconocida. Los políticos europeos discuten subidas de impuestos a los trabajadores en lugar de hacer un análisis sobre cómo gravar la productividad de los robots y los algoritmos.
Europa está obsesionada con "tapar agujeros" en un barco de vela, cuando ya se ha inventado el motor a reacción. Sugerir que la solución es la inmigración masiva o la austeridad es no entender que el trabajo humano, tal como lo conocemos, cambió de naturaleza.
El sistema de pensiones actual está muerto porque falta imaginación. Hacer cálculos basados en la demografía de 1950 en la era de la IA es el acto final de una burocracia que prefiere hundirse con el barco antes que admitir que el mapa ha cambiado. No necesitamos más niños para pagar las pensiones del futuro; necesitamos más chips, más energía y, sobre todo, líderes que entiendan que el sol sigue ahí, aunque ellos cierren los ojos.
Las cosas como son
