Hay un sonido que, cuando aparece en nuestro teléfono, consigue captar nuestra atención de inmediato. No es una llamada ni un mensaje de WhatsApp. Es una alerta. Durante unos segundos, todo lo demás pasa a un segundo plano y buscamos respuestas: ¿qué está ocurriendo?, ¿dónde?, ¿debo hacer algo? En estos últimos dos años, las alertas de emergencia se han convertido en una herramienta cada vez más habitual para informar a la población ante situaciones de riesgo: incendios, inundaciones, fenómenos meteorológicos extremos… Hoy, la tecnología permite que un aviso pueda llegar a cientos de miles de personas prácticamente al mismo tiempo. Y creo que esto es, sin duda, un avance.
Pero este fenómeno, que ya no nos resulta tan nuevo, también me lleva a plantearme una pregunta: ¿estamos empezando a dejar de confiar en las alertas? Una alerta que llega cuando, afortunadamente, no acaba sucediendo nada puede parecernos innecesaria. Una que llega demasiado tarde puede generar frustración. Y una que no llega cuando debería puede tener consecuencias mucho más graves. La confianza funciona así. Cuesta mucho construirla y muy poco perderla.
Si recibimos varias alertas que percibimos como exageradas o innecesarias, es fácil que la próxima vez les prestemos menos atención. Quizá cerremos la notificación sin leerla. Quizá pensemos que "otra vez será lo mismo”. Y ahí aparece el verdadero problema: que cuando llegue una alerta realmente importante, ya no consigamos distinguirla del resto. Por eso, creo que el reto no es solamente conseguir que una alerta llegue a nuestro teléfono. También necesitamos que la información sea suficientemente precisa para que sepamos que merece nuestra atención. Y aquí es donde aparece una tecnología de la que llevamos tiempo hablando, aunque todavía estamos lejos de conocer todo su potencial: la inteligencia artificial.
¿Puede la IA ayudarnos a mejorar los sistemas de alerta?
Yo creo que sí. Los sistemas de inteligencia artificial pueden analizar cantidades enormes de información a una velocidad que sería imposible para una persona o incluso para un equipo entero. Datos meteorológicos, imágenes por satélite, información geográfica, históricos de emergencias o diferentes indicadores ambientales pueden cruzarse para identificar patrones y detectar situaciones de riesgo. En principio, cuanta más información podamos analizar y mejor sepamos interpretarla, más posibilidades tendremos de anticiparnos. Pero aquí planteo también una cuestión que me parece importante: cuanto más confiamos en estos sistemas, mayor es la responsabilidad que depositamos en ellos. La inteligencia artificial puede ayudarnos a detectar patrones que no vemos, a identificar riesgos antes y a tomar decisiones con más información. Pero no elimina la incertidumbre. Una predicción sigue siendo una predicción. Y una emergencia, por definición, es una situación en la que no todo sale como estaba previsto.
Por eso, en mi opinión, mejorar la tecnología no debería significar únicamente hacerla más rápida o más sofisticada. También debería significar hacerla más fiable y entender mejor sus límites. Y, sobre todo, recordar qué hay detrás de cada alerta. Porque detrás de una inundación no hay solo datos meteorológicos. Hay personas que pueden perder su casa, familias que necesitan ayuda o comunidades enteras que tienen que reorganizarse en cuestión de horas. Ahí es donde creo que el papel del tercer sector vuelve a ser fundamental. Las organizaciones sociales llevan años trabajando sobre el terreno y saben que las necesidades de una emergencia no siempre son evidentes desde fuera. Saben qué hace falta, dónde hace falta y, muchas veces, qué recursos pueden movilizarse con mayor rapidez.
La tecnología puede ayudarnos a detectar antes un problema. Pero alguien tiene que responder. Y, en este punto, me gustaría llevar el debate sobre las alertas un poco más allá de si el aviso ha llegado correctamente a nuestro móvil. ¿Qué ocurre después? En Worldcoo lo hemos vivido de cerca. Cuando ocurre una catástrofe, muchas personas quieren ayudar. También empresas que buscan una manera de contribuir y organizaciones sociales que necesitan recursos para poder responder. El reto está en conseguir conectar esas tres piezas con rapidez. A través de nuestras campañas de emergencia hemos activado más de 170 iniciativas y recaudado alrededor de 4 millones de euros destinados a situaciones que requerían una respuesta urgente. En estos casos, creo que la tecnología tiene sentido cuando ayuda a hacer algo muy concreto: reducir el tiempo que pasa entre detectar una necesidad y conseguir que alguien pueda responder a ella.
Y aquí es donde veo que la inteligencia artificial puede tener todavía mucho recorrido. No solo para intentar anticipar dónde puede producirse una emergencia, sino también para ayudarnos a entender qué puede necesitar una población afectada, dónde se concentran esas necesidades o cómo coordinar mejor los recursos disponibles. Pero conviene no perder de vista algo bastante sencillo: la tecnología puede ayudarnos a decidir más rápido, pero no puede decidir por nosotros qué significa ayudar. Volvemos, por tanto, a la confianza.
A confiar en que una alerta merece nuestra atención. A confiar en que la información que recibimos es fiable. Y también a confiar en que, cuando una emergencia ocurre, detrás de esa información hay organizaciones y personas preparadas para actuar. Quizá ese sea uno de los grandes retos de los próximos años. No conseguir que nuestros teléfonos nos avisen cada vez más rápido, sino conseguir que sigamos escuchándolos cuando realmente sea necesario. Porque una alerta solo sirve si la escuchamos. Y, cuando hablamos de una emergencia, conseguir que alguien escuche a tiempo puede ser el primer paso para conseguir que la ayuda llegue también a tiempo.
Tania Quintero, CEO de Worldcoo
