Tej Parikh publicó en el Financial Times un artículo que resume una idea que circula en los medios occidentales de que la guerra contra Irán consolida a China como superpotencia. El argumento es seductor, ya que Beijing tiene reservas energéticas colosales, domina la fabricación de paneles solares y baterías, controla las tierras raras necesarias para los misiles occidentales. Asimismo, aprovecha el caos para posicionarse como socio confiable frente a un Washington errático. Todo eso es verdad, pero irrelevante.
El error del análisis de Parikh y otros es tratar la competencia entre potencias como si fuera una suma de variables donde quien acumula más puntos en más categorías gana. Pero la historia de las potencias no funciona así; hay variables que valen más que otras. Por ejemplo, existe una variable que, en el siglo XXI, vale más que todas las demás juntas y son los semiconductores avanzados. Y China no los tiene, no puede fabricarlos, y las probabilidades de que pueda hacerlo en el futuro previsible son cercanas a cero.
Un semiconductor avanzado es el sustrato físico sobre el que se construyen los sistemas de inteligencia artificial, los sistemas de armas de próxima generación, las redes de comunicación segura y la infraestructura computacional que define quién toma mejores decisiones más rápido en economía, en logística y en guerra. Quien controla esa capa tecnológica controla el siglo. Y quien no la controla, no importa cuántas reservas de petróleo tenga ni cuántos robots danzantes exhiba en sus ferias tecnológicas.
China lo sabe y por eso invirtió cientos de miles de millones de dólares para cerrar esa brecha. El resultado es ilustrativo porque Huawei fabricó un chip de siete nanómetros con años de retraso, con rendimientos productivos muy inferiores a los de la taiwanesa TSMC, y usando métodos que no son escalables industrialmente. SMIC, el fabricante estatal chino, sigue atrapado en generaciones tecnológicas anteriores.
Entre tanto, la razón es estructural, no financiera, porque fabricar los chips más avanzados del mundo requiere las máquinas de litografía ultravioleta extrema que solo produce una empresa en el planeta, la holandesa ASML, y esas máquinas no se venden a China por decisión coordinada de Estados Unidos, Europa y Japón. Sin ASML no hay chips de frontera y sin esos semiconductores no hay supremacía tecnológica. Eso no se resuelve con dinero ni con decretos del Partido Comunista.
Lo que China hace, en cambio, es lo que hacen los actores que no pueden ganar el juego principal y cambian el tema. Así, los robots danzantes en las exposiciones tecnológicas de Shanghái, los anuncios de IA “soberana”, las demostraciones de vehículos autónomos, el despliegue propagandístico de DeepSeek como prueba de que China puede competir con menos recursos, son todos variaciones del mismo mensaje: mirad aquí, no allá. Allí está la fábrica de chips que no existe.
Parikh mencionó de pasada que China domina las tierras raras necesarias para los misiles estadounidenses, y que Washington tiene apenas dos meses de reservas. Ese es un punto real, aunque de negociación, no de supremacía. Una palanca táctica en una mesa de negociaciones no equivale a liderazgo tecnológico estructural. Arabia Saudita tuvo durante décadas la palanca del petróleo y nunca fue una superpotencia.
Lo que el artículo del Financial Times tampoco menciona, porque arruinaría la narrativa, es que China enfrenta simultáneamente una crisis económica que sus propias estadísticas apenas disimulan. El sector inmobiliario, que representó cerca del 30% del producto interno bruto, está en colapso desde 2021 sin haber tocado fondo. Asimismo, la deflación persiste, el consumo interno no despega y la población envejece a una velocidad que ninguna política revertirá en el corto plazo; esto es consecuencia directa de décadas de política del hijo único.
La trampa del ingreso medio, ese fenómeno por el cual los países emergentes crecen hasta cierto punto y luego se estancan porque no completan la transición hacia economías basadas en innovación de alto valor, acecha con precisión a una economía que necesita exactamente lo que no puede fabricar: chips avanzados para sostener el salto tecnológico que requiere el siguiente nivel de desarrollo.
La combinación de estos factores dibuja un escenario que pocos analistas occidentales se atreven a nombrar con claridad; China terminará pareciéndose más a una Corea del Norte de escala continental que a una superpotencia global. Un Estado con capacidad nuclear, control férreo sobre su población, propaganda sofisticada y aislamiento tecnológico creciente. Un actor que intimida a sus vecinos, pero que no puede liderar el orden mundial porque no controla las herramientas que lo definen. La diferencia de escala con Pyongyang es enorme, pero la dirección estructural, si la brecha en semiconductores no se cierra, apunta hacia ese modelo de autarquía tecnológica, estancamiento económico y control político como fin en sí mismo.
El Partido Comunista chino lo entiende y de allí se sigue la obsesión con los semiconductores como una cuestión de supervivencia política. Un régimen que prometió prosperidad creciente a cambio de obediencia debe expandir la economía. Si la brecha tecnológica condena a China a una posición de segunda fila en la economía del siglo XXI, el contrato social que sostiene al Partido se rompe. Ese es el verdadero riesgo que ningún artículo sobre la guerra de Irán y las oportunidades de Beijing examina.
Que China tenga reservas de petróleo, domine la fabricación de baterías y haya convocado a setenta ejecutivos globales a un foro en Beijing son noticias reales. Pero son noticias del tablero equivocado. El tablero que importa tiene una sola pregunta: ¿puede China fabricar los semiconductores que necesita para competir en igualdad de condiciones con Estados Unidos en IA y sistemas militares avanzados? La respuesta, hoy y en el horizonte previsible, es no. Todo lo demás es ruido.
Las cosas como son.
