Repsol, que después de Chevron es la petrolera con más intereses en juego en Venezuela, ha iniciado movimientos en los despachos para desentrañar su futuro en el país caribeño. El nuevo paradigma, marcado por la extracción de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos, ha dejado el estratégico negocio de la multinacional en suspenso, pendiente de una autorización que solo Washington puede conceder. La compañía presidida por Antonio Brufau mantendrá en las próximas horas, seguramente entre este jueves y viernes, una reunión al más alto nivel con representantes de la Casa Blanca. El objetivo es obtener el mismo permiso excepcional que ya disfruta Chevron para extraer y exportar hidrocarburos desde los yacimientos venezolanos.
El escenario de estas conversaciones críticas no es cualquiera. El encuentro, según informa Expansión, se produce dentro del contexto de un encuentro empresarial en Miami que aglutina a la plana mayor de la industria energética global. La administración Trump aprovecha esta concentración de ejecutivos para tejer acuerdos y trasladar directrices en un momento de reconfiguración total de los flujos de poder. Aún no está confirmado si en la reunión participarán en persona el consejero delegado de Repsol, Josu Jon Imaz, y el secretario de Energía de los Estados Unidos, Chris Wright. Para Repsol, el negocio de Venezuela es un pilar fundamental de su modelo de aprovisionamiento. El país caribeño ocupa el segundo lugar en relevancia dentro de la cartera global de exploración y producción del grupo español. Concretamente, supone aproximadamente el 15% de todas las reservas de petróleo y gas de la empresa. En términos financieros, y según las previsiones actuales del crudo, este volumen estaría valorado en unos 13.000 millones de euros.
Sin embargo, **este activo estratégico se encuentra paralizado desde el pasado mes de marzo**. La imposición de un embargo comercial por decreto de la Casa Blanca cortó el flujo de exportaciones desde Venezuela hacia otros destinos, especialmente hacia las refinerías españolas. Este bloqueo, que inicialmente también afectó a Chevron, comienza a disiparse. De hecho, la administración Trump ya ha anunciado que al menos once buques cisterna de Chevron están en ruta hacia los puertos venezolanos para cargar crudo. Este movimiento se inserta en la estrategia más amplia declarada por el propio presidente Donald Trump: asumir el control sine die de los recursos petroleros venezolanos como parte de una transición política tutelada desde Washington. El secretario de Estado de Energía ha declarado recientemente que el nuevo gobierno en Caracas, encabezado por Delcy Rodríguez, está dispuesto a entregar entre 30 y 50 millones de barriles de petróleo para su venta en el mercado norteamericano, equivalente a dos meses de producción nacional.
Para Repsol, la única vía posible en este nuevo laberinto implica alinearse con esta directriz: obtener el visto bueno para extraer crudo siempre que este tome la ruta hacia puertos de Estados Unidos. Hasta marzo de 2023, España importaba grandes volúmenes desde Venezuela gracias a las operaciones de Repsol, llegando a superar los tres millones de metros cúbicos anuales, un volumen valorado actualmente en más de 1.400 millones de euros. Este suministro suponía aproximadamente el 5% del total del crudo importado por España, un país con una dependencia externa casi absoluta en materia de hidrocarburos.
La incertidumbre pesa sobre las acciones de la compañía. En la sesión bursátil de ayer, Repsol fue uno de los valores más castigados dentro del Ibex-35, con una caída del 2,28%, en una jornada plana para el resto del mercado. La reacción de los inversores refleja la nítida conciencia de que el futuro de casi una sexta parte de las reservas de la compañía depende de una negociación diplomática de máxima tensión, donde los intereses estratégicos de Washington parecen marcar el ritmo y el destino del petróleo venezolano.