Antoni Fernández Teixidó tiene una vida elevada como divulgador del liberalismo entre los jóvenes del upper Diagonal y una vida más baja como político del estercolero autonómico. A mí a veces me recuerda aquellos burguesitos catalanistas que se dice que hablaban en castellano con la querida para no pecar con la lengua de la patria. Otras veces, me recuerda a Carme Forcadell, que firma grandes declaraciones de desobediencia como presidenta del Parlament y después recorre las sentencias de la justicia española.

Igual que muchos políticos del país, el impulsor de Lliures i Solidaris vive dos vidas que no se tocan, pero que se protegen la una a la otra. En el plano teórico es un seguidor del liberalismo austríaco de Hayek y Von Mises. En el plano práctico es un producto de la Catalunya protegida por el Estado, en la cual la política y los negocios se mezclan por cuatro duros. La primera vida le permite mirarse en el espejo y conservar un aire de hombre serio y digno, mientras que la segunda se le ha hecho imprescindible para tener una existencia confortable cerca de los ambientes donde figura que se mueven las cerezas

Nacido en Barcelona en 1952, Teixidó hace más de 40 años que se dedica a la política. En 1975 entró en la Liga Comunista, probablemente porque el comunismo era, como buena ideología totalitaria, la más bien organizada para asaltar el poder, en la lucha contra la dictadura. Durante unos años, militó con el seudónimo de Demian, título de una novela de Hermann Hesse que habla de la dificultad en conciliar la moral y las pasiones y desarrollar la potencialidad del individuo. Después de un acercamiento a la UCD, en 1983 se afilió al CDS y se convirtió en una de sus figuras destacadas.

Entre 1986 y 1993, Teixidó fue presidente del partido de Adolfo Suárez en Catalunya, portavoz del grupo en el Congreso y secretario general en España. Cuando el CDS se hundió, enseguida pasó a Convergència de la mano de la familia Pujol. A Teixidó le debió parecer el partido más adecuado para llevar a cabo sus ideales políticos. A la familia Pujol seguramente le pareció un hombre fácil de controlar y de poner a su servicio. Como algunas figuras similares que han ido quedando obsoletas los últimos años, el hecho de que Teixidó no tuviera amistades o conexiones familiares dentro del mundo nacionalista hacía más barata y más segura su fidelidad.

Descartada la posibilidad de hacerse un sitio en la política española, Teixidó ejerció de diputado del parlamento entre 1993 y 2015. En el último año del último gobierno Pujol también dirigió la superconselleria de Treball, Se Industria, Comercio y Turismo. Aunque fue uno de los máximos responsables de la área económica de CiU, y que impulsó la corriente de Llibergència, no se le conoce una defensa de los ideales liberales combativa. Ni siquiera la ley catalana de parejas de hecho se impulsó gracias a él. En la práctica su liberalismo no ha pasado nunca de esta melenita blanca que se dejó en los últimos tiempos en Convergència.

Un ejemplo de la tendencia que ha tenido a utilizar la política para sus pequeños negocios es la relación que estableció con el dirigente de la mafia georgiana Malchas Tetruashvili, cuando era diputado de CiU. Cuando Tetruashvili fue detenido y encarcelado por blanqueo de dinero, se supo que Teixidó le había hecho varios trabajos de asesoría. El capo georgiano, que ya había sido detenido por emplear mano de obra sin papeles, explicó al juez que había contratado Teixidó después de que el entonces diputado le organizara una reunión en la Delegación del Gobierno español en Catalunya.

Con el estallido del independentismo y el arrinconamiento de la familia Pujol, Teixidó se fue sintiendo cada vez más solo y más incómodo dentro de Convergència. La deriva izquierdosa del president Mas, perpetrada para hacerse perdonar los casos de corrupción del partido y la política de confrontación con el Estado, le fueron dando argumentos para reivindicarse ante los sectores que querrían volver a la política del peix al cove y del oasis catalán.

Como la libertad, que no se hereda a través de la familia o del Estado, se tiene que conquistar, el liberalismo de Teixidó vive mejor contra la retórica de las izquierdas catalanas que contra los abusos de Madrid, aunque piense que Madrid actúa de manera injusta. El protagonismo de la CUP, y el ascenso de Ada Colau, promovido por los diarios que siempre piden juicio y moderación, han acabado de darle el pretexto que necesitaba para tratar de abrir un espacio político que desgaste el independentismo.

Convoyado por Roger Muntañola y Xavier Cima, y por un bocazas que se llama Luis Torras, Teixidó presentó hace unos días su proyecto Lliures i Solidaris en un ambiente de peinados y de gominas business friendly. Aunque el nuevo público no parecía tener que ver con la antigua Convergència, Teixidó se reclama heredero del partido, como tantos otros unionistas que ahora echan de menos a Pujol después de haberlo criticado toda la vida.

La impresión que da es que su plataforma es un intento de reconstruir el negocio de Pujol en chiquitín, para después venderlo a Ciutadans, que ya empieza a pedir el pacto fiscal. Qué ironía, que la ideología de unos intelectuales valientes y maltratados por la historia, como es el caso de Hayek y Von Mises, sirva para barnizar la falta de calidad de unos sectores que querrían figurar entre las élites del país y que lejos de tener el espíritu que hace falta para liderar o para crear alguna cosa, sólo saben recoger a gatas las migajas que les dejan a los auténticos hombres libres.

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