Los submarinos, desde siempre, han sido el arma con la que los teóricamente más débiles hacían frente a enemigos más poderosos. Podrían habernos hecho ganar (si no hubiésemos estado gobernados por incapaces) en 1898 cuando nos enfrentamos a Estados Unidos, pero a Isaac Peral nadie le hizo mucho caso y así nos fue. Después, quince años más tarde, los alemanes tomaron buena nota y, aunque acabaron perdiendo, complicaron con su arma submarina la vida a todopoderosa Royal Navy. Ya después, en la Segunda Guerra Mundial, los teutones volvieron a confiar en los sumergibles para complicar la vida de nuevo a la Royal Navy y, también, a Estados Unidos. Después, la extinta URSS, tuvo claro igualmente que los submarinos servían para dar miedo (especialmente los nucleares, que podían llegar hasta las cosas norteamericanas) y ahora, la Rusia de Putin hace lo mismo frente al poderío naval occidental. De momento, como la guerra es sólo con Ucrania, se limitan a enseñarlos, pero en Estados Unidos y, sobre todo, en Europa, conviene estar atentos porque lo que han movilizado, el K 329 Belgorod es cosa seria.

De momento, sólo maniobras
El K-329 Belgorod mide 184 metros, está propulsado con reactores nucleares, tiene 18,2 metros de manga y puede llevar a bordo a 130 tripulantes. Fue botado en julio y, por lo visto, ronda ahora por el Ártico y hay quien le culpa de las fugas en los gasoductos Nord Stream. Su tamaño le convierte en la construcción naval más grande que ha completado Rusia en los últimos 30 años pero, más allá de su poderío, da miedo por otra cosa: puede cargar hasta seis torpedos nucleares Poseidón que, sumados, pueden llegar a totalizar 100 megatones: suficiente para desatar un devastador tsunami radioactivo capaz de destrozar lo que sea.
Occidente dice que todo es un farol
Desde Occidente, dicen que no hay constancia de que ese tipo de torpedos estén operativos pero Rusia, por si acaso, saca de paseo al único submarino del mundo que puede transportarlos y yo me juego el cuello a que la simple amenaza va a funcionar porque en Occidente, más allá de las declaraciones de nuestros líderes, no queremos líos. Mientras, allá donde esté, Isaac Peral todavía se pregunta todavía hoy qué clase de idiota era aquel Práxedes Mateo Sagasta que fue a la guerra contra Estados Unidos si ni siquiera un triste submarino similar a los que él había presentado en 1885 para meter un poco de canguelo en el cuerpo a los americanos.