Tras décadas de investigación sobre la evolución lunar, la comunidad científica continúa debatiendo los mecanismos exactos que dieron origen a nuestro satélite. Los modelos más recientes apuntan a un cambio de paradigma crucial: la Luna no solo pudo haberse formado tras una colisión monumental entre la proto-Tierra y un objeto del tamaño de Marte, sino que dicho proceso pudo haber sido radicalmente más rápido e intenso de lo que se creía hasta ahora.
Las simulaciones clásicas generaban habitualmente un disco de escombros en órbita que tardaba siglos en condensarse, pero la inclusión de nuevos factores físicos está transformando por completo esta visión.
El redescubrimiento del gran impacto: de fluido a sólido
El origen de la Luna siempre ha constituido una anomalía geológica y orbital en el sistema solar interior. Con un tamaño inusualmente grande en relación con la masa de nuestro planeta, la hipótesis predominante sostiene que, hace aproximadamente 4.500 millones de años, un protoplaneta denominado Theia colisionó contra la Tierra primitiva. Sin embargo, desde las simulaciones pioneras de 2001, los astrofísicos asumían que las energías liberadas en el impacto eran tan extremas que las masas rocosas debían tratarse como meros fluidos, obviando por completo su resistencia mecánica.
El reciente estudio liderado por la investigadora posdoctoral Adene Denton, publicado en The Astrophysical Journal Letters, ha revolucionado este campo al incorporar la resistencia geológica dependiente de la temperatura. Este matiz físico resulta determinante: los protoplanetas más cálidos ofrecen menor resistencia mecánica que los cuerpos que han tenido tiempo de enfriarse. Al simular la respuesta estructural real de la materia según su estado térmico, los resultados cambian de forma drástica.
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Acreción mediante disco de restos: En escenarios de mayor temperatura, Theia se desintegra por completo, creando un anillo de escombros rocosos que se fusiona lentamente a lo largo de milenios.
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Formación por eyección directa: Si se consideran las propiedades geológicas reales y una temperatura estructural más fría, el impacto catapulta una masa cohesionada capaz de colocarse en órbita y estructurarse como una luna casi intacta en un lapso de apenas cinco horas.
Esta nueva perspectiva teórica vincula directamente la cronología del impacto con la historia térmica de la proto-Tierra. Determinar la temperatura exacta de los mundos en el momento de la colisión no solo permitirá descifrar si la Luna se ensambló en horas o en siglos, sino que también ofrecerá pistas fundamentales sobre la distribución inicial de elementos volátiles, como el agua, en nuestro planeta.
Ahora sabemos que el estado geofísico de la Tierra y de Theia desempeña un papel fundamental en el resultado de la colisión, indica Namya Baijal, coautora del dicho estudio. A futuro, tienen una nueva forma de explorar y tener más información sobre el origen de la Luna.
