Los científicos la llamaron "Oh-My-God": la partícula más energética jamás detectada llegó de la nada

En 1991, los científicos detectaron algo procedente del espacio que parecía no tener una explicación sencilla. Era una partícula subatómica que había viajado a una velocidad prácticamente idéntica a la de la luz y que transportaba una cantidad de energía descomunal para algo tan pequeño. El hallazgo fue tan inesperado que acabó recibiendo un nombre difícil de olvidar: la partícula "Oh-My-God".

Una partícula diminuta con una energía descomunal

El 15 de octubre de 1991, el detector Fly's Eye de la Universidad de Utah registró un rayo cósmico extraordinariamente energético. Los investigadores calcularon que la partícula tenía una energía de aproximadamente 320 exaelectronvoltios, equivalentes a unos 50 julios. Puede parecer una cifra pequeña comparada con la energía que utilizamos a diario, pero resulta extraordinaria cuando hablamos de una única partícula subatómica.

La partícula probablemente era un protón, aunque los científicos no pueden determinar con total seguridad cuál era su composición. Lo que sí saben es que se movía a una velocidad extraordinariamente cercana a la de la luz. Si realmente se trataba de un protón, la diferencia respecto a la velocidad de la luz era tan pequeña que, después de recorrer una distancia durante 245.000 años, un rayo de luz que viajara a su lado apenas le habría sacado un centímetro de ventaja.

Y aquí aparece otra consecuencia fascinante de la relatividad. Desde el punto de vista de la propia partícula, el tiempo transcurría muchísimo más despacio. Si hubiera recorrido una distancia de unos 1.500 millones de años luz, el viaje podría haber durado para ella alrededor de 1,7 días. Para nosotros, en cambio, estaríamos hablando de un trayecto de 1.500 millones de años.

El problema no era únicamente explicar cómo podía alcanzar semejante energía. También había que averiguar de dónde había salido. Los rayos cósmicos de energías tan extremas son extraordinariamente raros y, además, una partícula cargada puede perder parte de su energía durante un viaje tan largo al interactuar con el entorno. La energía de la "Oh-My-God" era tan extrema que encontrar un objeto capaz de producirla se convirtió en uno de los grandes misterios de la astrofísica.

Los investigadores intentaron reconstruir su trayectoria para encontrar una posible fuente, pero la dirección desde la que había llegado no apuntaba claramente hacia ningún objeto conocido que pudiera explicar este fenómeno. Los campos magnéticos del universo pueden alterar la trayectoria de las partículas cargadas, algo que también dificulta enormemente reconstruir de dónde proceden estos rayos cósmicos. De hecho, los científicos llevan años estudiando el misterio magnético del universo y cómo puede afectar a lo que observamos desde la Tierra.

Y no es el único caso en el que los científicos se han encontrado con fenómenos cósmicos difíciles de explicar. En los últimos años se han detectado explosiones cósmicas extremadamente energéticas y poco habituales, algunas de ellas tan extrañas que han obligado a los investigadores a replantearse cómo se producen. Una de ellas fue especialmente llamativa porque duró horas en lugar de segundos.

@astrokobi The Oh My God Particle! #space #physics #astronomy #science #astrokobi ♬ Everything In Its Right Place - Rogendrik

Pero esto no es todo. En 2021, el Telescope Array detectó otra partícula con una energía de unos 244 exaelectronvoltios. La bautizaron como Amaterasu y se convirtió en la segunda partícula cósmica más energética jamás registrada. Lo más extraño era que parecía proceder del Vacío Local, una región con muy pocas galaxias y sin una fuente evidente capaz de producir algo así.

Las investigaciones más recientes han empezado a arrojar algo de luz sobre el misterio. Un estudio de 2026 del Instituto Max Planck utilizó simulaciones para reconstruir posibles trayectorias teniendo en cuenta los campos magnéticos y apunta a una posible procedencia en una galaxia cercana con formación estelar, como M82, situada a unos 12 millones de años luz. Aun así, no se trata de una identificación definitiva.

Lo que sí está claro es que estas partículas pueden convertirse en auténticos mensajeros de algunos de los fenómenos más extremos del universo, como otros objetos cósmicos difíciles de explicar. Y cada vez tenemos más herramientas para estudiarlos, desde nuevos detectores hasta misiones como la sonda Einstein, que busca eventos cósmicos especialmente raros.

Más de tres décadas después de la llegada de la "Oh-My-God", seguimos sin saber con certeza qué fenómeno fue capaz de lanzar una partícula con semejante energía hacia la Tierra. Y quizá ese sea precisamente el mayor misterio: que algo tan pequeño pueda contarnos tanto sobre lo que ocurre en los rincones más extremos del universo.