Estados Unidos ha dicho basta: no venderá más material tecnológico a China. Lo han decidido sin consultar al resto de miembros de la OTAN y, con ello, pretenden que el gigante asiático no pueda fabricar ningún tipo de chips o semiconductores con algún componente estadounidense. La norma afecta también a terceros, que deberán asegurarse también de que no llegue a través de ellos ninguno de estos elementos a China. ¿Qué pretende Biden? Retrasar lo inevitable y conseguir que China no adelante a Estados Unidos también en los ámbitos de la tecnología en los que el país americano es líder aún.

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Táctica agresiva

La decisión reedita lo que se hizo con Cuba en los años noventa, cuando se prohibió que cualquier país pudiera realizar negocios con Cuba so pena de sanciones norteamericanas. Ahora, sin embargo, el órdago es mayor, porque China es mucho más que Cuba. Sea como fuere, empresas como KLA Corp, LAM Research o Applied Materials han sido conminadas a interrumpir cualquier venta de semiconductores y chips a China, incluso si la mercancía estaba embarcada.

Medida de calado

Estamos, sin duda ante una medida de gran calado que, para ser efectiva, va a exigir de la colaboración del resto de países occidentales. La tibia postura de China en relación a la guerra de Ucrania ha decidido a Biden a dar un paso que parece, a priori, muy arriesgado y cuyo impacto, más pronto o más tarde, China podrá superar desarrollando ella sola o en colaboración (quizá con Rusia) la tecnología que ahora se le niega. Seguramente, el principal problema es que esta medida llega tarde: China es hoy mucho más que una fábrica global y, si bien es cierto que aún depende de Occidente para algunas cosas, más pronto o más tarde dejará de hacerlo. El problema grave es que nosotros (y lo vimos durante la pandemia) dependemos más de ellos que ellos de nosotros