La misión Artemis II ha puesto a la Luna de nuevo en el centro de los titulares, justo cuando se acaba de hacer un descubrimiento que podría cambiar todo lo que creemos saber sobre nuestro satélite. Las misiones Apolo de la NASA trajeron a la Tierra numerosas muestras de rocas lunares que se enviaron a científicos de todos los países para analizarlas.
Sin embargo, algunas de ellas también se guardaron para que pudieran investigarse años después con tecnología más moderna. Y un equipo de la Universidad de Brown ha analizado una de esas muestras de rocas lunares intactas, encontrando una señal química inesperada en ellas.
Guardaron rocas lunares durante más de 50 años para analizarlas en el futuro
Parte de las muestras del Apolo 17 se sellaron en 1972 cuando llegaron a la Tierra para analizarlas en el futuro con mejor tecnología. Décadas después, la NASA ha abierto una de ellas —extraída a 60 cm en la Luna y conservada en helio— para este preciso estudio con espectrometría de masas de iones secundarios. Un estudio que confirma que la estrategia de guardar estas muestras de la Luna durante tanto tiempo ha dado resultado.
Esta técnica de alta precisión permite medir proporciones isotópicas a una escala muy fina, es decir, permite leer la huella química de un material. Y, mientras los científicos buscaban sulfuros, encontraron que parte de ese azufre estaba empobrecido en azufre-33. Un detalle que, puede que no lo sepas, pero es clave.
Los isótopos actúan como huellas que revelan el origen y la evolución de los materiales. Si la Tierra y la Luna se formaron a partir de una mezcla tras un gran impacto, lo lógico sería que compartieran composiciones muy similares. De hecho, el oxígeno ya apuntaba en esa dirección. Por eso el caso del azufre resulta tan llamativo: rompe esa coincidencia casi total y obliga a plantear un origen más complejo. De hecho, el grupo de científicos tiene dos posibles explicaciones a este descubrimiento:
La primera hipótesis sugiere que la Luna primitiva tuvo una atmósfera tenue donde el azufre reaccionó con la radiación solar, alterando su firma isotópica. El problema es explicar cómo esa señal llegó al interior, ya que la Luna no tiene tectónica de placas, lo que apunta a una dinámica geológica antigua distinta.
La segunda hipótesis mira directamente al origen de la Luna. Según el modelo más aceptado, el protoplaneta Theia chocó con la Tierra y, a partir del material expulsado, se formó nuestro satélite. Si Theia tenía una composición de azufre distinta, parte de esa señal podría haber sobrevivido a la enorme energía del impacto y quedar “impresa” en la Luna.
Esto implicaría que la mezcla entre ambos cuerpos no fue completamente homogénea, como se pensaba, sino que algunos elementos conservaron diferencias químicas. De ser así, estas rocas no solo revelan una anomalía, sino que podrían estar ofreciendo una de las pocas pistas directas sobre la composición de Theia y sobre cómo se produjo realmente la formación del sistema Tierra-Luna.
Este hallazgo desmonta la teoría de que la Luna y la Tierra eran prácticamente idénticas químicamente; sin embargo, se necesitarían más pruebas para conocer con exactitud el motivo de esta discrepancia. El equipo asegura que hacen falta más comparaciones, con muestras de otros cuerpos del sistema solar, como Marte, para determinar si esta anomalía es un rastro de Theia o el resultado de procesos posteriores a la formación de la Luna.
