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Cuando sales para hacer el viaje a la veguería de Ponent, lo más importante es tomar conciencia de que esta no será una aventura turística, sino más bien emocional e íntima, incluso poética. Si vas dentro de un vagón del AVE en dirección a Lleida-Pirineus esto todavía no lo sospechas, pero, si bien el nombre de la estación de tren más importante de la provincia de Lleida te debería dar una pista de lo que te encontrarás cuando llegues a la capital del Segrià: resulta que el sintagma 'Turismo de Lleida', cuando le quitas el Pirineo de la ecuación, queda desgraciadamente más cojo que unos caracoles a la llauna sin alioli.

En la mitología griega, los campos elíseos eran el paraíso del inframundo. En la mitología leridana, son más bien el inframundo del paraíso.

El guion entre Lleida y Pirineus es menudo como una pulga, sí, pero en realidad mide 120 kilómetros de largo. No hay ninguna otra capital catalana que necesite compartir el nombre de su estación con un territorio que queda tan lejano, casi como si la misma ciudad asumiera que, solo poniendo "Lleida", más de un pasajero seguiría durmiendo hasta Zaragoza. Lo que pasa es que Ponent es una veguería que no quiere decir solo Lleida, y todavía menos Pirineus, quizás por eso hace demasiado tiempo que los catalanes la confundimos con otra cosa: con el nombre de un viento, con la aridez de un paisaje seco o con un lugar de paso que solo sirve para llegar a otro lugar, ya sea Andorra o Madrid. ¿Y si en realidad, sin embargo, que todo el mundo pase a menudo de largo con tanta prisa no es una condena, sino una bendición?

La frontera dentro de la niebla

Si en vez de ir en tren decides aventurarte hacia el oeste en coche, tienes que saber que los únicos otros vehículos de la carretera que tienen Lleida como destino final son los de unos cuantos estudiantes universitarios de INEFC, los autocares de algunos jubilados de excursión con el Imserso y los coches de empresa de cuatro comerciales que ya se saben de memoria todas las salidas de la A-2. El resto se desviarán en Cervera para subirse al Pirineo pasando por Ponts, o en el peor de los casos cruzarán la Segarra, el Urgell, el Pla d'Urgell y el Segrià con el objetivo solo de adentrarse hacia la España profunda y, como mucho, entendiendo Lleida como aquella zona llena de gasolineras con la super95 a buenísimo precio.

"Ponts, parada y fonda" es el segundo mejor eslogan municipal de Europa después de "Lepe, el origen de la felicidad".

La primera de ellas es en la veguería del Penedès, pero, ya que una de las grandes confusiones de la veguería de Ponent es esta: nadie acaba de saber dónde empieza. Mucha gente, pues, asocia el leridanismo con hincharse a carne a la brasa en un self-service de 6 €. El desbarajuste se hace más grande en Igualada, una ciudad llena de estudiantes de Enfermería que se sienten engañados porque estudian en un campus de la Universitat de Lleida, sí, pero en un lugar donde todo el mundo pronuncia las vocales neutras y dice vambes a lo que se debería decir keds.

Montfalcó Murallat es el único pueblo amurallado de Catalunya sin heladerías donde venden gofres ni tiendas donde comprar espadas medievales.

Este desorden todavía se agudiza más cuando vas a Calonge de Segarra, oyes que una mujer que friega la calle le pide a su nieta que le acerque el cubo y de repente, cuando crees que ahora sí que has entrado en Lleida, resulta que ni estás en la Segarra, ni en la veguería de Ponent, sino en la de la Catalunya Central. "¡Este merder era menos follón cuando todo cristo pasaba por La Panadella!", oyes que te dice el marido de la señora. Desde que la autovía A-2 se inauguró en el año 2004, cada día menos gente pasa por la N-II, histórica puerta de entrada sin titubeos al viejo Ponent. Por eso hoy, como dice este buen hombre, la entrada a 'Lleida' como concepto y las fronteras entre el catalán oriental y el occidental son confusas como la niebla.

Check-point La Panadella

Pasado Jorba, ciertamente, la entrada al túnel del Violí no ofrece música de bienvenida, pero al salir de él, después de una pronunciada pendiente, aparecen de repente unos baches tercermundistas en la carretera, una niebla densa como el humo de un habano y un letrero que anuncia el nombre de La Panadella. Para la mayoría de la gente, un área de servicio. Para los leridanos, un check-point sin guardias ni barreras de paso. En su lugar hay una gasolinera, dos restaurantes de toda la vida y un horno tan versátil que venden desde bizcocho hasta berberechos pasando por longanizas, golosinas, espárragos y preservativos. Más que una panadería, pues, la tienda parece la despensa de casa de los abuelos donde veraneabas de pequeño: hay de todo y todo parece bueno, y además quien te despacha, tengas la edad que tengas, acostumbra a ser una mujer con delantal que no para de decirte 'cariñet' al final de cada frase.

La Panadella es una frontera que hace de espejo entre dos mundos, tanto cuando lo evidencia la lluvia como cuando no.

Si entras a tomar un café en el bar Baiona, podrás oír cómo algunos hombres que tienen el Patrol mal aparcado en la puerta disfrutan de lo lindo jugando a su vicio preferido: hablar de carreteras. Su víctima no es el viajero que tiene una buena moto y va camino de Andorra, sino el forastero como tú, que has decidido perderte en el viejo Ponent y no tienes claro si ir hacia Guissona o, en cambio, dirigirte hacia Guimerà. Cualquier carretera que empiece por 'L' seguida de un guioncito y unos números es auténtica droga para estos payeses que solo tienen camisas de cuadros en el armario, hablan gritando a gente sin problemas auditivos y siempre, pase lo que pase, comentan con desánimo la cosecha de este año.

A pesar de los 50 km que hay de distancia, esta viña de El Vilosell también hace un vino 'de Lleida', según los barceloneses.

De hecho, vayas hacia donde vayas a partir de ahora, por todas partes respirarás esta melancolía atávica que puede expresarse hablando de un campo de trigo, de un abril sin lluvias o de una bajada en el precio del aceite, ya que la Segarra es una tierra dura y seca en la que incluso el paisaje parece lamentarse de existir. Su muerte no llega nunca, sin embargo, porque quien sabe sobrevivir sin agua es alguien condenado, por suerte, a ser eterno. Precisamente por eso es tan interesante adentrarse hoy y descubrir, todavía vivas, todas aquellas cosas que la mayoría de los catalanes inoculados por el virus metropolitano ya hace años que añoramos: calles de pueblo con niños jugando, centros históricos medievales sin ningún turista o miles de recién llegados hablando un catalán noroccidental tan refinado como el que gastaba el president Companys en sus discursos en la radio.

Un mundo analógico lleno de futuro

El nostalgiómetro llega a límites peligrosos paseando por algunos rincones de la Segarra o el Urgell, sobre todo cuando por unos altavoces oyes al alguacil municipal anunciando que "Se hace saber que...", miras el móvil para comprobar que no has sufrido una regresión espaciotemporal a 1993 y te preguntas, ¿curioso, si es que quizás el ayuntamiento de este pueblo lleva a cabo una lucha ludita contra los tuits o los posts de Instagram como herramienta para anunciar el día de apertura de la piscina municipal? Algunos municipios, en efecto, parecen haber quedado congelados en el tiempo, o más bien dicho, en un tiempo: el de antes de que la globalización lo convirtiera todo en un producto.

En Ponent, cuando se trata de comer no hay nada pequeño. Como mucho, raciones 'no tan grandes'.

Guimerà mismo sería un lugar prohibitivo y lleno de bares con el menú en inglés si se encontrara en el Baix Empordà, la Toscana o la Provenza, pero aquí es poco más que un pueblo medieval lleno de gatos famélicos buscando una sombra y un bar en el que la internacionalización del bacón a la carta ha quedado a medio hacer, como casi todo, por eso se llama 'beicon'. La evidencia casi exótica de este tradicionalismo de antes es solo una apariencia visual, pero no conceptual, ya que la realidad es que tanto Tàrrega como Cervera han conseguido convertir una Feria de Teatro en la calle y un jaleo creado en el año 1978 como el Aquelarre en sus particulares fiestas mayores, algo impensable en algunas capitales de comarca que van de modernas y todavía lo detienen todo, en cambio, para venerar a un santo durante tres días.

Pocas cosas más modernas hay en Catalunya que el centro de arte Lo Pardal, en Agramunt, y la obra inclasificable de Guillem Viladot.

La gracia de que todo el mundo pase de largo, quizás, es que da menos vergüenza hacer cosas nuevas. En parte, la creatividad es el arma más poderosa para la supervivencia, ya sea inventándose un macho cabrío que rocía con semen a toda una plaza entera, creando una cooperativa en el año 1959 que, más de medio siglo más tarde, ha acabado convirtiéndose en una particular República Soviética de Guissona, ucranianos incluidos, o construyendo hace más de un siglo y medio el milagro del agua, pero sin fundamentos bíblicos, sino científicos: el canal de Urgell.

En los años 90', el topónimo de Sidamon no hacía ninguna gracia y la construcción de un gran muñeco fue la única solución para desviar la atención.

Igual que existe el colesterol bueno y malo, quizás la morriña crepuscular de Ponent es un fatalismo bueno, estoico ante las dificultades. Por eso el grupo bonÀrea tiene más trabajadores que los habitantes de Tàrrega, Mollerussa y Balaguer juntas, y por eso el agua del canal de Urgell riega 70.000 hectáreas de cultivo. De sus tuberías, además, nació el hombre más famoso de la zona después de Marc Márquez, Enric Granados y el Gitano de Balaguer: el inmenso Indíbil de Sidamon, una especie de Cristo do Corcovado pero muy diferente del de Río de Janeiro, levantado en el arcén de la A-2 y que acarrea dos placas del revestimiento del canal de Urgell con la intención de enlazar, metafóricamente, el mundo de la construcción —de la autovía— con el de la payesía.

La universalidad de Lleida

Dijo una vez Francesc Pujols que en nuestro país hay mucha gente que es de Reus y no lo sabe, pero el genio de Martorell estaba equivocado: en realidad, en los Països Catalans, hay casi cinco millones de catalanohablantes que son de Lleida a pesar de no haber nacido allí y, algunos, incluso, no haber puesto los pies. Si vas a Alcarràs, Gimenells o Alcoletge verás que la gente de allí ya está habituada a responder que sí cuando algún barcelonés les pregunta si son ‘de Lleida’, pero el problema es que esto también pasa con personas de la Seu d’Urgell, Batea o incluso València. La culpa de todo ello podría ser del bloque occidental de la lengua catalana, que agrupa el dialecto noroccidental —que se habla en Lleida—, el tortosí y el valenciano, pero la causa principal de este mal es de los hablantes del bloque oriental y su profunda ignorancia lingüística. Por eso, ante cualquier catalán que ‘hable con la e’, automáticamente le preguntamos si es de Lleida y nos quedamos tan anchos si resulta que dice ser de Vila-real.

El Homo Ilerdensis, como que tanto puede ser de Tremp como de Alicante, va siempre arriba y abajo y no tiene casa: vive en áreas de servicio donde todo está en castellano.

En Lleida los perros no ladran, sino que buixen; las mujeres no tienen pechos, sino popes; y la gente mayor no lleva bastón, sino una mangala, que está a medio camino entre el nombre de una técnica de artes marciales y de una postura de yoga tántrico. Para los catalanes del bloque oriental, oír estas palabras provoca una fascinación exótica que nos exalta y que todavía hoy muchos consideran anormal. Son los mismos, claro, que no encuentran nada extraño cuando un presentador de televisión pronuncia veinte veces parking en un solo informativo. La distancia lingüística, como casi todas las distancias catalanas, no siempre se mide en kilómetros, quizás por eso ‘el acento de Lleida’ ha dejado de ser un dialecto para convertirse en una personalidad ligada al chabacanismo y el garrulismo de comarcas que plasmaba la serie Lo Cartanyà, de infausto recuerdo.

Una imagen que gustaría a los leridanistas, pero no por las senyeras, sino porque es como ellos veían Lleida: siempre en blanco y negro.

Estos clichés, en parte, no son tan diferentes de los que propugnó durante años el leridanismo, una operación ideológica pro leridana nacida durante la posguerra y que pregonaba una Lleida provinciana, folclórica y, evidentemente, españolísima. Durante años, incluso se consideraba que el leridano era una lengua diferente del catalán y que Lleida era más aragonesa que catalana. Hoy, por suerte, lo único aragonés que tiene Lleida son los miles de muebles que los leridanos han comprado en el Ikea de Zaragoza, ya que historiadores como Josep Lladonosa o escritores como Josep Vallverdú trabajaron duro, en los años duros del franquismo, para demostrar que la catalanidad de Lleida es tan inseparable del ADN de la ciudad como el cerro de la Seu Vella, que define los límites del horizonte.

La madrina de todos

En la plaza de la Paeria, justo en la pared gótica de la casa de la ciudad, hay un banco en el que Josep Pla explica en su mal envejecida Guía de Catalunya que es ideal para sentarse y ver pasar a la gente. Si tienes ganas de hacer lo mismo, asistirás a un delicioso espectáculo humano lleno de vida, algo nada fácil en una ciudad tantas veces condenada al ostracismo y la muerte. Desde la plaza Sant Joan, muy cerca, puedes observar cómo la Seu Vella, imponente, protege Lleida después de haber visto de todo y haber sido convertida en cuartel después de la ocupación borbónica. Un poco más arriba, en cambio, si subes por la calle Major, podrás entrar en la Seu Nova, construida como sustituta de la Seu Vella y que se quemó en el año 1936, dos años antes de la ocupación nacional de la ciudad.

La Seu Vella, el único edificio de Catalunya al que el betacismo ha hecho, por suerte, justicia.

Si la calle Major hablara, posiblemente tendría la voz de una señora mayor, muy vieja, rememorando con mucha dignidad todo aquello que ha vivido, quizás por eso esta es la calle comercial más larga de Europa: porque si Lleida es la capital de Ponent, bien mirado, es porque la ciudad misma personifica la idea de perseguir el horizonte sin fin. Cueste lo que cueste y sea contra quien sea. Todos los catalanes hemos asumido que Barcelona es nuestra madre, pero a menudo olvidamos que Lleida es nuestra madrina. Aquella abuela a quien vemos poco, pero que siempre nos da para merendar frutas deliciosas del huerto cuando vamos a verla. La que ha vivido lo suficiente para no impresionarse por casi nada y que, precisamente porque nadie le hace mucho caso, ha aprendido a hacer su vida sin pedir permiso. La que no sabe usar el móvil y todavía tiene los números del fijo apuntados con una caligrafía preciosa en un listín. La que ha visto cómo la mitad de los hijos con estudios se le marchan a Barcelona, a pesar de que ella no olvida que fue en Lleida donde se erigió la primera universidad del país.

En definitiva, quizás Lleida es la madrina viuda, imperfecta y aparentemente aburrida que lo ha resistido todo y que, como todas las abuelas, piensa más en ti que tú en ella. En este mundo lleno de ruido, plástico y simulacro, sin embargo, es bueno que "entre tantos gritos extraños", como escribió Màrius Torres, su voz pura nos hable. También crepuscular, claro, ya que por algo Ponent significa 'lugar por donde se pone el sol', pero a la vez infinitamente luminosa, ya que la atracción por avanzar hasta el horizonte hace que nadie descubra el faro del auténtico secreto: que en Catalunya, el viejo Ponent solo se deja conocer cuando no miras adelante, sino al lado. Es decir, cuando dejas de atravesarlo, te detienes y descubres que la ausencia de destino puede ser el mejor de los orígenes.