Cargando...

La falacia de El Greco continúa apareciendo hoy en manuales de psicología de la percepción y neurociencia visual. Y no es casualidad. Este concepto no habla solo de arte, sino también de cómo el cerebro interpreta la realidad. Porque, aunque a menudo pensamos que vemos el mundo tal como es, la percepción humana funciona de una manera mucho más compleja.

El cerebro, de hecho, no actúa como una cámara fotográfica que registra fielmente lo que tiene delante. Nuestra percepción está llena de mecanismos de compensación, adaptación e interpretación. Por eso, incluso cuando existen alteraciones visuales, el cerebro suele corregir parcialmente esas distorsiones.

Sin embargo, durante mucho tiempo existió la tentación de explicar la singularidad de algunas obras de arte a partir de posibles anomalías físicas o psicológicas de los artistas como los trastornos mentales, las enfermedades neurológicas o algunos problemas de visión. En algunos casos, esta relación entre percepción y creación artística puede tener una base real. Por ejemplo, se ha debatido sobre las cataratas de Claude Monet y su posible influencia en sus últimas pinturas (de ello hablaremos en otro artículo). Pero el caso de las pinturas de El Greco demostró que no toda originalidad artística necesita una explicación clínica.

El astigmatismo de El Greco

Durante décadas circuló una teoría tan seductora como equivocada del oftalmólogo Germán Beritens. Él propuso que las figuras alargadas y estilizadas de El Greco no serían una decisión artística deliberada, sino la consecuencia de un problema visual. Según esta hipótesis, el pintor sufría astigmatismo y, por tanto, percibía el mundo de manera deformada.

El astigmatismo es un defecto refractivo muy habitual. Normalmente, la córnea, es decir, la superficie transparente que cubre el ojo, tiene una curvatura uniforme. En cambio, en las personas con astigmatismo esta forma es irregular y hace que la luz no enfoque correctamente sobre la retina. Como resultado, la visión puede aparecer borrosa o distorsionada. Algunas líneas se perciben más nítidas que otras y ciertos contornos pueden parecer deformados. Actualmente, es un problema visual muy frecuente y suele corregirse con gafas, lentes de contacto o cirugía.

La hipótesis que resultó no ser cierta

A primera vista, sus obras encajaban con esta teoría. Los personajes tienen cuerpos estrechos, manos largas y proporciones alejadas del realismo clásico del Renacimiento. Pero años más tarde, el psicólogo y neurocientífico Stuart Anstis identificó el error que hacía caer toda la teoría. Y es precisamente aquí donde aparece lo que hoy conocemos como la falacia de El Greco.

Si El Greco realmente veía el mundo estirado verticalmente a causa de un problema visual, también habría visto alargado el lienzo sobre el que pintaba. Por lo tanto, cuando trasladaba lo que percibía al cuadro, la distorsión se habría compensado automáticamente. Este es el gran error intuitivo de la teoría: asumir que una alteración perceptiva se traslada directamente a la obra creada, sin tener en cuenta que el mismo sistema perceptivo afecta a todas las partes del proceso.

Para comprobarlo, Stuart Anstis hizo experimentos con personas con astigmatismo y demostró que podían dibujar objetos perfectamente proporcionados. La conclusión entonces era clara. Las figuras alargadas de El Greco no eran un síntoma médico, sino una elección artística consciente.

Desde entonces, la falacia de El Greco se ha convertido en un ejemplo clásico dentro de la psicología de la percepción. Además nos recuerda que la intuición no siempre es una buena guía para entender cómo funciona el cerebro. A veces, lo que parece una explicación perfecta es, precisamente, una falacia.

Adaptación del artículo The Conversation