La biodiversidad de Chernóbil 40 años después de la catástrofe

Cuando el reactor de Chernóbil explotó en el año 1986, el mundo imaginó una región condenada durante siglos. Pero cuarenta años después, aquella zona se ha convertido en uno de los experimentos ecológicos más sorprendentes de la Tierra.

La imagen más habitual que nos viene a todos a la cabeza, es la de un paisaje devastado por la catástrofe, pero si miramos entre líneas, veremos que sin la vida humana, la naturaleza parece que se ha abierto camino.

Imatge de ciutat abandonada després del desastre.
Imagen de ciudad abandonada después del desastre.

La naturaleza ha ganado la batalla

A pesar de la contaminación radiactiva persistente en algunos sectores, la retirada de la mayor parte de la población humana ha permitido la recuperación de algunos animales como lobos, jabalíes, ciervos, linces, aves rapaces e incluso un tipo de caballo salvaje dentro de la zona.

En muchos casos, la reducción de la actividad humana parece haber tenido más impacto positivo sobre la fauna que los efectos negativos de la radiación si lo miramos a escala poblacional. La ausencia de caza, la agricultura y/o la urbanización han propiciado buenas condiciones para que muchas especies prosperen, demostrando que la presión humana puede ser, en algunos contextos, más destructiva ecológicamente que la contaminación radiactiva a largo plazo.

Hay evidencias de daños genéticos en la zona de exclusión radiactiva pero sorprendentemente la biodiversidad parece prosperar más de lo que muchos esperaban

Esto, sin embargo, no significa que la radiación sea inocua. Hay evidencias de daños genéticos, alteraciones reproductivas y efectos locales en ciertas especies. Pero globalmente, la zona de exclusión radiactiva parece funcionar hoy en día más como una reserva involuntaria, donde sorprendentemente, la biodiversidad puede prosperar más de lo que muchos esperaban.

De hecho, han aparecido casos de adaptación muy curiosos: ranas más oscuras, probablemente protegidas por niveles elevados de melanina; plantas con mecanismos mejorados de reparación celular; y lobos que podrían haber desarrollado una resistencia superior a los daños moleculares, son solo algunos ejemplos. Chernóbil se ha convertido así en un laboratorio vivo para estudiar la evolución bajo el estrés ambiental de una radiación extrema.

Los mitos y las verdades de los habitantes más extraños de la zona de exclusión

Entre los habitantes más emblemáticos de la zona se encuentran los cientos de perros descendientes de los animales domésticos abandonados durante la evacuación de 1986. Estos perros viven cerca de reactores, puntos de control y antiguos núcleos urbanos. Estudios genéticos han confirmado que forman poblaciones diferenciadas respecto a otros perros de la región. Sin embargo, los científicos advierten que estas diferencias no demuestran necesariamente adaptaciones causadas directamente por la radiación. Factores como el aislamiento geográfico, la deriva genética, la selección natural convencional o las condiciones ecológicas particulares también pueden explicar estos cambios.

Cabe destacar que esta población de perros, sin embargo, nada tiene que ver con las imágenes de varios perros con el pelaje teñido de azul intenso que circularon masivamente en redes sociales a finales del año 2025, generando especulaciones sobre mutaciones radiactivas. No obstante, veterinarios y equipos de campo del programa Dogs of Chernobyl aclararon que el color probablemente provenía de sustancias químicas externas, como colorantes industriales o líquidos de un antiguo lavabo portátil. Es decir, los "perros azules" no son una nueva especie mutante, sino un caso de contaminación superficial accidental. A pesar de la apariencia espectacular, los animales observados parecían sanos.

De toda la biodiversidad que encontramos en Chernóbil, sin embargo, cabe destacar uno de los fenómenos más emblemáticos y que se ha podido documentar hasta el momento. Este corresponde a la presencia de hongos melanizados capaces de crecer en ambientes altamente radiactivos. Especies como Cladosporium sphaerospermum han despertado gran interés porque su melanina podría ayudar a captar energía de la radiación ionizante, en un proceso comparado a veces con una especie de "radiosíntesis". Este fenómeno, a menudo simplificado como "hongos que se alimentan de radiación", ha despertado interés real en campos como la medicina, la protección radiológica e incluso la investigación espacial.

Sin saberlo, el desastre nuclear ha abierto inesperadamente un campo en la investigación de los efectos de la radiación en los seres vivos, ya que la zona de exclusión de Chernóbil no es exactamente un paraíso natural ni tampoco un desierto muerto. Es un ecosistema híbrido, marcado tanto por los efectos de la radiación como por la ausencia humana, donde la vida ha encontrado formas de persistir. Lo innegable es que Chernóbil sigue siendo un símbolo de desastre nuclear, pero también se ha convertido en un laboratorio vivo sobre resiliencia ecológica y adaptación biológica. Su historia nos recuerda que, incluso en los entornos más extremos, la naturaleza puede sorprender con formas de supervivencia que desafían muchas expectativas humanas. 

Dra. Núria Coll Bonfill, divulgadora científica y directora de 7Ciències