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Cuando sales para hacer el viaje a la veguería del Camp de Tarragona, no es fácil saber en qué momento abandonas el Penedès y entras en la veguería de más abajo. En ambos lugares los niños aprenden a multiplicar en el col·lègit, cuando saltan los plomos quiere decir que se ha ido la electra y el último día de la semana es el dumenge. Cuando atraviesas el arco de Berà viniendo del Francàs por la N-340, sin embargo, alzas la mirada y algo intangible en el ambiente hace que todo cambie. No se trata solo del peso de dos mil años de historia, de esas palmeras de un garden center que te dan una bienvenida sureña digna de Welcome to Florida o del olor a fritanga que viene del restaurantot a mano izquierda de la carretera, que también. Se trata, sobre todo, de que si entras en el bar y pides una clara, inmediatamente te sirven una cerveza con gaseosa y de repente entiendes que el mundo —aquel mundo— es un territorio disléxico. Entonces, sin esperártelo, a partir de ese pequeñísimo pero gran detalle te das cuenta de que si continúas carretera abajo es posible que descubras una tierra en la que todo funciona, pero al revés. Tanto, que detrás de la aparente inocencia de llamar champú a la cerveza con limón se esconde una sospecha: ¿y si en realidad la esencia de la Catalunya Vella se encontrara en la Catalunya Nova?

El origen radere de todo

La primera gran sorpresa cuando llegas a Tarragona es que, de repente, te sientes inmediatamente más joven. Al lado de tanta historia y tanta lápida, sentirse poco viejo es lógico, por eso en el año 1961 Josep Pla escribió en su Guia de Catalunya que Tarragona es una ciudad que "parece rejuvenecer y vitalizar al pasajero". El problema es que de aquella Catalunya a la de hoy han cambiado muchísimas cosas, pero precisamente las piedras de Tarragona siguen estando donde estaban. Eso sí, ahora con más gente haciendo cola para merendar un gofre con forma de pene en cualquier heladería que esperando turno en la Casa Corderet para comprar cuatro cirios.

Una calle de Tarragona cerca del antiguo circo romano sin ni un alma, ni tampoco ningún payaso.

En realidad, quizás el Camp de Tarragona es el ejemplo idóneo sobre cómo tratar de superar las citas de Josep Pla: todos los catalanes sabemos que es el origen de todo, pero a veces es necesario hacer una pequeña actualización del sistema. Si las veguerías hoy son poco más que los límites marcados sobre la horizontalidad de un mapa, la del Camp de Tarragona es un universo vertical porque Tarragona es una ciudad que se tiene que leer de arriba hacia abajo, a pesar de nacer a cota cero y junto al mar: en la Part Alta, el poder; en medio, la Rambla y el comercio; abajo, los barrios populares y el Puerto.

Una estampa tarraconense de 1986, cuando no había guiris, o bien de un martes de febrero de 2026, cuando tampoco los hay.

A primera vista, cuando paseas por sus calles con empedrados romanos tienes la impresión de que hay cosas que no han cambiado nada desde hace dos mil años, pero en realidad la ciudad hoy se lee de abajo hacia arriba. Aquella Tarragona que primero mandó porque era romana y después, durante siglos, arzobispal, ahora trata de seguir mandando gracias a los turistas que bajan de los cruceros, suben a la ciudad y se hacen fotos con chanclas junto a la Torre del Petrori.

He mirado aqueta tierra

En un territorio tan vertical, el conflicto aparece cuando hay horizontalidad. Entre Tarragona y Reus distan escasos diez kilómetros, pero a menudo parece que haya una eternidad, casi como si en medio de la T-11 existiera un paso fronterizo como los del Muro de Berlín llamado Checkpoint La Boella. Por un lado, la vieja Tarraco, siempre con una mirada al pasado y que nació administrando un imperio. Por el otro, la eternamente joven Reus, con una mirada al futuro y que se hizo grande vendiendo aguardiente al mundo.

Una gatita tarraconense y un perrito de Reus discutiendo como gato y perro. (Andrew S Ouo)

Si la primera te hace sentir joven por el contraste con tanta piedra milenaria, la segunda te hace sentir guapo y seguro de ti mismo, quizás porque sus calles llenas de tiendas, sus casas modernistas y su plaza del Mercadal te animan más que un comercial de coches en un día sin IVA. Por eso en Reus, se dedique al oficio que se dedique, todo el mundo es en esencia botiguer.

Dos niños de Reus abalanzados sobre el mármol de la estatua de Joan Prim.

Paradójicamente, es como si las raíces de la antigua Roma hubieran rebrotado diez kilómetros al oeste de la playa del Miracle y el alma imperial de quien cree poderse comer el mundo se palpara más en Reus que en Tarragona, si bien si Reus tiene el nervio, Tarragona tiene la fuerza. Si Reus tiene el talento, Tarragona tiene la memoria. Si Reus tiene la innovación, Tarragona tiene la tradición. Una tiene lo que no tiene la otra, por eso no son dos fuerzas que caminan en sentidos opuestos, sino las cuatro piernas que pedalean un mismo tándem.

Tarragonenses mirando el mar y diciendo "¡Mira, aquello es Roma!" en vez de "¡Hoy se ve Mallorca!".

Solo hay que acercarse una tarde al Balcó del Mediterrani para entender que la furia de aquella luz anaranjada del atardecer viene de Reus, igual que solo hay que levantar la mirada saliendo del Teatre Fortuny de Reus, observar la espada del general Prim encima del caballo y entender que la fuerza de su gesto viene de Tarragona.

La teoría de la verticalidad

Reus y Tarragona demuestran que en el Camp todo es como un díptico a doble cara: Gaudí es de Reus y de Riudoms a la vez, el 'cani' mesetario tabarnés convive con el 'quillo' indepe de comarcas y la Costa Daurada, en esencia, es el anverso de la serra de Prades. De la playa de Salou a Ulldemolins hay una hora en coche, 500 metros de desnivel y la posibilidad de entender que esta veguería es vertical porque tiene tres niveles: el mar, el campo y la montaña. A pesar de que muchos catalanes crean que el Camp de Tarragona es sinónimo de guiris borrachos en una discoteca de Salou, en realidad no se entiende sin todo aquello que ocurre lejos del mar.

La calle de les Botigues de Altafulla, en la cual, lógicamente, no hay ninguna tienda.

La salsa de romesco, que según el escritor e ideólogo pantarragonista Miquel Bonet es "la sangre de la nación catalana", es un buen ejemplo de ello: una receta popular nacida en el barrio marinero del Serrallo, en Tarragona, pero hecha a base de todos aquellos ingredientes que bajan cultivados del campo. Si desde la Costa Daurada vas hacia arriba, lo primero que encuentras cuando subes del mar es la verticalidad del Dragon Khan y las llamas de la petroquímica, pero detrás de aquello empiezan los campos de avellanos, algarrobos, almendros y las decenas de pueblos en los que el centro histórico no está lleno de apartamentos de Airbnb ni restaurantes instagrameables, sino del John Deere aparcado en doble fila de algún payés que palataliza la n después de un diptongo decreciente y dice fenya al trabajo o becanya a la siesta.

Una calle Mayor cualquiera del Camp de Tarragona en la que viven vecinos, no turistas. 

En este país de parques de atracciones y donde todo funciona al revés, la aventura de verdad consiste en atravesar La Selva, que en realidad no es ninguna selva, y llegar hasta Valls para ponerte a prueba en el examen definitivo de dislexia camptarragonina: aprender a diferenciar dos collas castelleras que no solo se llaman igual, sino que además van vestidas con camisas de un rojo casi idéntico. La Colla Vella dels Xiquets de Valls, de un color que parece descolorido; la Colla Jove dels Xiquets de Valls, de un color que parece recién lavado con Micolor. Según dice Joan Veny en Els parlars catalans, en Valls hay una fonética tan labiodental y lluisllachiana que algunos aseguran que "a Valls, al carrer del vent, venen vi vo i varato", pero la verdad es que el betacismo en Catalunya, también en Valls, ha sido tan destructivo como lo fue la filoxera hace más de un siglo.

Castellers de los Xiquets de Valls de indescifrable Colla por culpa del blanco y negro de la foto. (Saul Mercado)

Valls es verticalísima, pronunciado con /b/ o /v/, ya que una villa aficionada a levantar castillos humanos y a comer calçots, lógicamente, denota algún tipo de manía con las cosas alargadas. Quizás por eso también tiene el campanario más alto de Catalunya, ni más ni menos que una preciosa monstruosidad de 74 metros de altura. Unas cuantas décadas después, sin embargo, los vallenses vieron cómo unos cuantos kilómetros más arriba les surgía un firme competidor en esta lucha vertical por tocar el cielo con los dedos: el Mazinger Z de Cabra del Camp, la estatua más grande del mundo dedicada a esta divinidad del anime japonés. 

La fenya en territorio de frontera

Hay una tercera gran construcción vertical en el país, pero es invisible y mística, como la mayoría de las cosas que pasan una vez atraviesas el Niu de l'Àliga, con su metátesis interna, pasas por la Mussara, con su puerta tridimensional hacia el más allá, y llegas a la Cartoixa d'Escaladei. Es decir, la escalera de Dios. Dice la leyenda que un pastor, hace muchos siglos, soñó que en aquel punto del Priorat unos ángeles subían hacia el cielo por sus escalones. Fuera verdad o no, esta escalera imaginaria marca bien la mirada vertical sin la cual no se entiende esta dimensión propia que es el Camp de Tarragona, por eso en el Priorat hay casas altas como los rascacielos de Manhattan y hay viñedos donde las laderas son más verticales que la caída libre del Hurakan Condor.

La Vilella Baixa, la Nueva York del Priorat (Wikipedia)

Si aguzas bien el oído, en el Priorat puedes escuchar a algún expat que dice hacer vino en una bodega de última generación hablando en inglés, fans y discípulos de Álvaro Palacios hablando castellano mientras degustan una licorella llena de yeísmo y, sobre todo, muchísima gente que no habla el catalán central de los presentadores del Telenotícies, sino un catalán más noroccidental. Si Catalunya es un país donde la mitad hacemos la vocal neutra y la otra mitad no, el universo del Camp de Tarragona también, con la particularidad de que esta tierra de microfronteras invisibles tiene una que es la más importante de todas: la frontera entre los dos grandes dialectos del catalán, que es como una especie de raya en el mapa del dominio lingüístico, lógicamente vertical y de arriba abajo, que donde más fuerte late es en el Priorat y sobre todo en la Conca de Barberà.

La zona de frontera entre el Central y el Noroccidental también es una frontera temporal: te despistas y sales en 1973.

Si vas a Solivella, Sarral o Pira, no te pienses que los viejos del pueblo son gente tan romana que quiere italianizar diciendo formatgi o bon dii, sino que sencillamente lo que oyes es el xipella, un habla de transición característica por acabar algunas palabras con i. Si en Reus dicen naltrus para decir nosotros, en Blancafort dicen naltris. La Conca de Barberà es el ejemplo último de la dislexia radical y casi poética del Camp de Tarragona, ya que es una comarca que en realidad no se erige sobre ninguna cuenca ni a la orilla de ningún río que se llame Barberà, sino que toma prestado el nombre del pueblo que se llama Barberà de la Conca y se lo hace suyo al revés. Cerca está Montblanc, una villa real que a pesar de sus murallas todavía no ha caído en la carcassonización. La leyenda dice que es aquí donde Sant Jordi mató al dragón y salvó a la princesa, como bien han glosado miles de niños catalanes desde hace décadas en los juegos florales de su escuela, pero la única verdad es que es la villa que se encuentra a medio camino entre Santes Creus y Poblet, los dos monasterios donde reposan los restos de los monarcas catalanes.

Santes Creus y Poblet nos ponen tan al revés que dentro todos los catalanes somos monárquicos de golpe.

Quizás por eso, una vez terminas la ruta, aquella sospecha inicial empieza a cobrar vuelo. Durante siglos nos han enseñado a leer Catalunya de arriba abajo, pero basta con pasar unos días en el Camp de Tarragona para darse cuenta de que también se puede explicar al revés. La Catalunya Vella nació en los condados, sí, pero fue en la Catalunya Nova donde descubrió qué quería llegar a ser. Por eso el viaje empieza justo aquí: allí donde un champú deja de servir para lavarse el pelo y un país empieza a explicarse de abajo arriba. Porque, a veces, para entender los orígenes, lo mejor es empezar por el final.