Cuñados al margen, ¿confías en el criterio de tu familia? ¿Confías en la opinión de tus amigos? Probablemente no en la de todos, o no en la de todos por igual, pero seguro que mucho más que en el criterio de un desconocido. ¿O no eres de esas personas que escucha con más atención la opinión de un amigo sobre un problema médico, basada siempre en la más rigurosa experiencia, que en la del especialista que acaba de diagnosticarte?

Que confiemos más en las fuentes secundarias y en personas conocidas es un éxito de la mediatización y la comunicación interpersonal. Un patrón de conducta bien adquirido que aplicamos a todos los ámbitos de nuestra vida, también en el político.

La falta de confianza y credibilidad en los políticos, en las fuentes primarias, se inició con la mediatización. A partir de esta etapa de la comunicación política, que arranca con la conversión de los medios de comunicación en un poder autónomo (el cuarto poder), los ciudadanos empezaron a confiar más en las fuentes secundarias que en las primarias. Dicho de otro modo, se fían más de lo que dicen los periodistas y expertos que relatan y analizan la actualidad política que de quienes la protagonizan.

Haz la prueba: sintoniza una rueda de prensa de cualquier político y descubrirás asombrado que, cuando dice que el sol sale por el este y se pone por el oeste, te parece que algo falla.

La desintermediación

Esta confianza en las fuentes secundarias se ha intensificado con la desintermediación. Se trata de ese fenómeno comunicativo que nos permite prescindir de los intermediarios gracias a las tecnologías de la información (TIC) y las redes sociales. Unas poderosas herramientas que han creado un enorme espacio desregulado en el que la información circula libremente. Gracias a ellas, podemos consultar el tiempo, la ruta más rápida para llegar a un destino, solicitar una cita en el dentista y comparar precios de un producto en distintas tiendas. Pero también, casi sin quererlo, nos hemos convertido en productores de información.

Cuando hacemos un comentario de una película, subimos la crítica del restaurante en el que acabamos de cenar o indicamos en nuestra app de navegación que se ha producido un atasco por culpa de un accidente, estamos produciendo y compartiendo información.

En realidad, se trata de un hábito, de una pauta de comportamiento, que hemos adquirido casi sin darnos cuenta. Primero, nos habituamos a buscar información a través de los new media, desplazando a la televisión como fuente principal de información. Así, según apunta el informe Digital News Report 2018, el 85% de los españoles busca noticias a través de medios online y el 60% en medios sociales.

Una apuesta por los new media, en los que el control editorial no siempre es el más riguroso, que nos permite dar un segundo paso: el 50% comparte noticias por Facebook y casi el 40% a través de WhatsApp. Y lo hacemos, principalmente, a través de nuestro smartphone. Siempre pegado a nuestra mano, para no perder detalle de nada y compartir todo aquello que consideramos relevante. Una acción, compartir, que nos convierte en productores de información.

La singularidad de WhatsApp

A pesar del incremento en la circulación de información y la constante exposición a la que nos someten las TIC y redes sociales, aún tenemos cierta prudencia. Muchos usuarios serían incapaces de publicar un post demasiado polémico en Facebook o de compartir un tuit de una fuente dudosa. El escrutinio público y la deseabilidad social, estar del lado de lo socialmente aceptable, nos obliga a ser cautelosos. Un cuidado que no tenemos, no al menos tanto, con WhatsApp.

Identificar el móvil con un espacio privado, protegido con una contraseña o control biométrico, le confieren un carácter especial a esta aplicación. Si recibimos un mensaje con el que más o menos estamos de acuerdo, o no muy en desacuerdo, a pesar de que pueda resultar censurable, mostramos pocos reparos a la hora de reenviarlo.

¿Cuál es la diferencia entre un post en Facebook y un mensaje de WhatsApp? Fundamentalmente, una: la comunicación interpersonal. La diferencia no está solo en que WhatsApp constituye un espacio más reservado, menos expuesto, sino también en el control que ejercemos sobre el envío.

Revisamos la agenda y se lo enviamos a aquellas personas a las que, creemos, podría gustar el mensaje, interesar la información o comparten nuestro punto de vista (al menos, en parte) sobre el asunto en cuestión. Exactamente la misma lógica que se aplica a la persona que recibe y procesa ese whatsapp.

Cuando mandamos un mensaje a través de esta aplicación, o de otra app de mensajería, lo hacemos a un familiar, amigo, compañero de trabajo… a una persona que nos conoce. Alguien que también nos tiene en su agenda y que, en principio, no va a rechazarlo.

Cuestión de confianza

En WhatsApp, los filtros y sesgos que habitualmente tenemos activados para procesar la información de los medios, la publicidad o los políticos están desactivados (salvo que seamos muy pesados y nos tengan silenciados). Esta predisposición no es casual y es la base de la comunicación interpersonal: confiamos en la persona con la que nos estamos comunicando. En mayor o menor grado, el receptor deposita algún tipo de confianza (credibilidad) en la fuente de la información que recibe porque le conoce.

La ventaja que esta forma de comunicación ofrece para la viralidad de cualquier mensaje es que la fuente original, quien lo ha producido, nunca es quien lo envía. Siempre es alguien conocido. Cuando compartimos un mensaje, lo reenviamos, es nuestro nombre el que aparece en la notificación de WhatsApp. Nunca figura el de la compañía multinacional, el medio de comunicación o el equipo de comunicación del candidato político que lo ha creado. Una particularidad que facilita que volvamos a enviar esa información.

El automatismo con el que ponemos en circulación (replicamos) una y otra vez una información tiene un gran potencial para la política. Como hemos dicho, confiamos poco en los políticos, pero sí lo hacemos en nuestros amigos. Esos contactos de WhatsApp que nos envían, por nuestro circuito privado favorito, todo tipo de mensajes. Algunos de ellos, qué duda cabe, también de contenido político. Mensajes que, en muchas ocasiones, ha diseñado un community manager al que no conocemos. Pero eso no importa, el mensaje nos lo envía un amigo.

Abaratar el esfuerzo

La perfecta ecuación del uso político de WhatsApp se resuelve por la importante reducción de coste que nos ofrece. Piénsalo: ¿qué inversión debes hacer para estar permanentemente informado de la actualidad política? ¿Qué esfuerzo estás dispuesto a hacer para decidir tu voto?

La participación política supone un coste importante en términos de inversión de tiempo para, por ejemplo, leer los programas electorales de los partidos, ver debates o reflexionar sobre las distintas propuestas. Por este motivo, los ciudadanos buscamos todo tipo de atajos cognitivos. Aunque la mayor parte de ellos, los más efectivos al menos, tienen que ver con la ideología y la identificación partidista —distinguir a los míos de los tuyos para decidir el voto—, abaratar el esfuerzo que tenemos que hacer para estar informados resulta muy seductor y movilizador.

No se trata solo de compartir noticias. Es algo más complejo y sutil. El ciudadano comparte todo tipo de información, muchas veces en forma de meme. Un pequeño soporte en el que lo anecdótico se eleva a categoría de análisis pero que, en ningún caso, se percibe como un contenido propiamente político o vinculado a un partido o candidato concreto. Un constante bombardeo de informaciones fragmentadas, bien diseñadas, que progresivamente construyen la realidad política que nos rodea y reducen el coste de nuestra participación.

¿Contrastar o reenviar?

¿Por qué aceptamos como verdaderos esos memes? ¿Por qué pueden afectar a nuestro posicionamiento político? Es sencillo: nuestro escaso interés por la política y la información, nuestra cultura política en realidad, hace que el sensacionalismo, las generalidades y la aparente cotidianeidad de esos mensajes tengan algo de cierto. Al menos una pequeña porción de verdad con la que coincidimos.

Obviamente, solo tendríamos que comprobar un par de datos para desechar muchos de esos mensajes, pero eso implica invertir algo de tiempo e interés en hacerlo. Mucho más sencillo es reenviarlo y que la confianza que nuestros familiares y amigos tienen en nosotros den credibilidad al mensaje que acabamos de mandar.

Una estructura comunicativa más compleja de lo que parece y que se engloba dentro de ese fenómeno conocido como fake news. Una estrategia para movilizar al electorado inaugurada en la década de 1930 por Campaigns, Inc., que Cambridge Analytica y cía. han dotado de sofisticación y algoritmos y que WhatsApp ha elevado a premium class durante la campaña de Jair Bolsonaro.

Control y propagación

La capacidad de WhatsApp para reducir los costes de la participación política y movilizar al electorado, y algunos otros tropiezos de Facebook, han obligado a Mark Zuckerberg a emprender una serie de acciones para evitar un mal uso político de sus herramientas. Así, en lo que respecta a la app de mensajería, ha reducido a cinco el número máximo de veces que puede reenviarse un mensaje. Un intento, en principio torpe, de evitar la extensión de bulos, informaciones sesgadas para perjudicar a un candidato, etc.

Piensa en ello. Sigamos la estructura viral de propagación de cualquier red social: tienes un mensaje y cinco amigos a los que se lo envías. Esos cinco amigos tienen otros cinco a los que enviárselo. Es decir, el mensaje ya se ha enviado 25 veces. ¿Un paso más? 125 veces. ¿Otro más? 625 mensajes reenviados. Y todo ello sin considerar las listas de distribución ni grupos y en solo un instante.

Externalización

La capacidad de propagación de WhatsApp, la reducción del coste de la información, la inmediatez de la transmisión y la credibilidad que depositamos en los remitentes han convertido esta app en una importante herramienta política. Y todo ello gratis et amore. Sin duda, la externalización más refinada de la historia de la comunicación política. Nosotros ponemos el móvil, la tarifa de datos, la agenda, la credibilidad y el reenvío. Y todo ello, a coste cero. ¡Bravo!

No te alarmes, aún estamos a tiempo de prevenir escenarios como el brasileño, o el estadounidense, o el británico, o el italiano… Si crees que no hay atajos para la política, que es necesario realizar una importante inversión para decidir tu voto, que es obligado revisar mucha de la información que recibes a través de tus redes sociales…, o simplemente no quieres trabajar gratis para un candidato que ni siquiera te ha pedido permiso para propagar sus mensajes, sigue una sencilla regla antes de replicar cualquier información. Pregúntate: ¿quién es el cuñado de mis grupos de WhatsApp? Si no eres capaz de identificarlo, quizá seas tú.The Conversation

Rubén Sánchez Medero es Profesor de Ciencia Política, Universidad Carlos III

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation

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