El president de la Generalitat, Carles Puigdemont, y su vicepresident, Oriol Junqueras, han publicado este domingo un artículo conjunto en el diario El País en el que reiteran que el Govern va a hacer lo indecible para que los ciudadanos de Catalunya puedan votar en 2017 en un referéndum de autodeterminación. Bajo el titulo Que gane el dialogo, que las urnas decidan, Puigdemont y Junqueras utilizan por primera vez una fórmula de gran impacto político y mediático, que no habían empleado hasta la fecha, como es la publicación de un articulo conjunto. Y lo hacen en el diario de más tirada en España.

El artículo se convierte en una last call en la que se reitera la voluntad de hacer el referéndum de acuerdo con el Gobierno español, para recordar que en caso de que no haya voluntad de acuerdo, el Govern de Catalunya tiene la obligación de no abandonar al 80 por ciento de ciudadanos que quieren ser consultados para decidir el futuro de Catalunya.

Pero más allá de la contundencia del texto y de la crítica directa al Gobierno español y a su presidente -al que se le reprocha su irresponsabilidad y su quietismo-, el gesto de Puigdemont y Junqueras es enormement importante en esta fase concreta del procés. Por un lado, aleja cualquier fantasma sobre la posibilidad de que los casos de corrupción que afectan a la desaparecida CDC puedan contaminar la preparación y la celebración del referéndum. No habrá vasos comunicantes y, pase lo que pase, la celebración del referèndum seguirá adelante.

En segundo lugar, trasladan a la opinión pública catalana y a la española un mensaje de unidad y de cohesión en el ejecutivo catalán. Una coordinación más necesaria que nunca ante las amenazas del Gobierno español de actuar con mano de hierro y llevar a cabo un proceso de inhabilitaciones en cascada. También una imagen llena de fortaleza en sus posibilidades frente a los que interesadamente desde Madrid han querido presentar a un Puigdemont aislado de su partido y a un Junqueras inclinado a coquetear políticamente con Soraya Sáenz de Santamaría.

Finalmente, Puigdemont y Junqueras recuerdan a Rajoy que en democracia no existe el derecho a no dialogar. Por todo ello, piden a los españoles que, cuando sea demasiado tarde, nadie les haga responsables de la situación y que dirijan sus críticas al Gobierno español que ha provocado esta situación.

Texto íntegro del artículo:

Que gane el diálogo, que las urnas decidan

 

"El Gobierno del Reino Unido y Escocia pactaron un referéndum. La pregunta, siguiendo las recomendaciones de la Comisión Electoral del Reino Unido, fue: ‘¿Debería Escocia ser un país independiente? Sí o No’. Sin más. Hubo acuerdo porqué hubo voluntad política de convocar y permitir el referéndum. No se dejó en manos de tribunales lo que se pudo resolver políticamente. Y todo parece indicar que Escocia y el Reino Unido volverán a pactar la celebración de un nuevo referéndum de independencia. El segundo en tres años. No está mal para algo que en España no puede ni tan solo formar parte de una mesa de diálogo entre los gobiernos español y catalán.

Pactar la forma de resolver las diferencias políticas siempre une. Las diferencias sólo separan y dividen si no se quiere acordar la forma de resolverlas; las diferencias son consubstanciales en la sociedad democrática, no son negativas, hay incluso que tratarlas con delicadeza si se trata de diferencias cuya defensa es más difícil y comprometida. Ahí es donde la democracia se robustece y se afianza ante la pulsión populista y simplona de resolver la diferencia mediante la prohibición, los muros y la discriminación. Señalar al diferente como amenaza, como elemento de división de una sociedad que vivía tan tranquila en sus sagradas e inquebrantables certezas es, a parte de terriblemente injusto, un grave obstáculo para la búsqueda de soluciones.

Como consecuencia del acuerdo entre Escocia y el Reino Unido se produjo un amplio debate, un debate de ideas. Finalmente una mayoría de escoceses optó por el No, de acuerdo con las tesis del Gobierno de Londres. Fue así, sin más. La vida siguió en Escocia y en el Reino Unido, como hubiera seguido con la victoria del Sí. El referéndum de independencia contó con una participación récord del 84,59 por ciento,  12 puntos más que en el referéndum del ‘Brexit’, que fue del 72,2 por ciento, una cifra que se consideró un hito puesto que era la más elevada en una votación en los últimos 25 años. Estos datos describen algo muy relevante que deberían anotar quienes acusan a los partidarios de cambios como una especie de agentes al servicio de la división de la sociedad: los campos separados en una disputa democrática se unen sin ningún género de dudas en las urnas. Insistimos: no separan las diferencias, lo que separa es la ausencia de acuerdo para resolverlas. 

El escenario del referéndum acordado es el que desearíamos en Catalunya

En consecuencia, el escenario del referéndum acordado es el que desearíamos en Catalunya. Queremos recordar que lo hemos propuesto ya en diversas ocasiones. Hoy, pese a los malos augurios y el rechazo frontal del Gobierno español, volvemos a insistir en ello. Tal vez sea injusto atribuir al presidente Rajoy, a su gobierno y a su partida esa actitud en exclusiva. Observamos con pena y tristeza que esa misma posición, sin ningún tipo de matiz, la comparten PP, PSOE y C’s.

Así las cosas, parece bastante indiscutible que la actitud del gobierno catalán y del Parlament de Catalunya se asemeja a la posición escocesa (dialogar y acordar un referéndum) pero que la actitud del gobierno español y las Cortes Generales no se parece en lo más mínimo a la del gobierno y el Parlamento británicos. No sólo hay una preocupante ausencia de voluntad de diálogo sino que camina en la dirección exactamente inversa: querellas, judicialización de la política, guerra sucia, amenazas de uso de medidas excepcionales, etcétera. Y ya hay los primeros resultados: primeras condenas de inhabilitación a cargos públicos para el presidente Artur Mas y las consejeras Ortega y Rigau, mientras se está a la espera de la sentencia contra Francesc Homs. Todos ellos por haber cometido el delito de dar voz a los ciudadanos.

Sondeos de todo tipo y procedencia señalan que entorno un 80% de los catalanes querrían ser consultados acerca del futuro político de Catalunya respecto España

En sintonía con la voluntad de gobierno, Parlament y sociedad, se ha puesto en marcha en Catalunya el Pacto Nacional por el Referéndum, del que participa una pluralidad aplastante de la sociedad catalana, incluidos agentes económicos y sociales. Sondeos de todo tipo y procedencia señalan que entorno un 80% de los catalanes querrían ser consultados acerca del futuro político de Catalunya respecto España. El Pacto que tiene como propósito reiterar la voluntad de celebrar un Referéndum, acordado, como prioridad. Tal vez alguien nos considere ilusos. Es mejor ser iluso que irresponsable, es mejor esforzarse para hallar soluciones que optar por no desgastarse y hacer del quietismo virtud.

Si se mantiene el rechazo frontal no es ninguna sorpresa que reiteremos que no vamos a renunciar a ejercer ese derecho. Vamos a hacer lo indecible para que los ciudadanos de Catalunya puedan votar en 2017, en un referéndum de autodeterminación. Estamos en esto por convicción y compromiso, rindiendo cuentas ante los electores. Y no se nos ocurre pensar que el futuro de Catalunya, de los ciudadanos de Catalunya, no lo van a decidir sus ciudadanos y sí el Gobierno español. El mismo gobierno que, con su habitual proceder, ha logrado un hartazgo muy mayoritario en la sociedad catalana incluso en sectores que no comparten, muy legítimamente, que Catalunya se convierta en un Estado independiente. El Estado ha abandonado a todos los catalanes, también a los que no quieren la independencia pero aman Catalunya como el que más y sufren, por tanto, cuando su país sufre. Que no sean independentistas no significa que la desatención de Catalunya no la sientan profundamente y paguen también las consecuencias. El Estado ha abandonado también a los catalanes que hubieran querido ver en el español aquel Estado propio que no es ajeno a sus demandas. Y para esos catalanes y también para todos los demás, el Gobierno de la Generalitat les va a poner las urnas. Que decidan. Es su derecho, y lo van a ejercer.

Hace tiempo que es la hora de la política. En Catalunya la hacemos, y seguro que no siempre lo hacemos bien. También hay que estar dispuesto a escuchar y hablar de ello. Sin embargo, otros han decidido delegar en los tribunales su responsabilidad política. Se esconden detrás del Constitucional, de la Audiencia Nacional y del Supremo, comprometiendo la labor y la independencia del poder judicial. Europa ya se ha percatado de ello y ha mostrado sin ambigüedades su preocupación por esa deriva que compromete seriamente un poder fundamental para la salud del estado de derecho, como se desprende del reciente informe de la Comisión de Venecia. Y se escuchan voces del exterior cada vez más claras abogando por un diálogo político y una solución política. Como el informe de la Fundación Konrad Adenauer. O como el propio parlamento británico, donde se ha formalizado un Grupo de Discusión sobre Catalunya en el que participan miembros de todos los partidos. Algo, por cierto, que es posible en Westminster y no en las Cortes. 

En democracia no existe el derecho a no dialogar

Hace pocos días, en Madrid, un veterano demócrata español como Antonio Garrigues Walker recordaba algo con lo que estamos de acuerdo los demócratas en general, partidarios o contrarios a la independencia: en democracia no existe el derecho a no dialogar. Nosotros ya estamos sentados en la mesa del diálogo. ¿Van a tardar mucho los demás invitados? Es más: ¿van a venir? Cuando sea demasiado tarde, por favor no nos miren a nosotros. Sean, por una vez, tan exigentes, críticos e implacables con sus gobernantes inmóviles como lo han sido con nosotros todos estos años en que del rechazo a la sentencia contra el Estatut hemos consolidado una amplia mayoría favorable a que los catalanes decidan su futuro en referéndum".

Carles Puigdemont. President de la Generalitat

Oriol Junqueras. Vicepresident de la Generalitat