Jordi Turull no es ni será nunca un showman brillante, pero vaya con la capacidad de resistencia que ha demostrado subiendo a la tribuna del Parlament cuando sabía que la CUP iba a tumbarlo y que sobretodo lo que dijera será utilizado en su contra para encarcelarlo. La política en Catalunya se ha convertido en una práctica cruel.

Cuando ha trascendido que la CUP tumbaría la investidura de Turull a pesar del asedio politico-judicial, la consternación de los diputados soberanistas era todo un poema, no sólo por la sensación de ridículo, o porque la política catalana seguirá empantanada, sino porque la actitud adoptada por los anticapitalistas no permite avistar una legislatura viable, y la idea de nuevas elecciones en verano se extendió por el salón de los pasos perdidos. Pel juliol pobres dels que estan al sol, dice el refranero catalán. Las consecuencias son imprevisibles pero seguramente trágicas. Cuando menos, es lo que quería Rajoy.

Es posible que el juez Llarena encarcele o inhabilite a Turull una vez comunicado el procesamiento y haga imposible la segunda votación de la investidura, pero quizás no lo haga todavía. El juez del Tribunal Supremo no ha disimulado el criterio político de su actuación y para que Turull salga elegido en la segunda sería necesario que el president Carles Puigdemont (y el conseller Antoni Comín) renunciara a su escaño (y esperar que la CUP no pase de la abstención al no). Seguro que Llarena (y Rajoy) prefiere un Puigdemont que no pueda circular por Europa con la credencial de haber sido elegido por los catalanes.

Pero el sacrificio de Puigdemont de poco serviría. La CUP seguiría teniendo los cuatro votos que le permiten sumarse a la oposición unionista y tumbar cualquier iniciativa política o legislativa que se plantee el Govern de la Generalitat. Que lo harían no existe ninguna duda. Si no han sido capaces de cerrar filas con la mayoría soberanista en pleno bombardeo represivo, no se puede esperar mucha solidaridad de los anticapitalistas cuando se traten asuntos no tan trascendentales como la investidura del president. De hecho, siempre han actuado igual. Forzaron la retirada de Artur Mas, propiciaron la elección de Puigdemont. Pero acto seguido le tumbaron los presupuestos.

Entre los comentarios de pasillo, algunos recordaban no con alegría el día que Artur Mas dio el paso al lado en vez de dar paso a nuevas elecciones y otorgó a la CUP este poder desestabilizador, que es lo que caracteriza a cualquier movimiento antisistema. Carles Riera lo ha dejado lo bastante claro en su intervención dando por rota la alianza del movimiento soberanista. Ellos no son de este mundo. No son soberanistas, ni independentistas o lo son sólo en función de la agitación que pueden arrastrar asumiendo provisionalmente estas u otras etiquetas.

En fin, la realidad es que el soberanismo ya no es mayoritario en el Parlament de Catalunya. ¿Y ahora qué? Me aseguran que si la operación Turull no prospera, algunos diputados de Junts per Catalunya quieren forzar otra vez la investidura telemática de Puigdemont. Lo plantearán después de aprobar la reforma de la ley que se ha presentado para hacerlo posible desde el punto de vista catalán e imposible desde el punto de vista del Tribunal Constitucional. Y claro, no todo el mundo querrá jugársela, ni todo el mundo estará de acuerdo con ello y nos veríamos condenados a casi cuatro meses de pelea de todos contra todos. Dios nos libre de ello.

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