Hace años, cuando Enric Juliana comparaba el choque entre Catalunya y España con la carga de la brigada Pomorska contra los tanques nazis, escribí un artículo comentando que el choque se parecería más bien a un combate de boxeo largo y poco lucido, como aquel que enfrentó Muhammad Ali con Foreman, en un ring de África.

Si se mira a través del procesismo, puede parecer que Catalunya no está en condiciones de presentar batalla, pero en este choque todo el mundo tiene números para hacerse daño. El alivio que se detecta ahora que Rajoy está a punto de ser investido, hace pensar que los periodos de estabilidad cada vez serán más frágiles y cortos.

A largo plazo, las terceras elecciones eran mejores para dar estabilidad a España. Sólo el independentismo y los intereses económicos que querrían convertir el Estado en un títere de las fuerzas globalizadoras, ganarán alguna cosa con un gobierno débil del PP.

La fiesta de la Hispanidad ha puesto en evidencia que Podemos es el único partido de ámbito español que puede hacer oposición a Rajoy. Sólo falta que Susana Díaz insista en justificar el destronamiento de Sánchez por su plan de acercarse a ERC y CDC para acabar de dividir otra vez los españoles entre azules y rojos –Nacionales y Rojo-separatistas–.

Es curioso de ver como los males que debían afligir a Catalunya poco a poco van debilitando España con una intensidad creciente. El hecho de que los partidos constitucionalistas se replieguen en torno a la figura de Rajoy, no solo hará difícil que el PP se regenere; también irá desgastando todos los partidos que pacten con él, por mucho que lo hagan en nombre de la patria.

El PP cada día recuerda más a la CiU de los últimos años. La corrupción quizás no afecta a su apoyo electoral, pero va alejando a Madrid de Barcelona. Cuando el ministro Margallo confiesa que reconocería Catalunya como nación, a cambio de que los catalanes renunciaran a la autodeterminación, está admitiendo que el conflicto es político y el referéndum imparable.

En Barcelona, las cosas no están mucho mejor. Parece que Mas y sus gacetilleros han decidido morir matando. Convencidos de que la relación de fuerzas con el Estado no permite la independencia, o asustados por una eventual Hacienda catalana que meta la nariz en sus prácticas y chirinquitos, la élite autonomista se reorganiza para convertir el país en un campo de batalla entre la izquierda y la derecha.

En lugar de abrir debates interesantes, que obliguen al país a madurar, la derecha catalana ha optado por la confrontación folclórica con la izquierda. En Catalunya pronto veremos cómo el grueso del liberalismo europeo en realidad es un movimiento reaccionario y maccarthysta.

Como explica Mark Lilla, Occidente se está partiendo entre nostálgicos y profetas. Por una parte están los sectores que tratan de mantener el status político y social con coartadas liberales que esconden un pensamiento autoritario; de la otra, están los sectores que alimentan la esperanza de una revolución indefinida y caprichosa, que cada uno sueña a su manera.

En España, parece que el régimen constitucional quiera acabar como la Restauración borbónica, con un coletazo autoritario. Los llamados liberales anhelan un retorno al pacto del Majéstic, pero en vez de Pujol y Aznar tienen un plantel de jóvenes sin calado, acostumbrados a los cargos.

Con Rajoy, parece que el búnker español se dispone a actualizar la estrategia regeneracionista de Primo de Rivera, que gobernó con la ayuda del PSOE y en menor medida de la Liga. El problema de una política española de unidad nacional es que encontrará menos apoyo en el conjunto de España que la política independentista en el conjunto de Catalunya.

A diferencia de 1923 o de 1936, no parece que ahora haya el contexto necesario para utilizar la violencia, que entonces tuvo una importancia decisiva. Si la clase media catalana no retrocede, hay más posibilidades que Catalunya se independice que no que España obtenga la cosoberanía de Gibraltar, que el PP reclamará ahora más que nunca para tapar sus 3 por cientos con la bandera rojigualda.