En cuestión de tres días, la ultraderecha ha conseguido triunfar en dos países de continentes diferentes: Argentina, con la victoria de Javier Milei; y Países Bajos, con la primera posición en las urnas de Geert Wilders. Ambos resultados se pueden explicar, en parte, por un contexto mundial donde la extrema derecha está ganando terreno ante una situación de frustración y falta de expectativas con aquello establecido. La estabilidad, la paz, el ascensor social, la prosperidad económica: todos son factores que, presumiblemente, atribuimos a un buen funcionamiento de la democracia. La realidad, sin embargo, dibuja un escenario de guerras, polarización, más desigualdades y crisis económicas. Y detrás de parte de esta decepción se esconde una falta de satisfacción con la democracia. Así lo refleja la última encuesta del Centre d'Estudis d'Opinió (CEO), publicado la semana pasada, donde tres de cada cuatro catalanes aseguran estar nada o poco satisfechos con el funcionamiento del sistema democrático. Este dato se complementa, al mismo tiempo, con un estudio demoscópico del Institut Català Internacional per la Pau (ICIP) de esta semana, que plasma que el grado de satisfacción con el funcionamiento de una forma de organización política y social que se remonta a la Antigua Grecia: la nota media no llega al aprobado (4,5), haciendo que la satisfacción de los catalanes sea inferior a la media europea (5,2).

Si bien este 'descontento' con la democracia no es nuevo —el enfado se percibe en los sondeos a partir de la crisis económica que arranca en el 2007— ni las cifras llegan al récord, uno de los aspectos que más preocupa es que la insatisfacción ha hecho mella entre las generaciones más jóvenes. El barómetro del CEO pregunta en cada oleada por el nivel de satisfacción con el funcionamiento de la democracia y, en esta última, se ha registrado la cifra récord —desde que hay registros— de los jóvenes de 18 a 24 años que aseguran estar poco satisfechos. De hecho, si se suma al porcentaje de aquellos que aseguran estar nada satisfechos, llegan casi al 77%. La tendencia se mueve en el 75% hasta las personas que tienen 49 años, mientras que a partir de los 50 el tanto por ciento de personas que están poco o nada satisfechas con la democracia baja al 70%.

Cuando se amplía la perspectiva y se observan los datos totales de Catalunya, la respuesta que agrupa a más adeptos es la poca satisfacción con el funcionamiento democrático. En específico, el porcentaje llega al 54,4%, que es la cifra más elevada desde febrero de 2016. La segunda respuesta más elegida es la de 'bastante satisfecho/a' que, a pesar de situarse en un 22,9%, cae cinco puntos en solo cuatro meses (si lo comparamos con el barómetro anterior, publicado el mes de junio). En tercer lugar, encontramos a la población que no se siente nada satisfecha, y que representan el 19,4%. Este dato, unido a los que sienten poca satisfacción, se acerca al 75%. Finalmente, el tanto por ciento de catalanes que están muy satisfechos con la democracia es del 2,3%. Es una cuantía que se mantiene bastante estable, y que desde el 2016 no ha superado nunca el 4%. Por otra parte, si los resultados se enfocan por la simpatía de los encuestados con determinadas formaciones políticas, se aprecia que aquellos que se sienten más próximos a Vox son los más insatisfechos con el funcionamiento democrático (91,3%). Seguidamente, hay los que sintonizan con los postulados de las tres formaciones independentistas: la CUP (84,8%), Junts per Catalunya (76,6%) y Esquerra Republicana (74,9%). En cambio, aquellos que expresan un menor grado de insatisfacción son los simpatizantes del Partido Popular (69,6%), seguidos de los próximos a los comunes (64,5%) y el PSC (62,8%).

 

Expectativas frustradas, democracia militante y un contexto global de erosión de ciertos consensos

Teniendo en consideración estos datos, ElNacional.cat ha conversado con cuatro politólogos para cartografiar y abordar qué hay detrás de esta falta de satisfacción con el funcionamiento de la democracia y qué causa esta frustración ciudadana. Los cuatro entrevistados —Toni Rodon, Ana Sofía Cardenal, Jesús Palomar y Adrián Caballero— coinciden en el hecho de que no se trata de una problemática que se circunscriba al contexto catalán y español, sino que tiene que ver con una "dinámica global" de "distanciamiento y desafección" no solo vinculada con la democracia, sino también con la política. Sin embargo, Rodon, Cardenal, Palomar y Caballero plantean la diferenciación de la pregunta sobre el grado de satisfacción con el funcionamiento de la democracia respecto a las preferencias por el tipo de régimen o el interés por la política. En este sentido, la profesora de Ciencias Políticas y Derecho de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), Ana Sofía Cardenal, constata que esta insatisfacción con el funcionamiento democrático no se traslada ni es paralela a una mayor preferencia por un régimen que no sea la democracia. En cambio, sí que ve similitudes con la baja confianza que la ciudadanía expresa con las instituciones.

Por su parte, el profesor de Ciencias Políticas en la Universitat Pompeu Fabra (UPF), Toni Rodon, avisa que la pregunta sobre la satisfacción con la democracia "no sabemos exactamente qué está midiendo: si una persona está satisfecha con votar, con la competición entre los partidos políticos o el rendimiento que proporciona el sistema". Así lo ejemplariza el politólogo: "Puedes tener un país que celebre elecciones con plena normalidad, que no tenga ningún caso de corrupción y que la competición entre los partidos sea sana, y después tengas mucha gente pasando hambre. Por lo tanto, quizás el grado de insatisfacción con la democracia será alto en este caso porque hay ciudadanos que sufren, pero no por el funcionamiento del sistema". En esta línea, Rodon hace énfasis en el hecho de que, a pesar de ser unos datos preocupantes, hay margen para un enfoque 'optimista': "La gente no está enfadada con la democracia por el hecho de que ir a votar no sea importante, porque crea que hay que prohibir la libertad de expresión o porque considere que hay partidos que no se tendrían que presentar a las elecciones, muestran la insatisfacción con el escaso rendimiento del sistema porque la sociedad tiene muchos problemas y la democracia no les aporta todas las soluciones que quieren".

Al hilo de este argumento, Jesús Palomar, docente de la misma rama en la Universitat de Barcelona, apuntala la "frustración" como una de las causas que religa con la insatisfacción plasmada en los barómetros demoscópicos. Y por eso plantea la importancia de saber qué entiende la ciudadanía por democracia: "Si la gente solo percibe que la política es una disputa entre partidos y políticos, seguramente eso no les interese. El mecanismo democrático como herramienta de riña entre partidos no genera interés porque, al fin y al cabo, no tiene ninguna utilidad real. Si eso hace pensar a la gente que la política no es útil, es evidente que se sienten frustrados con el sistema que rige. En cambio, si la democracia no nos llega como el hecho de que la gente se pelee en el Congreso y los políticos velen por sus propios intereses, sino que se entiende como la herramienta para decidir sobre cuestiones vitales de la ciudadanía, la respuesta quizás sea diferente. Y si no fuera diferente, entonces sería muy preocupante". Comparte esta diagnosis el politólogo y periodista Adrián Caballero, que afirma: "Cuando una persona ve que la política está por otras cosas y no para las cosas del comer, que este último elemento no va bien, le implica a la política la responsabilidad de ello. Cuando el trabajo que tendrían que hacer los políticos no se corresponde con la realidad, es cuando tenemos el problema de desafección. Un ciudadano no piensa en temas abstractos, sino en hechos tangibles. La democracia, en principio, comportaba una mejora de las condiciones de vida, un funcionamiento adecuado del ascensor social, un mejor futuro para las próximas generaciones: cuando alguna de estas cosas no pasa, la gente se siente decepcionada". Esta frustración con las expectativas tienen que ver con contextos de recesión económica, según Cardenal, que subraya que la insatisfacción con el funcionamiento democrático crece con la crisis que arranca en el 2007. La politóloga también pone encima de la mesa los efectos de la pandemia de la covid-19 como uno de los catalizadores de los resultados negativos para la democracia, o las políticas aplicadas a la revolución tecnológica por los "impactos desiguales" que está causando en la sociedad.

Cuestionados por si los datos de desafección pueden estar relacionados con una cultura política menos madura por el hecho de tener una democracia relativamente joven en comparación con otros países del entorno más inmediato, Jesús Palomar cree que puede ser una de las causas en tanto que "el Estado ha vivido varias dictaduras y monarquías absolutas" a lo largo de los últimos tres siglos: "No hay una cultura tradicionalmente democrática". A su vez, Toni Rodon precisa que "todavía no hay una cultura política de gestionar democráticamente la discrepancia" y que España tiene una democracia "muy militante, muy de los míos contra los otros". Por otra parte, Ana Sofía Cardenal sostiene que "en España hay una larga historia de apatía y de desafección política" que explicaría, en parte, los resultados que muestran las encuestas sobre el funcionamiento democrático. En todo caso, la profesora de la UOC ve ahora al Estado "convergiendo con las democracias avanzadas" en los niveles de satisfacción con la democracia.

Los jóvenes, "atraídos por la novedad"

Entre los datos, lo que resulta preocupante para los entrevistados son los que tienen que ver con los más jóvenes. Esta insatisfacción con el funcionamiento de la democracia entre ellos se ha ampliado y Toni Rodon alerta del hecho que "no solo están decepcionados con lo que produce la democracia, sino que cada vez las actitudes autoritarias entre ellos toman más fuerza". "Es normal que digan que no están contentos porque les cuesta prosperar y porque tienen malas perspectivas para el futuro, pero incluso ya vemos que algunos señalan que eso de votar no es la mejor opción", expresa. Sobre esta cuestión, la profesora Ana Sofía Cardenal apuntala que los jóvenes "se rebelan contra la falta de expectativas" y que, a veces, estas expectativas frustradas "acaban llevando a votar a partidos populistas". Desde su óptica, a los jóvenes "les llama la atención la novedad y se sienten atraídos" por esta: "Ellos han llegado a la política a través de los nuevos partidos, como Podemos, Ciudadanos o Vox. Creo que una parte importante de votantes de Ciudadanos (con la excepción de Catalunya, que han ido al PSC) ha acabado en Vox. Como partido nuevo, atrae a los jóvenes, y esta formación está activando y normalizando estas actitudes" de desafección con los principales consensos de la democracia. Rodon añade que los partidos de extrema derecha "erosionan" estos pilares: "Consiguen entrar en el sistema y ponen de moda ciertos valores que son peligrosos para la supervivencia de la democracia".

¿Qué podría revertir esta tendencia? Para Adrián Caballero, la insatisfacción con la democracia no sería tal si hubiera "menos polarización, más estabilidad o más prosperidad económica". También lo cree Jesús Palomar, que ve una ciudadanía "cansada y desgastada": "La gente quiere encontrar trabajo, vivir en un mundo más sostenible y que pase aquello que esperan de la política".