Después de la irrupción deslumbrante de Roger Torrent en el universo centennial del TikTok, los genios comunicadores de Esquerra han desembarcado hace pocos días en Instagram con el vídeo Aragonès sense filtres, un interesantísimo minidocumental en el que el actual interino del Palau de la Generalitat y presidenciable republicano muestra aquello que los cursis denominan "su lado más humano" mientras pasea por su natal Pineda de Mar. Antes de la irrupción de la Covid-19 en nuestras vidas, Pere Aragonès (Pineda de Mar, 16/11/1982) se había hecho fuerte adaptándose a la imagen de gestor eficiente y encorbatado del independentismo tranquilo que Oriol Junqueras le exigió para poder calmar las aguas del procés y pactar un indulto de los presos con Pedro Sánchez a cambio de renunciar a la secesión. Todo iba bastante bien hasta que, salpicado por la ineptitud administrativa de los consellers republicanos Alba Vergés y Chakir el Homrani, Aragonès y los suyos han tenido que variar repentinamente de rumbo para olvidar la gestión y humanizar cagando leches al presidenciable en una campaña que a Esquerra se le está haciendo larguísima.

El vídeo en cuestión, hay que reconocerlo, retrata al personaje de una manera artificial pero fidedigna. Aragonès es un político de ERC que podría pasar muy bien por convergente, que anda con esa cadencia torcida de pingüino de los chicos con los que las madrazas catalanas casarían a su hija y que evoca la historia de la cofradía de pescadores de su pueblo como si sus barquitas fueran la Armada Invencible; admirad al candidato paseando con su mujer e hija mientras los abuelos del pueblo le exigen que aumente la familia con un hermanito, vigilando de reojo la descendencia mientras la heredera sube a los "caballitus de Paco" y doblando afablemente el cuello de la camisa a Junqueras antes de que el Espíritu Santo de Lledoners aparezca en un mitin en Badalona. Cuando va por el pueblo, recuerda Aragonès con una sonrisa de satisfacción, la gente no le dice vicepresident, ni candidato; allí sólo es "Pere". Eso es lo que Aragonès nos pide como un loco; que el 14-F no votemos al señor que gestiona eso tan aburrido de la autonomía, sino simplemente a Pere.

Incluso en los momentos de pose en los que la cámara persigue a un candidato, hay instantes en que el artificio se deshace como por arte de magia. Eso ocurre cuando Aragonès visita su pescadería habitual, observa todos los bichos a disposición del consumidor antes de pedir, y con un cierto aire de resignación de quien no quiere o puede hartarse de gambas, cocochas o erizos de mar, acaba diciéndole a la dueña: "Pues venga, haremos un lenguado, sí". Hay que fijarse especialmente en la cara del candidato cuando escoge este pescado del orden de los pleuronectiformes que, decía Pla, es especialmente apreciado por ingleses y franceses pero mucho más mediocre que el corvallo o el cabracho. "Haremos lenguado, sí", dice Aragonès, con la misma cadencia sonora y faz derrotada con las que el líder vicario de Esquerra podría decir "pediremos una nueva edición de la mesa del diálogo, sí" o "a ver si después de la amnistía nos dan un pacto fiscal, sí". Este es el tono natural de su posibilismo político: "haremos lenguado, sí", no fuera que por querer mero a la plancha nos quedemos sin pescado.

Este es el tono natural del posibilismo político de Aragonès: "haremos lenguado, sí", no fuera que por querer mero a la plancha nos quedemos sin pescado

Al candidato de Esquerra nadie le puede negar sacrificio, trabajo y capacidad de obediencia. Cuando Junqueras le ordenó convertir Esquerra en un partido convergente sin el 3%, Aragonès esprintó a fotografiarse con el establishment para convertirse en una figura respetada entre las élites catalanas, con aquella poca maña de quien asiste a una fiesta de americanas hechas a medida luciendo costura de nuevo rico. De sobrevivir y propulsarse sin hacer mucho ruido Aragonès había aprendido en su propio partido, primero en las JERC (hay fotos que el actual vicepresident debe guardar en el cajón de los poemas malos, de cuando defendía el no al Estatut y sostenía cartelitos donde decía: "Cada segundo España nos roba 450 euros") y después en el Parlament, donde ha vegetado desde el año 2006 después de una vida laboral escasa que, como la mayoría de los políticos catalanes actuales, se caracteriza por no saber qué carajo quiere decir eso de hacer una factura, no llegar a fin de mes o repartir nóminas.

Eso de haberse ganado la vida mínimamente no debe tener mucha relación con la construcción de una nueva República, un asunto que, según la filosofía de amor junquerista, conecta más con ser buena persona o, reza el lema electoral de ERC, estar "al lado de la gente". Es aquí donde ahora se ubica Aragonès, que había empezado su carrera al lado de jóvenes contestatarios como Uriel Bertran y Elisenda Paluzie y ahora pasa los días previos al 14-F rezando para que la fragmentación del voto convergente entre Junts y el PDeCAT le asegure "gente" que gane por la mínima el trono de la Gene. Pere se va a dormir cada día con este regusto soso de lenguado que no tiene la nutricia dulzura del rodaballo ni la agresividad enfervorizada de los salmonetes, anhelando una victoria, aunque sea por la mínima, para poder erigirse gallardo y decirle al espíritu de su abuelo, alcalde de Pineda durante el franquismo, y a su padre, concejal independiente de Convergència en el mismo lugar, que ahora sí de verdad que se ha hecho mayor, que mirad, abuelo, papá, que ahora Pere ya es todo un Molt Honorable.

A medida que avanza la campaña, Aragonès pierde el escasísimo glamur que había ganado haciendo de contraste serio a las chorradas y pancartas de Quim Torra y vuelve a mostrarse como el político que vendería toda su carcasa moral para pactar con España

Es curioso como el ámbito del autonomismo hace relucir las costuras personales de todos los políticos. A medida que avanza la campaña, Aragonès pierde el escasísimo glamur que había ganado haciendo de contraste serio a las chorradas y pancartas de Quim Torra y vuelve a mostrarse como el político que vendería toda su carcasa moral para pactar con España. De hecho, cuando los hombres de negro de Rajoy aterrizaron en la Generalitat para aplicar el 155 (porque España sí que cumple sus promesas, no como nuestros referéndums) su jefe Roberto Bermúdez de Castro se sorprendió de la diligencia administrativa del republicano. Lo contó él mismo a Salvador Sostres en una interviú divertidísima en el ABC, y permitidme la cita textual: Artadi y Aragonès fueron dos colaboradores admirables. Cumplieron con prontitud y diligencia con todos sus cometidos. Fue un placer trabajar con ellos, por su disponibilidad y su eficacia”. En casa ya lo sabemos, queridos lectores: cuando un político catalán aparenta ser un gestor eficiente, siempre acaba al servicio del Rey.

Entiendo la angustia que debe sentir el candidato, pues, realmente, si Esquerra no gana unas elecciones con el voto de su rival inmediato fragmentado y con la única oposición unionista de un candidato como Salvador Illa es que no triunfará en unas elecciones en el Parlament jamás de los jamases. Lo peor de todo es que en Esquerra piensan que la clave se encuentra en el escaso carisma de su apuesta, en este lenguado de la resignación que define su número uno. Quizás ayuda, no lo negaré, aunque a muchos independentistas también les puede haber dolido ver como el actual vicepresident escarnece el unilateralismo ardido del que él mismo se vanagloriaba contra la tibiez convergente poco antes del 1-O. Porque en ERC tampoco han entendido que eso de la puta i la Ramoneta no se aprende en dos tardes y que el cinismo tiene una escuela y exige un trabajo que no se puede aprender como quien juega a hacer match en Tinder. Todo eso Aragonès lo sabe perfectamente, por eso ruega que Borràs tropiece y que Illa se enfríe, pues sabe que con el autonomismo sólo puedes tener anhelos de mínimos.

Notad los nervios del candidato, queridos lectores. Haremos lenguado, sí. Y cuidado que no te quedes sólo con la merluza, Pere. O sin pescado.

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