Hay algo profundamente revelador en el título que Pilar Rahola ha elegido para defenderse y, a la vez, acusar, en un artículo publicado en este diario, de una investigación de la Fiscalía contra ella por una supuesta banalización, negación o justificación del genocidio en Gaza: "Yo acuso".
No es un título cualquiera. Es el título con el que Émile Zola decidió defender a un inocente perseguido por el antisemitismo de Estado. Cuando Zola escribió J'accuse, no pretendía ocupar el lugar de la víctima. Hizo exactamente lo contrario: apartó el foco de sí mismo para devolverlo a quien realmente sufría la injusticia. Arriesgó su prestigio y su libertad para denunciar a un Estado que había convertido a un inocente en culpable. Por eso resulta tan revelador que Pilar Rahola haya escogido precisamente este título.
No, Pilar. No eres Zola. Y esta diferencia no es un simple matiz literario. Es el corazón mismo del debate. En tu artículo pretendes ocupar, a la vez, el lugar de Zola y el de Dreyfus. El de Zola porque escribes un "Yo acuso", señalando a quienes, según tú, te han perseguido. Y el de Dreyfus porque te presentas como la víctima de una gran injusticia.
Pero Zola no escribió para convertirse en protagonista de la historia. Escribió para que el mundo mirara a Dreyfus. Tú utilizas a Zola, no para recordar a las víctimas, sino para presentarte como una de ellas. Tu alegato moral acaba desplazando el foco del genocidio hacia tu propia persona.
Este olvido resulta aún más elocuente porque tu acto de acusación aparece la misma semana que la Comisión Internacional Independiente de Investigación de las Naciones Unidas ha publicado un informe devastador, documentando ataques sistemáticos contra la infancia palestina y concluyendo que se han cometido actos constitutivos de un genocidio contra la infancia palestina. Precisamente los niños y niñas cuya tragedia decidiste ridiculizar. Todos recordamos tus intervenciones cuestionando las cifras de menores asesinados, sembrando sospechas sobre los testimonios de las víctimas y desacreditando informaciones que posteriormente fueron corroboradas por organismos internacionales e incluso, en parte, por las propias autoridades israelíes.
Mientras las Naciones Unidas vuelven a poner el foco sobre este infanticidio contra la infancia palestina, tú pretendes ocupar simbólicamente el lugar de la víctima, evocando el caso Dreyfus. Es exactamente el mismo mecanismo de autovictimización que el gobierno israelí y la extrema derecha llevan años utilizando para desactivar cualquier exigencia de responsabilidades. Toda crítica o investigación sobre los crímenes israelíes se presenta como un ataque contra los judíos. Esta confusión deliberada no protege a las víctimas del antisemitismo, sino a aquellos que quieren situarse fuera del alcance del derecho penal y del escrutinio público.
En tu relato acabas convirtiéndote a la vez en la denunciante y en la denunciada, en Zola y en Dreyfus. Pero esta doble apropiación solo es posible haciendo desaparecer del relato a las víctimas reales. Ya no se discute el genocidio, sino la legitimidad de quien osa denunciarlo.
Europa lleva décadas repitiendo "Nunca más". Pero la memoria del Holocausto nació para impedir que el poder volviera a convertir a las víctimas en culpables y a los culpables en víctimas. Sin embargo, hoy asistimos al proceso inverso. La memoria deja de interpelar el presente. Se convierte en un escudo para acusar de antisemitas a relatores de las Naciones Unidas, jueces internacionales, organizaciones humanitarias, historiadores del Holocausto e incluso a miles de judíos por denunciar el genocidio en Gaza o por negarse a identificar el judaísmo con el proyecto político del sionismo.
La paradoja ha llegado tan lejos que en Alemania muchos de estos judíos no sionistas han sido detenidos, juzgados, despedidos de su trabajo o apartados de instituciones culturales y académicas. Como si la memoria hubiera acabado girándose contra aquellos que mejor la encarnan. No deja de ser una amarga ironía que descendientes de víctimas del Holocausto sean llevados al banquillo de los acusados por los descendientes de aquellos que exterminaron a sus familiares. Es la inversión moral más profunda de nuestro tiempo.
Los verdugos se presentan como víctimas, las víctimas se convierten en sospechosas y quienes intentan auxiliarlas pasan a ser tratados como enemigos. Este es el primer triunfo de cualquier proyecto genocida. Porque todo genocidio necesita antes una inversión del lenguaje.
Zola escribió para que el mundo mirara a Alfred Dreyfus. Tú escribes tu artículo para que el mundo deje de mirar a Gaza y te mire a ti
Tú sostienes que tus palabras no deberían tener consecuencias. Y, sin embargo, las palabras importan. Todo exterminio necesita antes una gramática. El lenguaje prepara moralmente el crimen mucho antes de que aparezcan los cadáveres. En un artículo publicado en este mismo diario recordaba precisamente un mensaje tuyo en las redes sociales en que situabas a Greta Thunberg, Ada Colau y a mí mismo al mismo nivel que los "terroristas". Quizás hoy convenga recordarlo. Durante meses utilizaste tu enorme influencia pública para presentar como cómplices de Hamás a personas que simplemente intentaban llevar ayuda humanitaria a Gaza. El abordaje, la detención y el trato degradante que después sufrieron por parte de las fuerzas israelíes fueron una consecuencia lógica de este tipo de discursos criminalizadores. Y una manera de que estos crímenes —ahora también objeto de una investigación de la Fiscalía— parecieran aceptables para una parte de la opinión pública.
Las palabras nunca son inocentes. Preparan el mundo en que un cooperante o un periodista deja de serlo para convertirse en un objetivo a eliminar. Preparan el mundo en que un niño deja de ser un niño para convertirse en un futuro terrorista. Albert Camus escribió que llamar correctamente a las cosas era la primera forma de resistencia ante la injusticia. Zola lo sabía. Sabía que las palabras podían salvar una vida. Por eso escribió "Yo acuso". No para ocupar el lugar de la víctima. Sino para devolver la mirada hacia ella.
Esta es la diferencia entre Zola y tú. Él utilizó las palabras para devolver la humanidad a quien el poder había deshumanizado. Tú has contribuido durante meses a cuestionar el sufrimiento de quienes estaban siendo bombardeados, a sembrar dudas sobre sus muertos, a criminalizar a quienes intentaban auxiliarlos y ahora pretendes convencernos de que las palabras no tienen consecuencias. Las tienen. Siempre las han tenido. Por eso la historia recuerda a Zola. Porque entendió que escribir implica una responsabilidad moral. Que las palabras pueden servir para denunciar una injusticia. O para hacerla posible.
Zola escribió para que el mundo mirara a Alfred Dreyfus. Tú escribes tu artículo para que el mundo deje de mirar a Gaza y te mire a ti. Esta es la diferencia entre quien utiliza la palabra para rescatar a las víctimas y quien la utiliza para sustituirlas.