¿Es posible una vida decente en un contexto de indecencia generalizada? ¿Qué sentido tiene la lucha por la dignidad cuando la indignidad es la norma? ¿Cómo cabe repensar la aspiración al bien en momentos en que la realidad del mal impone su dominio? 

Uno de los libros que más me ha impresionado, como lector, abordaba estas cuestiones, en otros términos pero de manera radical. Lo escribió Tzvetan Todorov y lo publicó en 1991 con un título que es, en cierto sentido, un manifiesto: Face à l’extrême. Todorov se propuso reflexionar sobre la actitud ética a partir de la experiencia radical de la vida en los campos totalitarios del nazismo, preguntándose, precisamente, cómo y de qué manera la vida moral y, con ella, la posibilidad de optar por los valores morales, siempre estuvo presente, incluso ahí. El ensayo no pretendía sólo ofrecer una lección histórica, sino sobre todo analizar hasta qué punto, en una situación extrema como aquella, era posible extraer y fundar una moral cotidiana a la medida y exigencia de nuestro tiempo. Separándose de la perspectiva habitual a la hora de acercarse desde una perspectiva ética a esta situación histórica, desplegada fundamentalmente a partir de Los orígenes del totalitarismo de Hannah Arendt y su concepción del mal radical, Todorov venía a plantear la posibilidad de lo que podríamos denominar el bien radical: la posibilidad de hacer el bien en el contexto hegemónico del imperio del mal radical.

Muchas son las lecciones que se pueden extraer del libro de Todorov, pero hoy nos interesa sólo una: el papel de la dignidad en la resistencia al mal de aquellos que, con todo en contra, preservaron la aspiración al bien como una forma de no sucumbir en la inhumanidad. "La dignidad", escribe Todorov, "he aquí la primera virtud cotidiana. Y no significa otra cosa que la capacidad del individuo de permanecer como sujeto dotado de voluntad". La dignidad, pues, una virtud cotidiana, ligada, según sostiene Todorov, a otra virtud cotidiana, la preocupación (le souci): "se trata siempre de un acto dirigido a un ser humano próximo, no a la patria ni a la humanidad. Esta preocupación por el otro comporta en sí misma su propia recompensa: uno se encuentra con que es capaz de hacer por los otros acciones que no podría emprender por sí solo". La dignidad, volveremos sobre ella.

La eudaimonía: el estar bien como estado más o menos perdurable, identificado como el estar en el bien, el vivir en el bien

Una de las cuestiones filosóficas fundamentales, desde el principio, tiene que ver con el sentido de la vida humana: no se trata de una pregunta sólo abstracta, desvinculada de la vida humana concreta: es una pregunta, en realidad, por la calidad de la vida humana. Y, desde una perspectiva ética, el objetivo último de la reflexión no es sólo la comprensión, sino el comportamiento, la forma de comportarse uno respecto a sí mismo y respecto a los otros: es decir, un pensamiento práctico dirigido a la acción y a la mejora de las condiciones de la vida humana. Desde la conciencia de que la vida humana es una experiencia siempre deficiente, precaria, vulnerable e incompleta.

Ya Aristóteles planteó la dimensión ética del ser humano cuando lo definió como un ser orientado a un fin que lo perfecciona: el bien humano, la vida en plenitud. Pero esta reflexión es inseparable de la reflexión en torno a la vida en común, porque el ser humano es un ser político (que vive en la polis: entre otros y con otros). Por eso el objetivo de la indagación ética es siempre, también, político. Y todavía puede decirse más: "aunque el bien del individuo y el de la ciudad se identifican, es evidente que hay que tener por mayor y por más perfecto el bien de la ciudad, tanto a la hora de alcanzarlo como a la hora de preservarlo".

Aristóteles identificó la felicidad como el estado de plenitud al que aspira la vida humana consciente. La eudaimonía: el estar bien como estado más o menos perdurable, identificado como el estar en el bien, el vivir en el bien. El paso del tiempo, sin embargo, ha restringido la noción de felicidad, banalizándola, a un estado psicológico, más que moral o político. Un estado psicológico: casi un sentimiento. Por eso, en los últimos años, la pregunta filosófica por el sentido y la calidad de la vida se ha reorientado hacia cuestiones y nociones que no se dejen reducir a un estado psicológico o a un sentimiento. De aquí la aparición, en los últimos años, en la reflexión ética, de nociones como decencia, respeto o dignidad: nociones, todas ellas, a caballo entre la ética y la política, que actualizan la reflexión en torno al sentido y la calidad de la vida humana.

La dignidad, hoy, podría definirse como una actitud que nos protege contra el aniquilamiento de nuestra humanidad, de la humanidad en nosotros o de aquello que más propiamente nos identifica como humanos

Acaba de publicarse, sobre estos temas, un libro importante del filósofo Peter Bieri publicado originalmente en alemán en el año 2013: La dignidad humana. Una manera de vivir (Herder). Bieri distingue entre, por una parte, la dignidad como propiedad poseída por los seres humanos (como alguna cosa que tenemos, todos, esencialmente) y, por otra parte, la dignidad como una manera determinada de vivir la vida humana (y, por lo tanto, como una forma de pensar, de vivir y de hacer). Si la reflexión ética sobre el bien, tradicionalmente, desde los griegos, estaba hecha desde la conciencia de la incompletud e imperfección de la vida humana (y, por lo tanto, desde la conciencia de su perfectibilidad y de su posible mejora), puede decirse, de manera análoga, que la reflexión sobre la dignidad surge, como el propio Bieri reconoce, del reconocimiento que la vida humana está siempre y continuamente amenazada y que "la dignidad es el intento de mantener a distancia, inactiva, esta amenaza". Así, la dignidad, hoy, podría definirse como una actitud que nos protege contra el aniquilamiento de nuestra humanidad, de la humanidad en nosotros o de aquello que más propiamente nos identifica como humanos. 

En este contexto, que es inevitablemente el nuestro, las palabras de Bieri alcanzan una inquietante actualidad: "Nuestra vida como seres pensantes, vivientes y actuantes, es quebradiza y está siempre amenazada. Se trata de soportar de manera autoconsciente nuestra vida siempre amenazada. Lo que importa no es sólo dejarse llevar por las cosas que sufrimos, sino afrontarlas con una determinada actitud, aquella que dice: yo acepto el desafío. La forma de vida propia de la dignidad no es, pues, una forma de vida cualquiera, sino la respuesta existencial a la experiencia existencial de la amenaza".

El también filósofo Avishai Margalit ya había caracterizado lo que podría definir una sociedad decente como aquella cuyas instituciones no humillan a las personas. La dignidad, según Bieri, es uno de los nombres de la decencia. No es una conexión irrelevante: incluso la memoria de la lengua la preserva, en su interior. Sabemos lo que quiere decir una persona decente: según el diccionario de la RAE, alguien "que obra dignamente", es decir, que actúa con dignidad, con respeto.

Hoy, cuando la humillación se ha convertido incluso en práctica política, como uno de los rostros de la persecución ideológica y de la represión de la disidencia, es más importante que nunca, en este nuevo contexto hostil, reclamar la decencia y la dignidad como virtudes morales y políticas y, como tales, como guías posibles de la acción moral y también de la acción política.

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