La vuelta de Vox a los gobiernos autonómicos tiene en su momento de mayor desgaste su mayor triunfo. Ha caído su aliado europeo Viktor Orbán en Hungría, se ha tenido que desmarcar de Trump a favor de Giorgia Meloni y las fugas y expulsiones de altos cargos le han dejado expuesto a los escándalos. En ese contexto, ha conseguido alzar la bandera verde en Extremadura colocando prácticamente todos los postulados ideológicos a costa de María Guardiola. Un pacto del que el PP ha renegado, según lo ha firmado. Con el rechazo del pacto de Andalucía y Madrid, de Juanma Moreno a Isabel Díaz Ayuso, por distintos motivos, pero que dejan a la dirección nacional como único valedor de la polémica “prioridad nacional”, unas políticas contra los inmigrantes en una tierra donde no llega a un centenar de menores no acompañados en acogida y donde la emigración es el mayor problema.  

El triunfo de Vox en su vuelta a gobernar no es institucional, es estratégico

El triunfo de Vox en su vuelta a gobernar no es institucional, es estratégico. Pasa por un control más férreo de la agenda ultra y la captura del PP. Si Feijóo no puede presumir de un pacto que avala su dirección, es porque lo ha perdido. El primer reclamo del PP para movilizar a su electorado en los comicios del próximo 17 de mayo en Andalucía es, precisamente, “dejarse la piel” para que no suceda lo mismo que en Extremadura. La misión ya no es ganar, sino evitar “el lío”, eufemismo consolidado internamente para referirse a saltarse sus líneas rojas y comprar postulados que jamás habían asumido antes y lo alejan del centro.

Feijóo ya se había movido a la agenda antimigratoria. Lo hizo en la campaña de las catalanas señalando a los inmigrantes como okupas de viviendas y se reafirma con el rechazo frontal a la regularización extraordinaria. Si hace un año aceptó tramitar la iniciativa porque no daría “la espalda a los inmigrantes”, ahora está “absolutamente en contra” y lo enmarca en un coladero de violadores, delincuentes y yihadistas. La criminalización viene de atrás, pero se consolida con la “prioridad nacional”, de imposible encaje legal, contrario a su defensa del Estado de derecho y a su electorado católico. Mientras el pacto en Extremadura expulsa a Cáritas de la financiación, es el Estado el que la garantiza, no el PP.

Ese viraje pasará ahora por Aragón y Castilla y León, a punto de cerrarse. Para Vox el pacto extremeño “es el suelo y no el techo”, según el diputado José María Figaredo. María Guardiola está amortizada como activo político por su incapacidad para liderar las negociaciones y hacerse con el control de los tiempos, de la agenda y del propio pacto. Vox ha demostrado ser capaz de imponer incluso una consejería de desregulación, la “motosierra”, como la define Vox, término heredado de Elon Musk y Javier Milei. Si consiguen imponer lo mismo en los dos gobiernos autonómicos pendientes del pacto, no tendrá que ver con el porcentaje de voto, sino con la capacidad de Santiago Abascal para forzar acuerdos. Y si Juanma Moreno no saca esa mayoría, se confirma que el PP, en este ciclo autonómico abierto en diciembre, no puede gobernar solo en ningún sitio. Un camino hacia las generales que Feijóo haría condenado a la coalición ultra.

Juanma Moreno intenta aislarse todo lo posible del PP porque su victoria pasa por la transferencia de voto socialista y frenar la fuga a Vox. Es el barón del PP que más rechaza el acuerdo con Vox. El primero que pactó con los de Abascal ha pasado a defender la vía andaluza como fórmula de éxito. No conseguir esa mayoría debilita a Moreno por razones obvias y, por extensión, a Feijóo. Con esa mayoría, el PP demuestra que el discurso anti-Vox funciona. Si fracasa, además de complicar otro acuerdo de gobierno, deja a Feijóo en la debilidad de intentar mantener el discurso del PP sabiendo que comprará el de Vox.

En este marco, la tensión de las derechas se da sobre la debilidad del PSOE. En Andalucía, la incapacidad socialista para ser alternativa es estructural. Desde la salida de Susana Díaz del gobierno, han pasado siete años y no han recompuesto orgánicamente el tradicional granero de votos. Herido por las primarias Sánchez-Díaz, la principal apuesta de Moncloa ha sido Catalunya frente a Andalucía. A quien se preguntaba en el PSOE por qué este fin de semana no se eligió Málaga o Sevilla para la Cumbre Global Progresista de cara a reforzar a María Jesús Montero, la respuesta off the record es que el bastión donde gobiernan lo tiene Salvador Illa. El aterrizaje de la escudera de Sánchez puede quedar por debajo de Juan Espadas. Con la contradicción de ese medio millón de votos que se fue a Juanma Moreno en la anterior cita autonómica y con Pedro Sánchez en las generales.

El problema hasta ahora ha sido el PSOE andaluz, no del Gobierno. La dificultad de Montero está en recuperar algo de ese PSOE, la diáspora de voto que dejó de temer a la derecha. La izquierda alternativa, bajo el mando de IU y Antonio Maíllo, ha unido a los ministros de Sumar y al aparato del partido en Andalucía. Pero en los mítines falta Podemos, evidenciando que la agenda política de la campaña no está conectada con lo que pueda pasar en un futuro con la formación morada.

Las andaluzas tienen dos retos a izquierda y derecha. Para los primeros, salvar los muebles. Para el PP, evitar que sea Vox quien imponga al PP cómo y con qué discurso va a las generales. La mayoría absoluta conseguiría el match point de Feijóo. Porque, después del 17 de mayo, es su turno. Solo ante la gran cita y la hipoteca que le dejen los pactos.