La última vez que voté a un candidato sabiendo que no era la persona adecuada, fue Lluís Bassat. Esto fue en 2003, en las elecciones que ganó por sorpresa la candidatura capitaneada por Joan Laporta, y no, no lo hice por error, sino por ser fiel a quien había dado mi firma durante la precampaña. Y recuerdo estar introduciendo el voto en la urna, y ser consciente de que no era lo que necesitaba el club, porque Bassat no transmitía entusiasmo, al contrario, a diferencia de Joan Laporta y aquel grupo de insurgentes que prometían hacer una revolución dentro de un club que vivía anquilosado en el nuñismo, en el quicir y en el desconcierto. Por suerte, mi voto no decidió nada y Bassat perdió para volver a lo que sabe hacer sin dar palos de ciego.

También reconozco que voté a Bartomeu, deslumbrado por la Liga, la Copa y la Champions que ganó Luis Enrique semanas antes de celebrarse las elecciones, y todavía me hago cruces de mi ofuscación —catalanidad en estado puro, el peix al cove, la sensatez frente a la rauxa— cuando nada hacía predecir que el club acabaría hundido en un agujero económico como consecuencia de un presidente nacido para ser vicepresidente, y que pecó de mimar y consentir a unos futbolistas que hicieron del chantaje económico el pan nuestro de cada día. A Bartomeu le faltó mano dura, y la pandemia lo dejó a él y a todos sus futbolistas en paños menores, con un ignominioso final: los 8 goles que le endosó el Bayern de Múnich en las semifinales de la Champions celebrada en Lisboa.

Y no. Nunca voté a Josep Lluís Núñez por decencia. Los porciolistas lacrimógenos siempre me han producido alergia.

Prefiero a un arrauxat que a un malnacido

No soy un laportista incondicional, pero lo votaré en las próximas elecciones. Estoy harto de pusilánimes, y a estas alturas de mi vida me va más la rauxa que la sensatez, cabreado de que todas las instituciones que son el pilar fundamental del país vivan de utopías rentistas. Entre los que sueñan con la España federal, y los que sueñan con Ítaca, Catalunya se deprime incapaz de sobrevivir a los estertores que nos llegan de las Españas. Laporta es rauxa, y a veces sobreactuado, pero prefiero un presidente que hace un corte de mangas mientras canta “madridista quien no vote”, que un presidente que trata de intervenir en las elecciones de otros clubes mediante socios de 24 horas y que llama a los periódicos para pedir que echen a un periodista que lo ha criticado.  Prefiero a un arrauxat que a un malnacido.

No tengo nada contra Víctor Font, pero me recuerda demasiado a Bassat. Font parece un tipo honesto, pero su aspecto de cuñado o de yerno perfecto me desanima. Con el añadido de que lleva haciendo campaña electoral desde que Laporta ganó las elecciones del 7 de mayo de 2021, y ahora parece un candidato harto de él mismo y de su propio discurso. Si Víctor Font pierde las elecciones del domingo 15 de marzo, será un candidato del pasado, porque cuando uno coge un aura de perdedor, el futuro es como Ítaca: una quimera republicana. Y ante la desesperación, con propuestas añadidas a última hora que parecen ocurrencias extraídas de una chistera de un mago, Font no sabe cómo combatir el optimismo que desprende Laporta. Un optimismo, a menudo, que viaja entre la audacia y el populismo más flagrante. Y ante la previsible, aunque no definitiva, estrellada electoral, Font y Ciria podrían unirse o quizás no, como la Comunidad del Anillo para luchar contra el Mordor laportista. La diferencia es que Laporta es popular. Desunidamente unidos ¿pueden ganar? Lo dudo, porque no es una unidad natural, sino a la contra de, pero la decisión está en manos del socio.

Por suerte, formamos parte de una institución que todavía se rige por leyes democráticas y no por un sistema supuestamente democrático, como ocurre en la monarquía autocrática del Real Madrid. El Barça es una institución democrática hasta que la realidad y la deuda —un mal sistémico y no laportista— nos lleven, queramos o no, a ser un modelo híbrido como el Bayern de Múnich, ejemplo de matrimonio perfecto entre socios e inversores, para poder seguir compitiendo en la élite futbolística. Asegurar que el Barça es de los socios es puramente una cantinela nostálgica, porque nada es lo que parece.     

A pesar de mi decisión electoral, se debe reconocer que al mandato de Laporta le ha faltado claridad en cuantiosas decisiones. Muchas veces, las resoluciones tomadas han tenido el cariz de mercado negro, con proveedores, intermediarios y compradores más parecidos a traficantes, prestamistas y muleros. En caso de ganar, Laporta afrontará el último mandato y tiene la oportunidad de cerrar su carrera presidencial con honores y con luz y taquígrafo sobre las sombras que ha ido sembrando. Con el estadio terminado —este será su gran legado—, lo tendrá todo para no hacer cosas —digamos— dudosas.

Acabo de escuchar un extracto del discurso de campaña de Díaz Ayuso en las elecciones regionales de Castilla y León. Díaz Ayuso, una chulapona de manual, ha dicho: "O mafia, o democracia; o comunismo, o libertad. ¿Os gusta la fruta?¿Sí? Viva España". Con discursos tan mediocres que auguran un futuro con el tacto, el color y el gusto de la mierda, a los barcelonistas solo nos quedará el fútbol para aguantar toda esta retahíla de radicales trumpistas que creen que el Real Madrid es España y el resto, tierra a quemar. Recemos, pues, para que el Barça continúe estando bajo la batuta de Hansi Flick —apuesta de Joan Laporta—, y funcione como aquel ejército desarmado de Catalunya, frase popularizada por mi santo padre. Eran otros tiempos, pero todo vuelve, y en el fútbol, un negocio que obliga al adulto a infantilizarse, Laporta interpreta como nadie la figura del padre que protege a los hijos de los peligros externos. Un padre con cojones, excesivo, sí, pero, en unos tiempos en los que buscamos respuestas sin metáforas, el discurso laportista es el que más liga con los temores del socio barcelonista.

En seis años veré si me he vuelto a equivocar.