Leí con mucho interés el artículo que Salvador Sostres publicó este domingo en el ABC sobre el día de Sant Jordi y la Barcelona de Eduardo Mendoza. Me impactó que mi viejo amigo fuera tan generoso con la Barcelona que cocinó y alimentó los traumas de su familia y tan tacaño con la ciudad que lo hizo un hombre. No me invento nada, ni explico nada que él no haya escrito muchas veces. Se puede leer en Lucía, la novela que publicó antes de pasarse al catalán, y en los artículos del Avui. Basta con comparar los hechos, los adjetivos y, sobre todo, la luz de la prosa.

Siempre me impresiona que Sostres parezca tan desagradecido con la Barcelona que le ha permitido ser padre y dejar escritos algunos artículos memorables. Con la Barcelona que le dio una oportunidad para que pudiera arreglar su vida, y le ofreció a los pocos amores que lo han conocido de verdad. Ya sé que los genios tienen una relación especial con la verdad y que son genios justamente porque saben manejar el hilo diabólico de las paradojas. Por eso trato de estar atento a sus artículos, aunque no tengan la magia, la pulcritud ni el brillo solar de antaño. De hecho, a menudo me recuerdan aquellas salchichas envenenadas que los ladronzuelos de temporada tiran a los perros que vigilan las casas que quieren asaltar.

Dicho esto, leyendo esta última columna, me pasó una cosa que no me había pasado nunca. Me pareció que Sostres corría el peligro de caer aún más bajo que los políticos del procés. El artículo me hizo pensar en la presidencia de Quim Torra, en la demagogia de Gabriel Rufián, en los oportunismos semiinvoluntarios de Jordi Graupera —por no hablar de los sermones hipócritas de Salvador Illa. Me hizo dudar, tanto que habla él del don que tiene para la escritura, que sea consciente del peso que tiene la palabra escrita. Quizás él tampoco es consciente de la fuerza que toma la verdad una vez ha sido impresa.

La Catalunya oficial, que es la Catalunya que se está muriendo mientras mata poco a poco a la España castellana, todavía se cree que puede decir lo que le convenga en cada momento sin pagar ningún precio. Supongo que es hija del franquismo y no ha terminado de entender que ya no vive en un país de analfabetos. Tiene una tradición tan larga de jugar con las mentiras, a causa de la inquisición y las dictaduras, que se ha creído que la política es una gestión de las emociones y la cultura un simple entretenimiento. Por eso Rufián se postula para candidato a la Generalitat, y el president Illa dice que Catalunya es el mejor país del mundo para vivir, mientras las escuelas tienen que poner policía en las aulas para garantizar la seguridad.

La burguesía del siglo XIX se había equivocado pensando que podría restablecer la escritura en catalán y que no pasara nada

Franco, igual que Primo de Rivera, prohibió el catalán para que el catalanismo no pudiera desarrollar un pensamiento político. Cuando Ferran Valls i Taberner escribió La falsa ruta, quería decir exactamente esto: que la burguesía del siglo XIX se había equivocado pensando que podría restablecer la escritura en catalán —como en tiempos de la Cancillería— y que no pasara nada. La burguesía del siglo XIX solo quería modernizar España y pensó que, si daba un poco de cultura al pueblo, lo haría más industrioso. Y es verdad que la cultura vertebra el espíritu, pero, justamente porque lo hace a través del pensamiento y la memoria, también vuelve a las personas más difíciles de manipular y más dispuestas a combatir la injusticia.

A pesar de los libros de Prat de la Riba y Vicens Vives, a pesar de las 20.000 páginas de Josep Pla y el genio de Mercè Rodoreda, el catalanismo nunca pasó de ser un sistema de gestión de las emociones. Por eso el procés fracasó, por eso Jordi Pujol ha ido a Madrid, y por eso Abel Cutillas dice que todavía no tenemos política. De aquí también el estancamiento de las editoriales llamadas independientes: hace quince años, la novedad de escribir en catalán todavía era tan grande que a la mayoría de los escritores nacidos en democracia no se les ocurrió que también podían escribir la verdad. El propio Sostres siempre ha dicho que la verdad está sobrevalorada, pero ¿de dónde sale, si no, la mano invisible que lo está acorralando en el ABC detrás de aquel columnista joven de la caspa y el vinagre?

Desde el siglo XVI, Catalunya no había tenido nunca dos o tres generaciones seguidas capaces de escribir en catalán con naturalidad. Esta es la novedad que el mundo oficial no acaba de comprender. La lengua escrita no solo conserva la memoria: también acumula la experiencia, refina el pensamiento y refuerza el poder político. Lo que a mí me está dando cada vez más fuerza, contra todo pronóstico, son los veinticinco años que hace que escribo pasando por encima de las modas autonómicas. Primero se escribe la historia y después se gana, para decirlo con el estilo sobrado de Sostres y Cutillas. Cada frase bien escrita en catalán nos recuerda más que la Barcelona de Mendoza podía parecer inteligente y elegante porque el listón de la verdad estaba bajo y muchas familias del país habían quedado traumatizadas.

Los socialistas pueden intentar conservar el poder con los votos de los latinoamericanos o de los magrebíes, igual que antes intentaron conservarlo administrando la inmigración castellana y los traumas de la Guerra Civil. Pero los inmigrantes nuevos no vivirán siempre dentro de un relato postizo. El socialismo español no sobrevivirá eternamente camuflado de gestión multicultural: habrá partidos latinoamericanos, partidos magrebíes, formas nuevas de representación que harán aún más grotesca la pretensión de mantener los monopolios de la España castellana con parches demográficos y viejas glorias estropeadas que cada día dan más pena.

Viene una época difícil y los catalanes estamos a punto de descubrir por qué no perdimos nunca del todo nuestra fe en la lengua.