Una muestra clara de trato superficial con los referentes es la caricatura de estos mismos referentes. Con Antoni Gaudí ha ocurrido que la profundidad del personaje —que alimenta la profundidad de la obra— ha quedado relegada al estudio de académicos y eruditos, pero en la socialización del personaje se ha dado una simplificación y distorsión que, diría que durante décadas, ha mantenido la figura del de Reus (o Riudoms) lejos de sus compatriotas. Aquí, la admiración del mundo por el arquitecto de Dios no nos ha jugado a favor. Bueno, no es exactamente la admiración del mundo lo que no nos ha jugado a favor: es la manera como algunos han decidido monetizar esta admiración, favoreciendo la distorsión a la que me refería al inicio. Si siempre es un producto a la venta, nunca es nuestro del todo.
La comercialización y la turistificación de la capital se han cruzado con el lugar que damos a Gaudí en nuestro imaginario como catalanes. Y como cristianos catalanes. Llegándonos de él prácticamente lo mismo que llega al extranjero que lleva la cámara de fotos colgada al cuello, quizás sea el momento de admitir que no lo hemos exprimido lo suficiente como referente político, ni como referente espiritual, ni como referente estético. Con Antoni Gaudí no solo ha ocurrido esto, no solo hemos aceptado relacionarnos con él como un mero decorado para el disfrute ajeno, sino que también nos hemos resignado a cortar la proyección que tiene aquel que hace de referente: la de la referencia. La de la fertilidad para continuar siendo. Hemos dejado que se nos vaciara en las manos y esto lo ha vulgarizado, dejándolo indefenso contra los delirios de los españoles. Algunos de ellos, como Juan José Lahuerta, director de la Cátedra Gaudí, trabajan desde la academia para que tome la idea de que era el loco de la burguesía, el arma de la Iglesia contra las clases populares. Burguesía y catalanidad, ¿eh? El clímax de la originalidad.
Quizás sea el momento de admitir que no hemos exprimido lo suficiente a Gaudí como referente político, ni como referente espiritual, ni como referente estético
Cuando uno no sabe qué tiene entre manos, es más susceptible de dejar que los demás se lo manoseen. Con Gaudí, como con tantos acontecimientos históricos, como con tantas personalidades nuestras del mundo de la cultura, de la política, de la Iglesia, del arte, como con tantos mundos ideológicos que han hecho latir el país, la distancia que la condición de nación minorizada construye entre nosotros y nuestro pasado nos impide entender cuál es nuestro lugar como catalanes en el presente. Escrito así, parece un acontecimiento casual, pero es instigado y aprovechado por la nación que quiere asimilarnos. Y por una falta de autoestima que a menudo hurga la propia asimilación. Si tratamos a Antoni Gaudí como un huevo frito donde todo el mundo puede mojar pan, la yema se vuelve estéril.
La inauguración de la torre de Jesús, así como la visita papal que ha sido consecuencia, ha recordado a muchos catalanes que su catalanidad viene de un lugar lejano, que tiene unas raíces profundas, que su identidad es plena. Creyentes y no creyentes, en la obra de Gaudí que estos días ha estado en el centro de las conversaciones, de los programas de televisión y de las tertulias de radio, hemos podido reconocer de nuevo la profundidad y la complejidad que hacen al arquitecto, pero también la profundidad de todo aquello que hace que hoy podamos llamarnos catalanes. Y todo esto sin ahorrarnos la polémica de los cantantes, claro: no hay forma de ahogar el conflicto, siempre se acaba manifestando. Devolver a Gaudí a la referencia y a la centralidad es, en realidad, regresar al núcleo de lo que somos y reconocernos una forma propia de mirar el mundo y la vida misma.