El jueves pasado, mientras, obediente a las consignas del Ventcat, teletrabajaba —entre escéptico y resignado—, no podía evitar hacerme mentalmente algunas reflexiones. Está claro que vivir es un riesgo que debemos asumir, me decía a mí mismo. Pero hay cosas que no acabo de comprender. Especialmente, los atentados al sentido común, y las normas o la falta de normas en determinados ámbitos. No entiendo cómo los motoristas deben llevar un casco reglamentario y los ciclistas no. Ambos vehículos circulan por la vía pública y están expuestos a riesgos muy parecidos. No entiendo que las sillitas de niños en los coches estén dotadas de normativas exhaustivas y parezcan auténticos asientos de pilotos de reactores y, en cambio, los padres y las madres de la Bonanova circulen con bicicletas y asientos dobles o triples para llevar niños detrás con protecciones más estéticas que funcionales. No lo entiendo.
Lo cierto es que un riesgo es una contingencia, un daño potencial totalmente interpretable. Y, muy a menudo, aunque nos cueste aceptarlo, bastante irracional. Hay quien tiene aversión al riesgo y hay quien no lo sabe o no lo quiere ver. Porque en la gestión del riesgo, el problema de la falta de sentido común empieza a resultar evidente cuando intentamos racionalizarlo en exceso. Podemos evaluar una situación de riesgo y tomar una decisión más o menos objetiva. Pero nunca podremos tener una certeza absoluta de riesgo cero ante casi nada de lo que hacemos. Si cruzamos la calle con los ojos cerrados, tomamos mucho riesgo. Si lo hacemos deteniéndonos en la acera y mirando a derecha e izquierda antes de cruzar, lo minimizamos bastante. La gestión del riesgo en la vida es todo un aprendizaje, a menudo condicionado por la experiencia. Lo dejo aquí. Porque creo que estoy tomando el riesgo de que os aburráis y dejéis de leer, si es que no lo habéis hecho ya hace un rato. Y no pienso criticar el aviso del Ventcat, aunque sus recomendaciones hayan servido para que mucha gente convirtiera alegremente el jueves en sábado, y pagando la empresa.
Necesitamos dosis y dosis de esperanza para hacer frente a una nueva realidad, en la que el riesgo sea evaluado con prudencia y la incertidumbre, acogida con naturalidad
Pero necesitaba hablar un poco a fondo del riesgo para poder compararlo con la incertidumbre. Me interesa mucho que lo meditemos, ya que, como idea fuerza, la incertidumbre se está instalando en nuestro imaginario sin que nos demos mucha cuenta. Defiendo que estamos en un nuevo orden mental, en el que la incertidumbre es una realidad permanente. La Covid, las guerras de Ucrania y de Gaza y, sobre todo, la llegada de un nuevo Trump desinhibido al poder de la superpotencia americana nos han descolocado. Y, seguramente, habrá que admitir sin ambages que la incertidumbre se ha instalado definitivamente en nuestra vida. Estamos en un punto cambiante de la historia en el que todo se está volviendo muy incierto. La geopolítica dibuja no solo escenarios cambiantes, sino totalmente imprevisibles. Viejas alianzas, como la de EE.UU. y Europa, saltan por los aires. La extrema derecha deja de ser un recuerdo de antes de la guerra y alcanza el poder en muchos Estados, mientras se prepara para hacerlo en muchos otros. Vemos cómo el fenómeno de la globalización se extiende más allá de los mercados y se convierte en una realidad palpable en muchos más ámbitos. Nuestras ciudades y pueblos acumulan cada vez más recién llegados de todas las clases, razas y condiciones, completamente necesarios, pero que modifican nuestras vidas y nuestro día a día.
Y todo ello se manifiesta de manera tangible en forma de miedo. El miedo nos sacude. Admitámoslo. Tenemos miedo al viento, a la lluvia, al fuego, a las piedras, a los accidentes de tren, a los migrantes, a los americanos, a los rusos, a los españoles, a los okupas, a los chinos. Tenemos miedo como individuos y como comunidad. Y, con el miedo atenazándonos, dejamos de vivir con plenitud y pasamos a alargar la vida. Tendremos que hacérnoslo mirar. Porque el miedo no deja espacio para vivir. Habrá que empezar a pensar en la esperanza como antídoto al miedo. Una esperanza que podremos formular cada uno a nuestra manera. Habrá que descubrir tozudamente que podemos mirar el futuro con optimismo y confianza, aunque no nos lo parezca. Dejemos de mirar de reojo a la esperanza de vida y miremos de cara a la vida con esperanza. Necesitamos dosis y dosis de esperanza para hacer frente a una nueva realidad, en la que el riesgo sea evaluado con prudencia y la incertidumbre, acogida con naturalidad. Y construyamos de nuevo todo lo que han hecho caer las tormentas de viento, de agua o de fuego. Que siempre han existido y de las que siempre nos hemos sobrepuesto. Y de las que siempre nos sobrepondremos.
