"La gran culpa de muchos intelectuales españoles, que comiendo todos los días, bien del pesebre o bien de su trabajo, no han sido capaces de decir basta a esta situación de degradación.”
Julio Anguita

Se preguntaba el otro día un catedrático de Filosofía del Derecho en redes qué les habremos hecho a los que parecen no darse cuenta del nivel de degradación al que ha llegado no solo la democracia, sino también el Estado y su capacidad de prestar los servicios propios del Estado del bienestar a los ciudadanos. Qué les habremos hecho para que erre que erre quieran persistir en esta deriva de consecuencias ciertas, tan ciertas como la muerte. A la par, veo que al ineficaz y engañoso Sánchez solo le dan las encuestas realizadas tras el accidente de Urda tres provincias en las que podría ser primera fuerza, las tres catalanas: Barcelona, Tarragona y tal vez Girona. ¿Qué ven los votantes de esas circunscripciones que la mayoría no sea capaz de ver? ¿Es que ellos nunca viajan en AVE o en Rodalies, no alquilan casas, no se percatan de las promesas absurdas y las mentiras?

Seguro que ustedes tienen más datos sobre el terreno que yo, aunque no por eso voy a dejar de pasmarme. Casi tengo la boca desencajada, a falta de unos pocos más que se crean que Óscar Puente es la persona adecuada para proponer un plan de saneamiento del ferrocarril y que su dimisión no tiene sentido precisamente ahora que tiene que dar la cara. La cara de cemento, diría yo. Cuando lees que el 66% de la población considera que debe dimitir y asumir la responsabilidad política no de uno sino de dos accidentes que nos han elevado al puesto de salida en el ranking de mortalidad de la alta velocidad, la verdadera pregunta es en qué está pensando el 34% restante.

Hay sospechas. Esa gente que afirma votar contra sus intereses, con un afán samaritano de pensar en el otro y no en uno mismo. Lo cierto es que no me lo creo, pero, de tomarlos en serio, son muy poco kantianos y no sé si terminan de comprender el mecanismo democrático. Si todo el mundo utilizara su medida, en un sistema de mayorías, la resultante sería la contraria al sentir mayoritario. En democracia, se trata, precisamente, de que cada ciudadano vote según sus intereses y contra lo que le perjudica, de modo que de la suma salga lo que beneficia y es acorde con más gente. O también puede tratarse de otro efecto realmente perturbador que nos descubría el otro día la histórica dirigente socialista Amparo Rubiales, que tuvo tiempos mejores y que nos dejó esta perla: "Si yo soy patriota de algo, soy patriota de partido, porque yo elegí libremente militar en el PSOE. Mi patria es el PSOE porque es mi elección personal". Dejando aparte la boutade, máxime dicha por una persona que fue profesora de Derecho, no me cabe duda de que existe una pléyade de fanáticos de este tipo que, paradójicamente, con su actitud se van a cargar lo que tanto dicen amar. También tendríamos a los defensores de la nómina o la ayuda, que no son pocos ni baladíes. ¿Pero en qué toca con tanta fuerza a las tres provincias catalanas ninguna de estas opciones? Ya me explicarán.

Los maquinistas jugaban, antes de partir, a un juego que consistía en una ruleta con las incidencias que tendrían ese día: "Fallo sistema LZB", "Iryo averiado", "CRC inútil", "Descarrilamiento" y así hasta veinte opciones

Validar la degradación te ata a ella. A todos se nos fue la energía eléctrica a cero sin que aún sepamos qué pasó, y mientras, seguimos in albis respecto de los apagones a los que se obliga a la industria cuando no se da abasto y de los problemas que construir viviendas acarrea en relación con las posibilidades de suministros. La mayoría nos subimos en esos trenes de alta velocidad en los que, según se ha conocido hoy, los maquinistas jugaban, antes de partir, a un juego que consistía en una ruleta con las incidencias que tendrían ese día: "Fallo sistema LZB", "Iryo averiado", "CRC inútil", "Descarrilamiento" y así hasta veinte opciones. Y es que el humor negro ha sido la única protección ante el miedo de estos profesionales. Humor negro que alcanzó cotas estratosféricas cuando Óscar Puente hizo una presentación de su intención de subir la velocidad de la línea Barcelona-Madrid a 350 km por hora, la misma línea que el otro día amenazó por cerrar completamente durante dos años para sanearla. ¿En qué están pensando los que no ven la ineficacia, la palabrería, la inutilidad, el peligro de estos gobernantes?

Validar la degradación de la política, de la democracia, de las instituciones y de las infraestructuras y servicios es amarrarse a su culpa. Creer que quien nos trajo hasta aquí con mera palabrería y promesas vacías que no pensaba cumplir puede tener en sus manos la solución ya no es de estultos, sino de alienados. Tan alienados como esa desesperada izquierda a la que, ante el horror de lo acaecido, solo se le ocurre prometernos nacionalizar ¡lo que ya es íntegramente público!

Corrupción, contratas bajo sospecha, fondos europeos no ejecutados o desviados, nepotismo, sustitución en los cargos de la excelencia técnica por la fidelidad partidista, instrucciones políticas sobre la seguridad, ministros puteros o tuiteros, falta de personal, guerras personales, falta de inversión y, finalmente, muerte. Validar la degradación es impedir que podamos soñar con servicios que vuelvan a funcionar y gestores que lleguen para servir y no para servirse.

Allá cada cual, pero lo de Barcelona, Tarragona y Girona me lo tienen que explicar.