Este año la Diada, en cuanto a intensidad en la calle, será diferente, con menor presencia y extensión que antes del inicio de la pandemia. Los propios un poco cabizbajos intentan disimular para al final hablar de un gran éxito teniendo en cuenta las circunstancias. Los extraños se frotarán las manos: por fin el suflé ha bajado, gracias, claro está, a la represión, o al hecho de que las mal llamadas medidas de gracia ya han puesto punto y final al tema. Ahora un poco de paripé con la mesa de diálogo y causa finita.
Pueden ser interpretaciones y reacciones legítimas, incluso, a pesar de las apariencias contradictorias, complementarias. Sin embargo, en mi opinión, ni unos ni otros tienen razón. La desunión del mundo indepe, a las puertas de la mesa de negociación, es ciertamente la mala noticia. No se puede pasar por alto una afluencia de ciudadanos en los varios actos organizados y, al mismo tiempo, tildar de traidores o bobos a los que piensan que la mesa, por muy escéptico que se sea, es un paso obligatorio en el camino para la independencia. Es un camino largo, empinado y a hacer descalzo, pero hay que hacerlo. Si la mesa fracasa, que no sea debido a la parte catalana.
Digo eso porque más allá de la pandemia -de innegable influjo sobre las manifestaciones en la calle- hay dos variantes que hacen que la Diada, como fiesta reivindicativa, haya cambiado de paradigma.
Por una parte, por primera vez en la historia hay tanto una mayoría electoral como una mayoría independentista en el Parlamento. Este doble hito, conjuntamente, que nunca se había alcanzado, hace falta afianzarlo en cada contienda electoral y extender la peculiar hegemonía independentista a nivel municipal. No quiero decir, por lo tanto, que con la mayoría electoral y parlamentaria se haya obtenido un hito determinante del independentismo, pero sí sólidas bases para seguir progresando. No progresar será un error no forzado de los independentistas.
Obtenidos estos hitos parciales, quizás la presión en la calle no volverá en buen tiempo. Por una parte, se trasladará a las instituciones y, por otra, no todos los años se puede ganar el sexteto. Los culés lo sabemos bien. Hace falta reponer, recuperar, recalcular y fijar nuevas metas parciales. El priapismo político no existe.
La segunda cuestión que puede hacer traquetear más muestras de músculo en la calle es la innegable y deplorable falta de unidad. A pesar del acuerdo de gobierno, que incluía la mesa de negociación, en Junts, con el potentísimo altavoz de la presidencia del Parlamento, parece que dan el pacto por roto y pasan a ejercer de oposición. Extraña oposición, todo sea dicho, con medio gobierno en sus manos.
Con la pandemia todavía con fuerza, la celebración de este año tendría que ser la de celebrar las victorias electorales y remar todos tras los objetivos programáticos: amnistía y autodeterminación
Se diría que Junts entró de mala gana en el gobierno -fuera hace mucho, muchísimo, frío y son muchas las bocas a alimentar-, seguramente, en parte, para no ser la primera fuerza independentista -es lo que tienen las elecciones, que se pierden o ganan. Eso se traduce en una evidente falta de unidad -no quiero pensar en intenciones de sabotear el programa de gobierno firmado.
Esta falta de unidad de acción y en los mensajes, especialmente en los mensajes, es bien patente. Esta triste realidad hace perder fuelle a la parte catalana en la mesa de negociación; de tan notoria que es, desacredita a quien no practica la unidad o solo la quiere si él la capitanea.
La ciudadanía asiste perpleja a esta confusión. Delante tenemos -ahora, por fin, ya se empieza a tomar las medidas a la realidad- un formidable transatlántico. Nosotros somos una pequeña canoa de hombres y mujeres decididos. Sin embargo, no nos podemos pasar el tiempo vaciando el agua que entra por los agujeros de la embarcación. Agujeros que no se deben todos a las cañerías represivas de un transatlántico armado hasta el palo mayor.
Una consecuencia más que evidente podría ser que la ciudadanía, harta del espectáculo de las disputas sin sentido a las cuales asiste atónita, opte, en un futuro no muy lejano, a distanciarse de sus representantes, yendo a la abstención, y/o celebrar la Diada como jornada de protesta y de reivindicación de una gobernanza seria, donde las curvas de la retórica de grueso calibre fueran desterradas para siempre. La ciudadanía es el bien más preciado en una democracia y con esta no se juega.
Con la pandemia todavía con fuerza, la celebración de este año tendría que ser la de celebrar las victorias electorales y remar todos tras los objetivos programáticos: amnistía y autodeterminación. Superar el sarampión del maximalismo desbordado nos llevará a una unidad política, que no quiere decir ni uniformidad ni asimilación, que es el vehículo esencial a nuestro alcance para hacer realidad nuestros anhelos mayoritarios.
En fin, que un más que justificado escepticismo no nos haga perder dinero en cada empresa.