Es muy difícil gobernar con un presupuesto prorrogado. Quien afirme lo contrario, o es que no ha gobernado nunca o bien miente descaradamente. Es evidente que los nuevos presupuestos permitían poner en manos de la sociedad muchos más recursos, incluyendo una oferta, por reducida que fuese, de puestos de trabajo públicos. El Parlament lo ha desestimado. Bueno, no ha sido exactamente así, el grupo que lo ha impedido es la CUP. Ha habido una mayoría parlamentaria, desde el PP hasta CSQP, y desde C's hasta la CUP pasando por el PSC, que ha impedido que se aprobaran unos presupuestos que eran expansivos por primera vez en muchos años. Como reconoce el vicepresident económico del Govern, la diferencia entre tener un presupuesto expansivo o continuar la prórroga de un presupuesto anterior, que era mucho más restrictivo, tiene consecuencias terribles para la gente. Muchas más de las que el común de los mortales puede imaginar.

El elector independentista debería hilar más fino de lo que lo ha hecho hasta ahora. La alegría con la que se votó el 27-S –e incluso el 20-D– está debilitando al primer Govern independentista de la historia contemporánea catalana. Sólo los extremistas pueden dudar de que JxSí es un grupo parlamentario independentista y de que Carles Puigdemont no sea el presidente de una coalición comprometida con la independencia. De hecho, como se pudo comprobar la semana pasada, ni siquiera toda la extrema izquierda integrada en la CUP está de acuerdo con la práctica parlamentaria de su grupo, que ya tumbó a un candidato independentista, Artur Mas, y ahora se ha sumado a los unionistas para apretar las tuercas a JxSí. Debilitar al Govern independentista es, sencillamente, y ya me perdonarán el trazo grueso de la afirmación, una traición a los ideales de liberación nacional que dicen compartir los de la CUP. Para suerte de todos, es un sector de la misma CUP el que va descubriendo a los impostores que tienen en su seno.

Debilitar al Govern independentista es, sencillamente, una traición a los ideales de liberación nacional que dicen compartir los de la CUP

La estrategia, travestida de táctica, de intentar destruir al Govern tiene un trasfondo muy explícito: liquidar lo que representa CDC y convertir así en imposible la independencia. Por el mismo precio que se dice querer la independencia, se pretende aniquilar a los partidarios de un sistema liberal de mercado que sea socialmente justo porque, según parece, la Catalunya independiente sólo puede ser anticapitalista. Se pretende liquidar a la izquierda liberal, que es lo que predomina en CDC una vez liberada del sector negocios y de UDC. Esa obsesión “liquidacionista” no sólo afecta a Ana Gabriel y a sus acólitos. A esa estrategia se ha sumado más gente. No digo que no sea legítimo querer ganar cuando siempre se ha perdido, pero ustedes estarán conmigo en que, en la actual coyuntura, enfocar la acción política de este modo rezuma un partidismo feroz. ¿Quién debe salir ganando? ¿Catalunya o este o aquel grupo? La formación de JxSí fue un intento de evitar las luchas fratricidas entre soberanistas. Lo consiguió una sola vez, pero sin la fuerza suficiente para evitar que resurgiera la tentación de matarse por el trozo de muslo autonomista de toda la vida.

A estas alturas no hay más tela que cortar. ERC y CDC compiten en estas elecciones para ver quién queda primero y convertirse en la segunda fuerza catalana en el Congreso, porque todas las encuestas sitúan en primer lugar a En Comú Podem. Y ya que eso es así, los independentistas deberán elegir entre CDC y ERC. Y deberán elegir si dan su apoyo al partido del president o al del vicepresident pensando en el día después del 26-J, porque si la CUP ha empujado hacia el abismo al Govern de coalición, ¿qué no hará el unionismo federalista cuando se sienta avalado por las urnas? Si antes incluso de llegar al Gobierno de España, En Comú Podem ya se desdice de la línea roja por cuya culpa estamos votando otra vez, el referéndum catalán de autodeterminación, no me quiero ni pensar lo que olvidarán cuando gobiernen, si es que gobiernan, que lo dudo. Cada día que pasa, los de Podemos y su filial catalana se parecen más al PSOE de 1986, cuando defendieron la permanencia de España en la OTAN rectificando su “De entrada, no” de mayo de 1982, pocos meses antes de ganar las elecciones.

Si antes incluso de llegar al Gobierno de España, En Comú Podem ya se desdice de la línea roja por cuya culpa estamos votando otra vez, no me quiero ni pensar lo que olvidarán cuando gobiernen, si es que gobiernan

El resultado de las elecciones del 26-J puede provocar que Catalunya retroceda varias pantallas, para decirlo con la jerga de ahora, y se retome la lógica autonomista. Los partidarios del RUI, que es una propuesta extravagante, que no es ni real ni posible, deberían meditar su voto. Podría ser que con tanta sobreexcitación mental olvidaran la realidad. El autoengaño es muy malo. Es tan doloroso y patológico como el autoodio de muchos unionistas. Cuando votamos, no estamos solos y lo que les pase a los partidos independentistas determinará nuestra vida y la vida del Govern Puigdemont, que en septiembre tendrá que afrontar una cuestión de confianza que puede ser la sentencia de muerte del proceso soberanista y de los independentistas. Más vale pensar en ello antes de ponernos estupendos y que nos pase como a los disidentes de la CUP, que se sublevan cuando ya no tiene remedio el desaguisado que ha montado su grupo.

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