La desclasificación de los papeles del golpe de estado del 23F ha tenido tres efectos inesperados y paradójicos. El primero y más importante, la activación de la operación retorno de Juan Carlos I una vez exculpado documentalmente de toda sombra de participación en la asonada; el segundo, y a pesar del presuntamente audaz ejercicio de transparencia del gobierno Sánchez, la sospecha de que los documentos verdaderamente relevantes o continúan escondidos o han sido destruidos; y, el tercero, y no menos significativo, la sensación de que todo aquello no pasó de película de Esteso y Pajares, es decir, que no fue más que una farsa torpemente preparada y peor ejecutada. Una apoteosis de las españoladas que en aquellos tiempos llenaban la cartelera de los cines de barrio y que Santiago Segura reviviría décadas después con el ya inmortal Torrente, el poli facha por excelencia. La banalización del fascismo empieza por ahí: por la chanza, por la chirigota. Torrente es la caricatura amable de la caspa ultra española, tan esperpéntica como violenta y machista, que, precisamente porque hace reír —“¿Nos hacemos unas pajillas?”— se lo hace perdonar todo. Primero perdonamos a todos los Torrentes, después pusimos a Abascal a las puertas de la Moncloa, y, ahora, daremos por redimido al gran Borbón antes de que se imponga el hecho biológico.

Pero la Transición fue algo más que el ridículo sainete del tricornio y la pistola de Tejero, fallecido  precisamente el día que se desclasificaron los papeles del golpe. La Transición fue “un proceso marcado por la violencia sorda, amenazadora, servil, que podía estallar en cualquier momento por cualquier chispa”. Esta es la definición que hacen Damià del Clot y Albert Calls, autores de Dos morts i mig. Un crim ultra al Maresme (Pòrtic). Escritores y del Maresme, intentan arrojar luz en la oscuridad del asesinato de Juana Caso y José Muñoz, el Esquinao, dos marginales de los bajos fondos del Mataró de 1980. Ambos cayeron a tiros a manos del ultra Salvador Durán, miembro del partido de extrema derecha franquista Fuerza Nueva, y su cómplice, Cristóbal García, afiliado a las juventudes, Fuerza Joven, mientras un tercer joven del lumpen del extrarradio, Antonio Camacho, el Quin, fue tiroteado pero sobrevivió. Es el medio muerto, cuyo testimonio llevaría a Salvador Durán a prisión pero no como autor de un crimen político.

Caso y Muñoz, junto con Juan Peñalver (asesinado en 1977 en el atentado ulta con bomba en la sede de la revista satírica El Papus), son los tres cadáveres que la extrema derecha dejó en Cataunya durante los años de plomo de la Transición, explican Del Clot i Calls. Pero a diferencia de Peñalver, Caso y Muñoz nunca fueron reconocidos como víctimas de la violencia de ultraderecha. Son muertos olvidados, “doblemente muertos”, “muertos silenciados”. Entre 1975 y 1982, la violencia política de la extrema derecha produjo decenas de víctimas, aunque no hay consenso sobre el número exacto. Los marginales, pobres y drogadictos, que eran objectivo de los escuadrones ultras por "vagos y malentes", a veces sus confidentes o camellos, no cuentan.

'Dos morts i mig', de Damià del Clot y Albert Calls, exhuma un crimen ultra en el Maresme nunca reconocido

Caso y Muñoz, tiroteados en un bosque de Cabrera de Mar entre la noche del 19 de noviembre de 1980 y la madrugada del 20 de noviembre, quinto aniversario de la muerte del dictador Francisco Franco, no aparecen en los papeles del 23-F. Ni en la mayoría de estudios y libros publicados sobre la ultraderecha. Sí que se hace referencia en uno de los documentos desclasificados ahora, hay que decirlo, a la colaboración de estructuras locales de la Guardia Civil con las tramas golpistas: “Se estima que los expontáneos [uno de los grupos de golpistas] contarían con colaboración rápida de militantes de FN [Fuerza Nueva], así como con numerosos núcleos a escala local de la estructura orgánica de la GUARDIA CIVIL”. Después de asesinar a Caso y Muñoz, Durán se refugió en el cuartel de la Guardia Civil de Argentona. Años después, su confesión, ya en prisión, llevó a la detención de dos guardias civiles que le habrían facilitado armas e impunidad después del doble crimen. La investigación permitió encontrar dos grandes zulos de armas ilegales en Mataró y Argentona y se habló de “la trama ultra del Maresme”. Juan García Carrés, el único civil condenado del 23-F era de Mataró. Y Jaime Milans del Bosch y Ussía, el teniente general que sacó los tanques a la calle en Valencia, tenía su casa solariega en Sant Vicenç de Montalt.

Ya casi en los años, la víspera del 20 de noviembre todavía era posible asistir a la misa de la ultraderecha en memoria de Franco y José Antonio en la capilla de Cristo Rey en el coll o collada de Parpers, en la vieja carretera que unía Mataró y Granollers. La noche del 20-N de 1980, Durán, el criminal de la crónica de Del Clot y Calls, iba a ir allí. Es un lugar con un historial más que oscuro y sangriento. Durante la guerra civil, en aquella colina boscosa, húmeda y siniestra, pistoleros de la FAI llevaban en el “Coche Negro” a las víctimas de sus operaciones de “limpieza de fascistas”. Los franquistas erigieron allí después la capilla en memoria de aquellos fusilados por los extremistas de izquierda. Servidor, que también soy del Maresme, y otros compañeros del diario mataronés donde trabajábamos, fuimos una vez a cubrir el aquelarre ultra de Parpers en un 20-N. El oficio-míting, en plena noche, corría a cargo de un sacerdote que alababa a Franco e Isabel la Católica y azotaba a los “jodíos”, o sea, los judíos, a los cuales culpaba de todos los males de España junto con el comunismo, los masones y los separatistas. Algunos de los presentes iban armados. Damos fe de ello. A uno, se le cayó la pistola al suelo, con estrépito, mientras pedía algo en la barra del bar del restaurante contiguo a la capilla, El Jabalí de Oro, hoy en ruinas, junto a una gasolinera ahora también abandonada, donde fueron los participantes después de la misa. La crónica negra de la olvidada trama ultra del Maresme ilumina una memoria oculta, la de la violencia a pie de calle, fuera de los despachos de cuarteles y capitanías, que mantenía un estado de excepción no declarado en el que todo podía pasar. La Transición no desclasificada helaba la sangre.