No tengo ningún tipo de interés en la visita de León XIV y su corte de obispos asexuados a Barcelona, porque mi espíritu vive alegre y fascinado entre objetos, personas e ideas (los dioses no me apasionan mucho, pues siempre acaban exaltando el antropomorfismo de las cualidades excelentes; yo siento más afición por las carencias y los defectos) y, a su vez, considero la Sagrada Família uno de los objetos más horriblemente chabacanos y espantosos de la arquitectura occidental. Lo único que me provoca la llegada de Su Santidad, como así con la mayoría de los turistas que ensucian Barcelona y sobre todo aquellos que me maltratan los tímpanos con española gritería, es un deseo ardiente de verlos largarse. Pero, visto que el pontífice dormirá a pocos metros de casa, turbando la paz de mi paseo matinal al Ateneu o a can Brunells, entenderá que le dedique un breve sermón.

Si hoy no discutimos la catalanidad de Gaudí es porque hay gente que se ha esforzado, estudiando la filosofía y las raíces culturales de nuestro gran creador

Antes que nada, aviso al lector que este no será un artículo para presionar a nuestra curia ni a la clase política para que ejerzan de lobby hacia los asesores del Papa a fin de que, junto con el enésimo acto performático de movilización en las calles, el sotanero blanco acabe cediendo a la voluntad del pueblo y entone una serenata en la torre de Jesús en la lengua que instauró nostro Ramon Llull. A mí, oso insistir, esta mandanga del summus pontífex me la trae sin cuidado y lo único que quiero es poder volver a caminar por la calle sin hacer un eslalon entre monjas. Me complacería más bien fijarme en la rapidez y fuerza de esta reacción cultural-política, la cual, hace pocos años, no se habría producido o, simplemente, habría sido vociferada por cuatro curas de edad casi románica. Si hoy no discutimos la catalanidad de Gaudí es porque hay gente que se ha esforzado, estudiando la filosofía y las raíces culturales de nuestro gran creador.

Hace cosa de cuatro años, recuerdo que el querido colega Jordi Graupera viajó a la templada villa de Stanford —en calidad de Josep Pla Visiting Associate Professor in Catalan Studies— para impartir un curso titulado "Philosophies Behind Architecture: The Work of Antoni Gaudí as a Response to Modernity". En aquel tiempo, con Jordi nos habíamos videollamado a menudo (quizás nuestra propia broma es cierta, buddy, y solo nos podemos tolerar cuando vivimos en ciudades diferentes) para charlar sobre el libro que Francesc Pujols había dedicado a Gaudí. Yo no aportaba gran cosa, porque siempre he preferido el racionalismo medievalista de mi adorado Domènech i Montaner que la floritura tan hortera de Antoni. Pero todavía tengo en la cabeza cómo Graupera situaba al arquitecto en el punto de mira como uno de los ejemplos de aquellos catalanísimos padres de la patria que los españoles tenían gran interés en robarnos.

Unos años antes de todo esto, por aquella vida compartida que experimentamos algunos cerebros de la tribu, Enric Vila había empezado a intuir que los templos de Gaudí podrían ser el centro de futuras batallas culturales y lingüísticas (lean, en este mismo espacio digital, el artículo "Gaudí con Vichy"). Poco después del 1-O, con Enric también habíamos charlado justo al inicio de su viaje a Casablanca, de la fascinación gaudiniana y la colisión amistosa con Puig i Cadafalch, pero yo también me había sacudido el problema con esta indiferencia mía hacia la cosa demasiado endulzada del señor de Reus, o de donde pollas sea. Tiempo después, alrededor de 2025, Enric volvería con una serie de artículos titulada El país secret d’Antoni Gaudí, el embrión de un libro que quizás se publicará cuando pase el ruido del centenario. Curiosidades de la vida, Jordi quizás también acaba el viaje gaudiniano pariendo un texto.

Repasando la serie de artículos de Vila encuentro fragmentos como estos: "Gaudí no quiere amansar a los catalanes, como la iglesia o la burguesía; quiere elevarlos, conectarlos con la historia, apartarlos de la sensibilidad francesa y castellana. Piensa que los catalanes solo se salvarán si el país es capaz de desarrollar una idea propia de modernidad. El arte es la última oportunidad de redención de los pueblos derrotados, y Gaudí se aboca en él con más furia a medida que las opciones políticas del país se hacen pequeñas o se agotan". Y todavía, sobre el edificio que nos ocupa a raíz de la visita papal del próximo fin de semana: "Una cosa que se ve enseguida cuando te adentras en el mundo de la Sagrada Família es que es un templo hecho por catalanes, para catalanes, aunque lo vengan a ver masas de extranjeros. En un país que hace tantos siglos que parece a punto de perderse en el olvido, la conexión del templo con la tradición es inherente a su magia".

El lector puede no haber tenido contacto con ninguno de los textos ni de las referencias que cito, pero a menudo aquello que parecen respuestas espontáneas del pueblo se edifican en la intuición previa de algunas plumas. Así hemos funcionado muy a menudo en este país, donde los filósofos y los escritores hacen de liebre... y después la gente recoge el mensajito que se escondía dentro de la botella. Hay una continuidad entre el trabajo intelectual de ayer y el hecho de que muchos catalanes hayan osado decir al Santo Padre que dirigirse en español en la torre de Jesús es una auténtica puñalada al creador. Esto no surge, vuelvo a ello, de la ufanía o del amor por la barretina, sino de las certezas que provienen de estudiar las raíces culturales que explican el presente. No sé si Jordi y Enric estarán contentos de que los cite en el mismo artículo (intuyo que no), pero a mí —que soy poco católico pero eternamente sentimental— me ha hecho gracia poder hacer renacer este ensayo de conversación.

En cuanto al tema del pontífice, terminémoslo rápido y a la barcelonesa. Your Holiness, believe me. New Yorker to Chicagoan. Speak Catalan to this goddamned Jeez Tower… or get the fuck outta here. Safe trip.