Volver a ver un concilio de convergentes presidido por Jordi Pujol, para alguien como servidor (nacido a finales de los setenta del siglo pasado), tiene la gracia de poder revivir alguna de las llamadas del grandísimo Josep Maria Bachs, perpetradas con un teléfono estrafalario en forma de espantamoscas o de zanahoria —"¡y dos números más!"—, o todavía otros hitos culturales más subidos de tono como aquella escena lírico-incestuosa en la que Mateu Montsolís y su hermana Eulàlia se inmolaban medio abrazados en una barca. La mayoría de los retoños de la actual Joventut Nacionalista de Catalunya (JNC), autores de un homenaje al president 126 el pasado sábado en Planoles, no deben saber de qué demonios hablo; ni puñetera falta que hace, porque sus padres ya les deben haber cantado las glorias del pujolismo, un tiempo donde todos vivíamos alegres en la próspera Catalunya de los seis millones, con el Molt Honorable inaugurando algo cada día y, sobre todo, acumulando mayorías absolutas.
Hacía gracia, en efecto, ver a toda esta chiquillería encantada de poderse retratar con el abuelo del invento, salpimentada con las imágenes de Oriol abrazándose con Quim y Jordi, reviviendo aquellos tiempos en los que iban de malotes por la vida, colándose en los fastos olímpicos con banderas de Freedom for Catalonia. Pero todavía hacía más gracia comprobar cómo todo el mundo se acercaba al líder supremo para pedirle un besamanos, después de haberse pasado los últimos diez años tratándolo como un auténtico apestado y dejándolo sin ni una triste oficina donde poder guardar tanta papelería acumulada. Mientras leía toneladas de elogios ditirámbicos en X y veía tantísima gente preconizando el regreso de una nueva Convergència, pensaba en aquello que dijo Enric Juliana, caracterizando la etapa posterior a la aprobación de la amnistía como un regreso al juego político de la autonomía ("todos dentro") y vaticinando esta pax hispánica como el cultivo óptimo para una nueva entente entre el viejo catalanismo y el PP.
Después del indulto general, parecería que la sociovergencia volvería a hacer temblar a las élites del país
De momento, la persona más interesada en este nuevo estado de cosas es Salvador Illa, quien hace pocos días bendecía con su presencia la donación del fondo documental (también de banderolas y carteles) de Convergència Democràtica al Archivo Nacional, recordando la función de este partido como "garante de la convivencia". Parecería pues que la tesis julianista es cierta: después del indulto general, parecería que la sociovergencia volvería a hacer temblar a las élites del país. Pero como ocurre siempre con las frases hechas, habría que ver qué quiere decir exactamente el sujeto todos y este circunstancial dentro. Porque hay que rascar muy poco el presente político catalán para notar cómo estos todos son las momias del régimen del 78 —tan cuestionado por gente como Juliana cuando lo enmendaba el marqués de Galapagar— y también cómo este dentro representa el marco de un sistema muerto: el autonomismo. Si nos lo miramos así, pues, la inclusión de unos pocos, por suntuosa que sea, parece más un ocaso que un retorno.
Tiene cierta guasa que, en el homenaje que antes citaba, los responsables del invento casi obligaran al president Pujol a repetir un discurso muy de los años 90, basado en la integración de los recién llegados en el proyecto de una Catalunya diversa. Digo que este revival hace cierta gracia, sobre todo porque, si existe un político que pueda asumir las tesis más radicales del pujolismo incipiente (quien veía en la inmigración castellana un peligro de desnaturalización de la tribu), diría que lo tenemos que buscar más bien en Ripoll que en Planoles. De hecho, el proyecto de asimilación cultural pujolista fue posible en un entorno anterior a la globalización, con un autogobierno mucho menos machacado por Madrid que ahora y, faltaría más, con unos niveles de recién llegados mucho menores y un poder económico mucho mayor para catalanizarlos. Todas estas diferencias, faltaría más, el president 126 las conoce de sobra, pero resulta normal que un hombre fiel, después de una dolorosa expiación, vuelva dentro de donde más lo quieren.
Todos dentro, en efecto, pero cada día menos todos y menos dentro. De hecho, habrá que conceptualizar quién se ha quedado fuera de este juego decrépito y, sobre todo, cómo se reunifica este nuevo todos que ya no se ha criado en el marco del 78, por mucho que sus niños se hagan fotos nostálgicas con sus líderes medio moribundos. Diría que, desafortunadamente, nadie ha vislumbrado todavía la importancia de esta tarea; ni siquiera la heredera real del invento.