En Catalunya se han emitido siete mensajes ES-Alert en los últimos cuarenta días. Este control sobre la vida de los catalanes perpetrado con un solo mensaje —incluso cuando una alerta territorialmente homogénea resulta arbitraria—, esta presencia y capacidad de lo público de condicionar la vida privada, contrastan con la ausencia del president Illa en este último mes. Y con la falta absoluta de transparencia que ha orbitado la ausencia del president Illa hasta que se ha anunciado su progresiva reincorporación. Desde que la enfermedad le impidió ejercer sus funciones, el país ha encadenado situaciones caóticas y excepcionales que entre todos corremos el peligro de hacer pasar por norma. El gobierno de la Generalitat se ha revelado más que nunca como una administración ineficiente, en la que no solo parece que el poder político no tenga ningún tipo de poder real, sino que tampoco deba guardar las apariencias del símbolo del poder. El nuestro es un país que a día de hoy funciona en modo automático, y sin los contrapesos de la política, atrapados en este sistema de inoperancias calculadas y obediencia ciudadana, cada carencia estructural está destinada a perpetuarse también automáticamente.
La falta de oposición real, el desencanto fruto del procés, la pérdida progresiva de credibilidad de las instituciones o la frustración acumulada —vehiculada a través del chivo expiatorio de la inmigración— son causas y consecuencias de la premisa que hoy, implícitamente, vertebra la vida política del país: parece que nadie se cree que nada pueda ser verdaderamente transformado. La parálisis es una mezcla de conformismo, de resignación y de repliegue. En el caso de los catalanes, que no son todos los ciudadanos que viven en Catalunya, de fondo también se escucha el susurro de que, mientras el país viva subyugado al yugo español, las instituciones catalanas no tienen ningún tipo de poder efectivo sobre las urgencias del país. Así las cosas, siendo este el estado de ánimo de la ciudadanía, incluso quienes se dedican a ello y viven de ello han renunciado a cambiar nada desde la política.
Mientras el país viva subyugado al yugo español, las instituciones catalanas no tienen ningún tipo de poder efectivo sobre las urgencias del país
No sabría si llamarlo paradoja o pez que se muerde la cola, pero la inoperancia de la política es cómoda para los poderes públicos porque, anestesiándolos, despoja a los electores de poder. El mensaje que ha mandado la gestión de los socialistas —sobre todo— este último mes es que el sistema del que nos hemos dotado colectivamente para gobernarnos no tiene ninguna utilidad real para la colectividad, que participar en él o no participar en él no cambia nada y que, en consecuencia, da igual si el gobierno es de un color o de otro. Da igual, de hecho, si después de constatar la magnitud de la ineptitud del gobierno de los socialistas, siguen mandando ellos, porque gobernando como si no tuvieran ninguna responsabilidad ni ningún poder sobre todas aquellas cuestiones que requieren una respuesta política, hacen que cuaje la idea de que las cuestiones que requieren una respuesta política forman parte de un plan en el que ellos no pueden incidir. Así, alimentan un marco en el que no solo no se les debe fiscalizar, sino que, consciente o inconscientemente, se les acaba exculpando.
Que el gobierno de los socialistas era de gesto autoritario lo sabíamos antes de que comenzaran a gobernar. Salvador Illa es presidente porque hubo porras, y prisión, y exilio, y 155. Salvador Illa ha ganado el juego valiéndose de la dominación española para adulterarlo: la erosión del sistema democrático es la externalidad que el Estado español siempre considera asumible y necesaria para retener Catalunya. Ahora la erosión y el autoritarismo son blandos e inofensivos, prácticamente nos resultan imperceptibles. Pero la actitud de resignación, de renuncia y de repliegue de los ciudadanos es lo que los hace buenos sujetos para obedecer sin cuestionar, y para desistir de la política, perpetuando a los mismos que han colaborado en la resignación, la renuncia y el repliegue. Los socialistas se aprovechan de la atmósfera en la que parece que nada puede cambiarse para que nada cambie, tampoco el hecho de que estén en el gobierno.