Si pudiéramos quemar en el fuego de Sant Joan los malos pensamientos, quizás tendríamos que elegir la inevitable sensación de que la derecha española se encuentra a las puertas de gobernar. Intentemos no pensar en ello porque quizás no nos coge a los catalanes bastante preparados. O quizás sí.
Los hechos son irrefutables. Ya hace años que ninguna encuesta da la más mínima posibilidad de repetir un resultado en el Congreso de los Diputados en el que sume más todo el espectro que los diputados de Vox y PP juntos. Recordemos que PP-Vox no manda por un solo diputado. Los resultados de las últimas autonómicas de 2025 y 2026 en Extremadura, Castilla y León, Aragón y Andalucía son inapelables como primarias. Han dado una clara victoria al PP y a Vox como conjunto, y han hundido electoralmente al PSOE. En la suma de estas 4 elecciones, el conjunto PP-Vox ha pasado de 184 a 195 diputados, mientras que el PSOE, de 109 a 94 diputados. La tendencia es bastante clara para concluir que el cambio de ciclo de izquierdas a derechas en el Congreso es del todo inminente. Otro dato histórico hace sospechar que el tiempo del PSOE se ha acabado: Aznar fue presidente de 1996 a 2004; Zapatero, de 2004 a 2011; Rajoy, de 2011 a 2018, y Sánchez, de 2018 hasta ahora. Los ciclos de ocho años parecen, pues, bastante asentados en la democracia española desde hace cerca de treinta años. La pregunta no es, pues, si la derecha volverá a la Moncloa, ya que podemos trabajar con la idea de que lo hará a más tardar en 2027. La verdadera pregunta es qué hará cuando mande. Debemos estar preparados para afrontar, pues, un nuevo ciclo de derecha española. Intentemos pensar en qué nos puede afectar a los catalanes.
Está claro que para mí la prioridad absoluta en el ámbito nacional será la defensa de la lengua catalana
Si analizamos qué pasó en Catalunya en el último mandato del PP, 2011-2018, vemos que coincide sospechosamente con la época del procés. Se han vertido ríos de tinta sobre este período. Pero, para el electorado nacionalista-catalanista-independentista, no fue un mal momento. Otra cuestión es cómo acabamos. No entraré en ello. Está claro que para mí la prioridad absoluta en el ámbito nacional será la defensa de la lengua catalana.
También es cierto que con la llegada del PP, y coincidiendo con la explosión independentista, se produjo el fenómeno de la judicialización de la política. Hay un consenso entre los politólogos menos partidistas en observar que, en efecto, a partir del infausto recurso sobre la sentencia del Estatut, las causas de judicialización de partidos y líderes han estado a la orden del día de la política. Aparte de la enormidad del dosier catalán, que todavía continúa activo, han surgido, en este período de gobierno del PP, las macrocausas de corrupción en todos los partidos estatales, que han convertido a menudo el relevo en las instituciones judiciales en una magna batalla partidista. Aquí se hace difícil ver cómo detendremos el desmadre procesal, que hace que los casos de presunta corrupción sirvan esencialmente para distraer la atención sobre todos los temas de país. Es obvio que hay que cuidar cómo actúan los políticos y que deben rendir cuentas. Pero es bastante evidente que las causas judiciales se alargan, se encallan o se aceleran, se filtran y se complican en función de intereses poco claros, a pesar de que la justicia es y será un bastión de la democracia.
Sin embargo lo más grave es qué hará la derecha que después la izquierda no pueda enmendar. En materia social, la derecha tiene tendencia a recortar y a privatizar. A ver cómo lo hacen y cómo lo sufrimos. En materia de derechos de los migrantes, posiblemente pondrán orden, dentro de unos límites que no sabremos valorar hasta que nos encontremos allí. En materia económica, dependerán mucho de cómo se comporta Europa ante las crisis energéticas y arancelarias, que nadie sabe a ciencia cierta por dónde irán. China impondrá su ley industrial y todos bailaremos a su son. El gasto en defensa será el mantra que, como contrapartida proteccionista, puede ser un estímulo. Un gobierno de derechas debería ser más fácilmente adaptable al incremento del gasto en defensa. Y como tenemos los frentes militares muy lejos, en principio no tendremos que sufrir por la restauración del servicio militar. Aun así, continuaremos sufriendo los problemas de burocratización de la Administración y del control de las grandes corporaciones bancarias.
No queda tan claro que el ciclo de gobierno sea de ocho años. Podríamos entrar en un período de inestabilidad política en futuros ciclos electorales en que la imposibilidad de tener mayorías estables debilite al Gobierno central. La propia dinámica destructiva de los últimos años puede llevar a la creación de más partidos de derechas y crear un panorama a la francesa o inglesa. Apasionante. Cuando el ciclo de derechas vuelva, los catalanes deberíamos, sobre todo, aprovechar todo nuestro potencial de construir país tejiendo en España, Europa, Estados Unidos, China, donde sea necesario, las complicidades necesarias para crear riqueza, como siempre hemos hecho cuando hemos priorizado a Catalunya.