"Vivo en la calle porque no tengo ninguna ayuda". Así ha empezado la interrupción de un acto político del PP de Barcelona organizado, precisamente, para denunciar la presencia de un asentamiento irregular de personas sin hogar en el barrio de la Vila Olímpica. El hombre, visiblemente alterado (y tal vez borracho), ha increpado tanto al vicesecretario de Política Autonómica y Municipal y Análisis Electoral del PP, Elías Bendodo, como a ese monumento al cinismo que es nuestro conocido Daniel Sirera. Instalados en ese lugar, y para ese tipo de acto, no es del todo extraño que un sintecho se sienta provocado. El hombre añadió, concretamente, que "Mi padre es ingeniero industrial, y mi madre es antropóloga, y yo soy adoptado y estoy en la calle porque no me dais una puta ayuda, ¿de acuerdo?".
Y continúa: "Estoy en la calle por una orden de alejamiento, ¿de acuerdo?, y he viajado por todo el mundo y mis padres tienen más pasta que… una mierda". Después, ya sea a la desesperada o bien en busca de una dignidad perdida (o robada), enlaza las palabras "Tanmateix, quelcom, esdevindre, esdevingués" para demostrar que es un hombre culto. El catalán como muestra de buen nivel cultural, pero, además, el relato personal como muestra de una decadencia evidente cuya culpa él rechaza. No conocemos su historia, no sabemos si él no ha hecho las cosas bien, no sabemos si es un desgraciado, pero al mismo tiempo sí sabemos que es un desgraciado. Y también sabemos que él señala, muy directamente, a la falta de ayudas. Un clamoroso desamparo, cometa los errores que cometa. El vídeo nos ha impactado, admitámoslo, por el perfil del personaje: se acerca peligrosamente a nuestra normalidad, a alguno de nuestros amigos, a nuestro perfil cultural, a nosotros mismos. Generalizar no vale, y por eso pondré un "quizás": ¿y si tal vez este hombre es un simple ejemplo de cómo nuestra clase media, o al menos culta, no logra salir adelante o, como mínimo, no encuentra ayudas cuando las necesita?
Por desgracia, los datos no desmienten la intuición. Arrels Fundació ha cerrado el 2025 habiendo atendido a 3.337 personas en Barcelona, la cifra más alta de su historia, un 3% más que el año anterior. Del recuento nocturno de diciembre se desprende que casi 2.000 personas duermen en la calle, un 43% más que en 2023. Y no es un fenómeno que afecte solo a perfiles, digamos, "clásicos": más de 1.500 de las personas atendidas lo fueron por primera vez el año pasado, lo que indica que el flujo de entrada (de salida) a la calle no se detiene, sino que se acelera. El informe "Viure al carrer a Barcelona", elaborado a partir de 676 encuestas, añade que el 35,3% de las personas que duermen a la intemperie declaran que la última vivienda que tuvieron era de alquiler o de propiedad. No hablamos, pues, solo de trayectorias de marginalidad crónica, sino de gente que tenía casa y la ha perdido. El 72,6% ya no tiene ninguna expectativa de acceder a una vivienda, y solo uno de cada cuatro ve una salida. "El derecho a quedarse" de Jaume Collboni, o las políticas regulatorias precipitadas, obra del socialismo autóctono, algo tendrán que ver.
La clase media nota cómo el agua ya le llega a los tobillos
El relato del hombre de la Vila Olímpica puede ser anecdótico, o puede no serlo tanto. Porque cuando dice que no le dan "ninguna ayuda", no exagera tanto como desearíamos. El Síndic de Greuges de Catalunya alertaba este año de que el tiempo medio para tramitar la renta garantizada de ciudadanía (RGC) ha llegado a los 122 días, casi el doble que hace dos años. Mientras tanto, la cobertura de esta prestación sobre la población con privación material severa ha bajado del 21,65% al 20,41% en solo medio año, según datos propios del sector social. Y una de cada cinco personas sin hogar en Catalunya no tiene absolutamente ningún ingreso, ni siquiera este. El IRSC, el indicador que fija el importe de la prestación, se sitúa en 778,49 euros mensuales: una cifra que, en una ciudad donde el alquiler medio supera con creces los 1.000 euros, no permite ni de lejos acceder a una vivienda digna. El sistema de ayudas no se ha colapsado de repente: se ha ido erosionando a base de burocracia, listas de espera y una coordinación deficiente entre el Ingreso Mínimo Vital estatal y la RGC catalana, que a menudo deja a las personas "entre prestaciones" sin ninguna de las dos mientras se resuelve el expediente.
Pero sí, la clase media nota cómo el agua ya le llega a los tobillos. Sí, esa famosa clase media catalana que monta empresas, o trabaja con rigor, o crea escuelas u hospitales o clubes de fútbol, que se ha educado bien, que intenta ser constructiva y que monta un procés independentista cuando hace falta, ve el precipicio acercarse demasiado peligrosamente. "Les hemos destrozado la clase media", podrían atreverse a decir pronto: el IX Informe FOESSA, publicado en 2025 por Cáritas, afirma que vivimos "un proceso inédito de fragmentación social" en el que la clase media se contrae y muchas familias caen hacia estratos inferiores. La exclusión severa afecta ya a un 52% más de personas que en 2007, y la vivienda se ha convertido en el factor que "expulsa a uno de cada cuatro hogares de una vida digna". Socialismo del "derecho a quedarse", otra vez. El informe también documenta cómo la identidad obrera y de clase media tradicional se ha ido disolviendo en tres décadas, mientras estas familias encuentran dificultades en las redes de apoyo cuando el sistema público falla. No hacen falta, para caer, grandes catástrofes vitales: basta con un despido, un desahucio, una separación complicada o, como parece ser el caso del hombre del vídeo, una orden de alejamiento que rompe de golpe cualquier red familiar. A partir de ahí, si las ayudas tardan meses en llegar o no llegan nunca, la caída es rápida y, a menudo, irreversible.
Para quien quiera reducir el sinhogarismo a un problema individual de falta de voluntad o de vicios, el problema se reduce a una incomodidad paisajística en medio de la Vila Olímpica. Pero los datos muestran un sistema de ayudas ineficiente, que deja fuera a una de cada cinco personas que ya viven en la calle. Y para quien quisiera hacer de ello solo una cuestión de falta de recursos públicos (porque el relato del hombre mezcla, sin pudor, cultura, familia acomodada y calle), esto debería recordarle que la red que teóricamente nos protege no es sólida. Entre la provocación política de un acto y la interrupción de un desconocido hay, pues, la denuncia de un sistema que no debería ser solo suyo sino de todos nosotros. Él también se deja algo en el tintero, muy parecido a lo que quiero decir para acabar: "Visca el Barça i España a tomar por culo".
