El cristianismo irrumpe sin complejos en la campaña política norteamericana, y lo hace rompiendo monopolios. Lejos de quedar confinada a la órbita de la derecha, una nueva oleada de candidatos demócratas —entre los que hay más de una decena de pastores, seminaristas y exreligiosos— ha decidido disputar el relato de la fe a los conservadores. El caso más paradigmático lo encontramos en Texas, donde el diputado estatal y seminarista presbiteriano James Talarico se ha erigido en un fenómeno político y mediático dispuesto a plantar cara en un territorio que se resiste a los progresistas desde hace más de treinta años. La tierra es hostil, pero su determinación es imbatible.
Hace más de tres décadas que ningún demócrata gana unas elecciones allí. Pero este año, de cara a las elecciones de medio mandato (midterms) del 3 de noviembre de 2026, la presencia de Talarico en las urnas —donde se enfrenta al fiscal general de Texas, Ken Paxton— está sacudiendo el tablero.
Talarico ha conseguido una enorme repercusión en las redes sociales gracias a un discurso que utiliza el Evangelio como herramienta de justicia social. El aspirante a pastor no duda en enfrentarse abiertamente a lo que denomina nacionalismo cristiano, argumentando que usar la religión para imponer creencias sectarias o dogmas partidistas en las escuelas públicas vulnera la libertad religiosa y desnaturaliza completamente el mensaje originario de Jesús.
En uno de sus cortes más virales, Talarico imaginaba cuál sería el veredicto de Jesús si pisara hoy el Senado de los Estados Unidos: "Creo que les diría: '¡Apartaos de mí!', porque tenía hambre y recortasteis mi asistencia alimentaria; estaba enfermo y me expulsasteis del Medicaid; era un extranjero y me deportasteis a mí y a mi familia".
Esta visión progresista de la fe prioriza los derechos civiles, la educación laica y la protección de los vulnerables por delante de la moralidad restrictiva de la derecha religiosa tradicional. Sin embargo, su discurso tampoco está exento de polémica: Talarico se muestra partidario del aborto —defendiendo que la palabra no aparece en la Biblia—, a pesar de que a menudo pasa por alto aquellos pasajes bíblicos que abordan la vida de los no nacidos, un flanco fuertemente criticado por sus oponentes.
Ante políticas como las deportaciones masivas, los recortes sociales o la eclosión del llamado barstool conservatism impulsado por sectores de la derecha más joven, figuras como Talarico y el senador Raphael Warnock buscan movilizar a un electorado a menudo olvidado por los demócratas: el de los cristianos progresistas.
Aprovechando las Escrituras para defender los servicios públicos y la justicia social, los demócratas aspiran a demostrar que la espiritualidad y la compasión no tienen un único carné político
La estrategia busca contrarrestar décadas de hegemonía conservadora donde la derecha ha estado automáticamente asociada con los valores tradicionales y el orden moral. Aprovechando las Escrituras para defender los servicios públicos y la justicia social, los demócratas aspiran a demostrar que la espiritualidad y la compasión no tienen un único carné político, abriendo una vía para reconquistar el corazón de la América profunda.
A las puertas de las elecciones del próximo 3 de noviembre en los Estados Unidos, la voz de la jerarquía católica ha querido recordar que la participación democrática no es un simple trámite, sino un deber ético y espiritual. El arzobispo Paul S. Coakley, presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de los EE. UU. (USCCB), ha lanzado un mensaje claro en medio de un clima de profunda polarización: en una democracia representativa, el voto es tanto un derecho como una responsabilidad, y el desánimo "no es una virtud cristiana".
Ante la tentación de inhibirse o de caer en la trampa del sectarismo, el llamamiento de los obispos norteamericanos pide a los fieles situar la fe por delante de la política partidista. El papel de la Iglesia en la vida pública —recuerda Coakley— no responde a un programa político concreto, sino a la defensa de la dignidad de cada persona como ser creado a imagen y semejanza de Dios.
De aquí se deriva la exigencia de garantizar elecciones libres y justas, donde ningún ciudadano encuentre obstáculos o dificultades innecesarias para ejercer su derecho al voto.
Uno de los puntos más agudos de la reflexión de Coakley aborda directamente la mala salud de la cultura política actual: el peligro de creer que cualquier crítica al propio partido favorece automáticamente al adversario. Una conciencia bien formada no funciona con estos esquemas maniqueos. Por eso, el arzobispo pide juzgar a los candidatos y a los cargos públicos por sus actos reales y por su contribución efectiva al bien común, y no por promesas vacías.
En un contexto marcado por los discursos de odio, el llamamiento episcopal invita a "rechazar de lleno la retórica que se alimenta del miedo, el resentimiento y la división, para recuperar el imperativo evangélico del amor a Dios y al prójimo".
