¿Cuánto tiempo llevas sin reírte con ganas? No estoy hablando, obviamente, de esa sonrisa de cortesía que dibujas en las reuniones o cuando alguien cuenta un chiste que no tiene gracia. Hablo de partirte de risa. De esas carcajadas que duelen en el estómago y que dejan los ojos llorosos. De la risa sin permiso, sin protocolo, sin calcular la imagen. Esas risas que te cortan el aire, y que cada vez que piensas en lo que las ha provocado, te vuelve a hacer un cierto efecto. ¿Cuándo fue la última vez?

Te lo pregunto para invitarte a reflexionar y compartir algunos datos que seguramente te animen a buscar más esos momentos para la risa. A veces puedes buscar por ti mismo algún monólogo, alguna comedia, intentar ir al teatro, y desde luego, reencontrarte con ese amigo, ese familiar, esa persona que parece saber que la alegría es como una especie de gimnasia. Y para esto de reírse conviene no ser perezosos, porque ya te anticipo que la risa no solo es importante para la salud, es que es de vital importancia. 

Cuando sonríes, tu cuerpo pone en marcha una operación de precisión. Dependiendo de la intensidad, entre 12 y 17 músculos faciales entran en acción de manera coordinada. Los principales son el cigomático mayor (ese hilo que va del hueso del pómulo hasta la comisura de los labios y que los estira y hace mover hacia arriba y hacia los lados), el músculo risorio, el elevador del labio superior, el orbicular de la boca y el orbicular del ojo. 

Existe un tipo de sonrisa que los científicos consideran la auténtica, la llamada sonrisa de Duchenne, bautizada así en honor al neurólogo francés Guillaume Duchenne de Boulogne (1806-1875), pionero en el estudio electrofisiológico de las expresiones faciales. Duchenne descubrió que la sonrisa genuina activa simultáneamente el cigomático mayor (que levanta las comisuras) y el orbicular de los ojos, que arruga las mejillas y produce esas líneas alrededor de los ojos que, paradójicamente, nos hacen parecer más cálidos, más humanos. Lo que distingue esta sonrisa de una forzada es que la mayor parte de las personas no pueden contraer voluntariamente el orbicular de los ojos. No se puede fingir del todo. Tu cuerpo, cuando sonríe de verdad, lo sabe. Y probablemente a partir de ahora, tú también puedas detectarlo en otros. 

La razón neurológica es muy interesante: la sonrisa espontánea nace en los ganglios basales como respuesta al sistema límbico, la zona emocional del cerebro. La sonrisa forzada, en cambio, tiene su origen en la corteza motora. Son dos circuitos distintos, y el cerebro (y quienes te miran) los distingue con una precisión asombrosa. 

Más allá de los músculos, sonreír desencadena una cascada química que transforma el estado del cuerpo. Al sonreír, especialmente con una sonrisa genuina, el cerebro activa estructuras clave: la amígdala, el núcleo accumbens y la corteza prefrontal, regiones vinculadas a la gestión emocional y la recompensa. Ese proceso libera dopamina, serotonina y endorfinas: los neurotransmisores que elevan el estado de ánimo, reducen la sensación de dolor y regulan la emoción. Al mismo tiempo, la sonrisa activa el sistema nervioso parasimpático, el que frena el estado de alerta y devuelve al cuerpo a la calma: reduce la frecuencia cardiaca, disminuye la presión arterial y modera el cortisol, la hormona del estrés.

Esto lo confirmó un estudio publicado en la revista Psychological Science por las psicólogas Tara Kraft y Sarah Pressman de la Universidad de Kansas. Reclutaron a 170 participantes y los sometieron a tareas estresantes, como introducir la mano en agua helada, dibujar con la mano no dominante, mientras mantenían distintas expresiones faciales. Los resultados fueron bastante contundentes: todos los participantes que sonreían, incluso los que no sabían que lo estaban haciendo, mostraron una frecuencia cardiaca significativamente más baja durante la recuperación del estrés que quienes mantenían el gesto neutro. Y los que sonreían con la sonrisa de Duchenne obtenían el beneficio más alto. Sobre esto, a mí, que ahora estoy especialmente interesada en cómo cuidar del corazón, me ha parecido un dato alucinante y que, desde luego, voy a tener en cuenta para cuidar de los que más quiero. Es importante hacerlos reír genuinamente, porque es bueno para su salud. 

Otra cosa interesante de la que me he enterado investigando sobre esto de la sonrisa, aunque ya lo veía venir: no hace falta que estés bien para sonreír. Sonreír puede ser el principio de estar bien. Haz la prueba: cuando estés con el “morro torcido”, intenta buscar un espejo y ponte muecas, sácate la lengua. Sí, en medio de ese enfado, de ese calentón que no te permite razonar, asómate a buscarte a ti mismo y ríete un poco (de ti), ya verás qué pasa. O si tienes que animarle el día a alguien, rómpele la tristeza con una broma (calibra, obviamente, dependiendo del disgusto que tengas, porque en una situación delicada, meter la pata puede ser crucial). 

Hay más. Los investigadores de la Universidad de Cardiff, en Gales, estudiaron a personas que, por procedimientos médicos, tenían limitada la capacidad de fruncir el ceño. Su conclusión: reportaban sentirse más felices y con menos ansiedad que el grupo de control. El gesto influye en el estado. El estado no siempre precede al gesto.

Sonríe, por favor. Tu cuerpo lo necesita, las personas que tienes alrededor lo agradecen, y en un mundo que parece empeñado en endurecerse, mantener la capacidad de reírte con ganas es, también, un acto de resistencia

Y la risa, el escalón superior de la sonrisa, va todavía más lejos. La risoterapia (el conjunto de técnicas terapéuticas basadas en la risa intencional) ha demostrado en estudios clínicos actuar sobre los sistemas muscular, cardiovascular, respiratorio, endocrino, inmune y nervioso central. Una revisión del Instituto de Salud Carlos III señala entre sus beneficios: ejercitar y relajar los músculos, mejorar la respiración, reducir las hormonas del estrés, estimular la circulación y el sistema inmune, aumentar el umbral de dolor y mejorar la función mental. En pacientes oncológicos, la risoterapia ha demostrado mejorar la respuesta inmune, reducir el estrés, elevar la autoestima y favorecer la tolerancia al dolor.

Cuando éramos pequeños, por instinto, lo sabíamos hacer mejor. Por eso me parecía importante dedicar hoy estas líneas a esta cuestión. Porque resulta que los niños sonríen entre 300 y 400 veces al día. Los adultos, en el mejor de los casos, llegamos a 20. El 75 % de los adultos sonríe menos de 20 veces diarias. Nacemos sonriendo. Está documentado que los fetos sonríen en el útero y que los bebés invidentes sonríen al reconocer la voz humana. No es un aprendizaje cultural: es un mecanismo biológico de conexión. Y lo vamos perdiendo. 

Mientras tanto, los datos de salud mental en España dibujan un paisaje que exige atención. El 35,6 % de la población española presenta algún problema de salud mental, según el Informe Anual del Sistema Nacional de Salud 2024. Los trastornos de ansiedad son los más frecuentes, con 111,3 casos por cada 1.000 habitantes (cifra que asciende a 143,3 entre las mujeres). Los casos de ansiedad se han disparado un 70 % en el periodo 2016-2022. El consumo de antidepresivos en España ha crecido un 50 % en diez años, alcanzando en 2023 las 99,27 dosis diarias por cada 1.000 habitantes. La demanda en farmacias ha crecido un 24 % solo en el último año. España es el tercer país de la Unión Europea por consumo de antidepresivos. En cuanto a ansiolíticos (las benzodiacepinas), España es el segundo país europeo con mayor consumo: 55,87 dosis diarias por cada 1.000 habitantes en 2023, con un gasto que supera los 100 millones de euros anuales.

Las cifras de suicidio son igualmente dolorosas. En 2023 se registraron más de 4.100 suicidios en España. En 2022 se alcanzó la cifra más alta jamás registrada: 4.227 fallecimientos, con tasas históricas de 8,85 muertes por cada 100.000 habitantes. Aunque en 2024 los datos del INE muestran un descenso a 3.953 suicidios, la tendencia desde 2018 acumula un incremento de casi el 20 %. Y se calcula que la cifra real podría casi duplicar la oficial. La OMS, en su informe de 2025 sobre conexión social, estima que casi una de cada seis personas en el mundo sufre aislamiento social o soledad, y que la soledad estuvo asociada, entre 2014 y 2019, a más de 871.000 muertes anuales en el mundo (100 muertes por hora). El aislamiento social aumenta un 32 % el riesgo de muerte prematura. Estos datos dan que pensar, y sobre todo teniendo en cuenta lo anterior: con los años sonreímos menos, pero cada vez sonríe menos gente a pasos agigantados. Algo está pasando y, aunque te pueda parecer una chorrada esto que te propongo, hagamos activismo por la risa, que se ve que nos hace falta a todos. 

Conviene aclarar algo antes de que alguien confunda esta reivindicación con una invitación al optimismo de cartón piedra. Sonreír no significa ignorar el dolor. No significa fingir que todo va bien cuando no va bien. No significa pasar por el mundo con una máscara de felicidad permanente que, por lo demás, todo el mundo detecta como falsa. Lo que la neurociencia señala es que el gesto puede preceder al estado emocional y contribuir a modificarlo. Que mantener una actitud abierta, físicamente expresada, reduce la respuesta al estrés, mejora la disposición cognitiva y facilita la conexión con los demás. No es ingenuidad: es biología.

Un estudio reciente de la SWPS University, publicado en la revista Emotion, demostró que sonreír e imitar gestos positivos en los primeros encuentros sociales incrementa la confianza y fortalece los vínculos de cooperación. Las sonrisas son las expresiones más imitadas entre seres humanos, y la intensidad de esa imitación predice el nivel de confianza que depositas en el otro. Las neuronas espejo, descubiertas en 1996 por el neurobiólogo Giacomo Rizzolatti en la Universidad de Parma, se activan ante la risa y la sonrisa de otros, preparando automáticamente a tu cerebro para replicar la expresión. La investigadora Sophie Scott, del University College de Londres, confirmó que las emociones positivas son más contagiosas que las negativas, y que las risas activan el sistema de neuronas espejo con mayor intensidad, lo que “nos permite comprender cómo las emociones positivas promueven la cohesión social”. La sonrisa también activa la oxitocina (la hormona del vínculo), que aumenta tanto cuando sonríes como cuando alguien te sonríe. Te hace, literalmente, más cercano a los demás.

Sonreír no es parecer imbécil. Es exactamente lo contrario. Es demostrar que tienes recursos. Que no necesitas saltar al primer disparo. Que puedes respirar hondo, gestionar el impulso y elegir la respuesta en lugar de rendirte al reflejo.

Vivimos en un tiempo de irritabilidad estructural. Las redes sociales han creado ecosistemas donde la indignación tiene más rendimiento que la amabilidad, donde el insulto se viraliza más rápido que el elogio, donde escalar agresivamente parece, a veces, más eficiente que escuchar. El contacto visual se ha reducido. Las conversaciones se han acortado. La presencia, esa cosa analógica e irreemplazable de estar con alguien de verdad, se ha vuelto cada vez más escasa. No es que la sonrisa sea la solución a la crisis de salud mental. Sería absurdo plantearlo así. La crisis tiene causas estructurales, económicas y sociales, y requiere respuestas sistémicas: más recursos en salud pública, más psicólogos (España tiene solo 548 trabajando en atención primaria para toda la población), más prevención, menos estigma. Pero en el plano individual, en el terreno de lo que tú puedes hacer hoy, la sonrisa es una palanca pequeña que no debería subestimarse.

Los adultos podemos aprender de los niños aquí. No en el sentido de ignorar la complejidad de la vida adulta, sino en el de recuperar esa capacidad de encontrar motivos de alegría sin tener que justificarlos. Los niños no necesitan razones para reírse. Los adultos hemos construido demasiadas razones para no hacerlo.

Cuando Guillaume Duchenne aplicaba pequeñas corrientes eléctricas a los músculos de la cara de sus pacientes en el siglo XIX, buscaba cartografiar las emociones humanas. Llegó a una conclusión que, dos siglos después, la neurociencia no ha hecho más que confirmar: la alegría verdadera se escribe en el rostro de una manera que no puede imitarse completamente. Hay algo en la sonrisa auténtica que tu cuerpo reconoce como real, que tu cerebro procesa como conexión, que el otro recibe como un regalo.

Sonríe, por favor. No porque sea obligatorio. No porque la vida sea fácil ni porque todo esté bien. Sino porque tu cuerpo lo necesita, porque las personas que tienes alrededor lo agradecen, y porque en un mundo que parece empeñado en endurecerse, mantener la capacidad de reírte con ganas es, también, un acto de resistencia.

Te invito a aprenderte un chiste de vez en cuando y soltarlo cuando puedas. A quedar más a menudo con esos con los que te sientes a gusto. Y provocar una sonrisa en cualquiera, porque sí. Sonríe, por favor. Y hagamos de esta causa, bandera.