Ha vuelto Hannah Montana. Antes de que los hombres de mediana edad que conforman mayoritariamente mi público lector dejen de leer, esta no es una columna sobre Hannah Montana. O no del todo. La producción cultural de los últimos años ha dado síntomas de que la capitalización de la nostalgia sale a cuenta. Y que sale a cuenta, sobre todo, en cuanto a los productos que la generación Z y la generación millennial consumieron antes de saber que pertenecían a alguna generación. Ahora es Hannah Montana, pero en su momento también fue "Friends", y en Catalunya también es la mitificación ineludible de "Plats Bruts" o de las series que hace veinte años emitía el desafortunadamente desaparecido 3XL. Ambas generaciones se encuentran atrapadas en un balbuceo melancólico. Parece que, frustradas definitivamente todas aquellas ilusiones esperanzadoras que debían permitirnos seguir construyendo y hacerlo mirando de cara al futuro, el único lugar seguro que garantiza un refugio a la intemperie del mundo es el pasado. Que las generaciones Z y millennial encuentren consuelo en los productos que capitalizan la nostalgia manifiesta un desasosiego de fondo: la esperanza no forma parte del mainstream porque parece que nuestros presentes están desprovistos de nada que nos la pueda evocar.
El paso del tiempo es la herida que hurga el corazón de cualquier humano, porque es el recordatorio constante de que somos esclavos del cambio, de que nuestra voluntad tiene límites sobre nuestra propia vida. Permanecer abierto a lo trascendente puede contribuir a sobrellevar este vacío, pero es un camino largo y comprometido de frutos discretos: alcanzar lo que no cambia exige muchos cambios sobre nosotros mismos. En este tránsito, sin herramientas que garanticen un bálsamo inmediato al asombro y el abatimiento, aquellos productos —sobre todo audiovisuales— que nos transportan al paraíso perdido de la infancia administran el confort de la estabilidad que se echa de menos. Aparte, ofrecen un sentido de pertenencia comunitaria, incluso una sensación de seguridad que sirve de lugar donde agarrarse para el desorientado. Más que una huida hacia delante, las nuestras son las generaciones de la huida hacia atrás. La decadencia que leemos en nuestro presente y la volatilidad de un mundo que se nos ha hecho inseguro de habitar conducen a la creencia de que la única manera de remontar es retroceder.
Que las generaciones Z y 'millennial' encuentren consuelo en los productos que capitalizan la nostalgia manifiesta un desasosiego de fondo
Los productos culturales reaprovechados de nuestra infancia juegan con varias cartas a favor que aseguran su triunfo. En primer lugar, que el cerebro de un niño tiene menos capacidad para interiorizar la complejidad de su presente. En segundo lugar, que el consumo de ciertos productos culturales iba ligado a un horario y a un orden que no dependía de nosotros mismos: éramos libres de responsabilidades. En tercer lugar, que haberlos consumido en la televisión y que la variedad de productos —de canales y programas— fuera limitada, generaba referentes compartidos de forma automática, robusteciendo la pertenencia al grupo. En cuarto lugar, que el cerebro tiene tendencia a cribar los recuerdos para conservar aquellos que le garantizan la supervivencia: el pasado, pues, es lo único que es relativamente fácil de idealizar. En quinto lugar, me abstendré de sentenciar si la vida contemporánea es más incierta que la vida de todos los pasados que nos han hecho llegar hasta ella, pero es cierto que la sensación de velocidad que caracteriza nuestra época favorece que el tiempo hurgue la herida con más insistencia.
Que la herramienta que usamos para reencontrar durante unos instantes la seguridad perdida sea Hannah Montana expone una desesperación que no está resuelta. Incluso a quien escribe, que se considera satisfecha con una vida que lee llena de sentido, los clips de Miley Cyrus le inyectaron un bienestar reencontrado. Pero el bienestar de la nostalgia es un bienestar traidor porque, mientras te abrazas a ella acríticamente, poco o mucho, también te abrazas a la idea de que aquello que es bueno no solo ya no puede volver, sino que no se puede construir nada mejor. Sería comprensible caer en el simplismo de decir que la nostalgia es el recurso de quien ha dejado de creer en el futuro, pero la fe en el futuro es inconcreta y absurda, porque llega a pesar de que no “creas”. Diría que la falta de fe que hay tras la nostalgia es más profunda y compleja. Falta de fe en el hombre; falta de confianza en las capacidades de uno mismo; falta de fuerza para seguir el hilo de la sospecha de que la vida tiene un sentido, y que actuar en consecuencia a este sentido, también. Falta de esperanza en que las cosas puedan transformarse.
Las consecuencias de la nostalgia también son más complejas que el consumo de productos culturales. Que el único motor político para imaginar un futuro sea el anhelo de retorno, aparte de una falta de imaginación, denota una cierta cobardía. Que la posibilidad de que nos aguarde bienestar en lo que ha de venir nazca capada, nos impide construir nada que pueda perdurar y abastecernos el bienestar en cuestión: un hogar, una carrera, unas instituciones políticas, una familia, una obra literaria. Si además las condiciones materiales —o nacionales— no acompañan, el estado de ánimo de repliegue interior tiene la excusa perfecta para justificar la parálisis. Los productos culturales que capitalizan la nostalgia hacen de anestesia, pero el runrún interior busca un sentido que nos pueda llevar más allá de los límites preconcebidos, moldeados por la incertidumbre, por el miedo y por el desconcierto. Es un rumor sin frutos inmediatos, pero con frutos perdurables. No, no era una columna sobre Hannah Montana. O no del todo.