En el siglo XVIII, según la opinión de la mayoría de los filósofos ilustrados, el progreso técnico era a la vez un progreso moral. Esta certeza, por ejemplo, la podemos encontrar como fundamento del proyecto enciclopédico de Diderot y D’Alembert.
De hecho, la difusión de las diversas técnicas y de los distintos saberes se encaminaba a emancipar a las personas y a desarrollar su autonomía y, a la vez, sus disposiciones morales. Esta era, al menos, la idea.
Por su parte, Voltaire y Montesquieu veían en las ciencias, el comercio y las artes un medio para civilizar las costumbres y reducir, así, el fanatismo y la barbarie.
Condillac y Helvetius llegaron a afirmar que la mejora de las condiciones materiales sería capaz de transformar los comportamientos humanos, y que, además, luchar contra la miseria era la mejor forma de destruir el vicio de raíz.
Solo Jean-Jacques Rousseau, el insomne, el atrabiliario, consideraba, en su Discurso sobre las ciencias y las artes, que “nuestras almas se han corrompido a medida que nuestras ciencias y nuestras artes han avanzado hacia la perfección”.
Pero quizás lo que es cierto, en realidad, es este discurso visionario. Sea como fuere, su pesimismo marcó los espíritus desde 1755 y durante los dos siglos posteriores.
Con la revolución industrial, el progreso técnico se volvió masivo (fábricas, máquinas, transportes…), pero fue acompañado de una clara regresión moral y de la alienación de los obreros (lo que hemos venido a denominar como la explotación del hombre por el hombre).
Hacia finales del siglo XIX, Friedrich Nietzsche enterró la idea de progreso moral y constató que la técnica solo nos hace más poderosos, pero sin que exista ninguna garantía sobre hacia dónde irá este poder. No en vano escribirá, premonitoriamente, que “el siglo XXI será un siglo de barbarie, y las ciencias estarán a su servicio”.
No será hasta el siglo XX cuando la loca idea según la cual el progreso técnico engendra el progreso moral recibirá el golpe de gracia con la Primera Guerra Mundial, ya que esta acabó comportando la optimización técnica de la destrucción, que se verá agravada con los genocidios perpetrados en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, y los dramas posteriores, que pueden ser presentados como ejemplo de la planificación técnica de la exterminación en masa.
Pero, ¿hay que renunciar al progreso porque, eventualmente, pueda ponerse al servicio de lo peor? ¿Hay que abjurar del progreso técnico porque no suele seguirlo el progreso moral? Desde el punto de vista moral, los humanos titubeamos y nos detenemos. Y, en sentido inverso, resulta que técnicamente no paramos de correr y de avanzar.
¿Hay que renunciar al progreso porque, eventualmente, pueda ponerse al servicio de lo peor?
Kant, por su parte, consideraba que este desfase entre progreso moral y progreso técnico es la razón por la que la idea del fin del mundo adopta la forma de una técnica, de una tecnología, que se escapa a las decisiones de su creador. Esto, ahora, se ejemplificaría por el temor que algunos experimentan hacia la inteligencia artificial.
El filósofo de Königsberg afirmó, en este sentido, que “los progresos de la civilización, el refinamiento del gusto y la cultura de los talentos van más deprisa que el desarrollo de la moralidad”. De hecho, la tentación de llamar al apocalipsis es más seductora que “la fe heroica en la virtud” para intentar suprimir una brecha de esta magnitud.
Los escenarios apocalípticos son, a menudo, una forma de ayudarnos a digerir nuestros progresos. En esta coyuntura, quizás sea preferible confiar en la técnica que intentar —mediante inútiles diques morales— separarla de lo que puede hacer. De lo que puede hacer porque hombres y mujeres han hecho trabajar su intelecto para llegar ahí.
Claro que, para completar la ecuación junto al progreso técnico, deberíamos ser capaces de valorar el progreso moral. Pero esto parece más difícil de evaluar. Porque, ¿el progreso moral es igual en todo el mundo, independientemente de los criterios constitutivos de cada civilización?
En épocas de barbarie y de retroceso civilizatorio, ¿podemos seguir hablando de progreso moral? Preguntas difíciles que merecen respuestas reflexionadas; dinámicas, si es posible, para atravesar los tiempos; complejas, y a medio y largo plazo. ¿Cómo encaja todo esto en tiempos de inmediatez, de gratuidad, de individualismo y de control permanentes? ¿Se puede vincular el progreso con determinadas opciones políticas? ¿Hay que aceptar que la noción de progreso sea monopolizada por lo que hemos venido a denominar las izquierdas? ¿No va precisamente eso contra el sentido de la historia?
Querría enfocar correctamente las preguntas; las respuestas (¡ay!) necesitan tiempo, sensibilidad, sensatez, amor y confianza. Habrá que ponerse manos a la obra.
