He reflexionado a menudo sobre una frase de Albert Camus referida a esta cuestión de los límites. En un debate sobre el futuro de la civilización europea organizado en Atenas en 1955 por la Unión Cultural Grecofrancesa, afirmaba: “Llegaremos por ejemplo a esta concepción a la que ha llegado de todas formas un cierto número de inteligencias europeas, a saber, que la libertad tiene un límite, que la justicia también tiene un límite, que el límite de la libertad se encuentra en la justicia, es decir, en la existencia del otro y en el reconocimiento del otro, y que el límite de la justicia se encuentra en la libertad, es decir, el derecho de la persona de existir tal como es en el seno de una colectividad”. Encuentro que es sugerente este tema de los límites.

La libertad sin límites, solo los tiranos pueden ejercerla...

Y en una respuesta posterior, en el mismo debate que he mencionado en el párrafo anterior, Camus aclaró aún más la cuestión de los límites, según su parecer: “La libertad sin límites es lo contrario de la libertad. La libertad sin límites, solo los tiranos pueden ejercerla... Una libertad que solo comportara derechos no sería una libertad, sería una omnipotencia, sería una tiranía. Una libertad que comporte tanto derechos como deberes es una libertad que tiene contenido y que se puede vivir”.

Setenta años después, estas palabras continúan siendo completamente vigentes, y volvemos a estar confrontados, en la práctica política y en la vida social, a este debate sobre si la libertad y la justicia deben tener límites. Esto dependerá, en buena medida, de la concepción que cada uno tenga de la organización social y del equilibrio inestable entre derechos y deberes, y digo inestable porque hoy en día el hilo de la balanza está mucho más anclado hacia la demanda de los derechos que hacia el reconocimiento de los deberes.

Un falso concepto de la libertad, entendida como libertad individual, querría que no se establecieran límites al ejercicio de esta libertad. Pero esta manera expansiva de entenderla choca directamente con los valores de la virtud cívica, es decir, del respeto de los ciudadanos hacia el bien común, hacia la comunidad donde uno vive. Esta confrontación, por su parte, haría inviable la regulación de la vida en sociedad y dificultaría el ejercicio del principio democrático de vivir juntos. Una libertad individual ilimitada destruiría cualquier terreno de juego cívico y sería causa de muchos litigios con relación al supuesto respeto de la libertad ilimitada que quisiera ejercer un determinado ciudadano.

En palabras de Josep Ramoneda, “la clave del desconcierto en el que nos encontramos inmersos está en la ruptura de la noción de límites. Que no todo es posible, ahora y aquí, es un principio moral mínimo que cuando se rompe permite la apertura automática de las compuertas hacia el nihilismo y acaba manifestándose en su forma política real, que no es otra que el autoritarismo. Estamos viendo en vivo y en directo, y de forma acelerada y en sociedades que no nos lo imaginábamos, cómo se va resquebrajando este principio moral, y las consecuencias políticas que se derivan”. Y mucho me temo que solo estamos al comienzo de esta involución.

Claudio Magris, por su parte, nos advertía a inicios de este milenio por el que transitamos que “muchas cosas dependerán de cómo resuelva nuestra civilización este dilema: combatir el nihilismo o llevarlo hasta sus últimas consecuencias”. Y también me temo mucho que estamos confirmando la hipótesis nihilista.

Porque finalmente la gran pregunta que hay que formularse es: ¿seguiremos por el camino que conduce, de forma inexorable, al totalitarismo de la indiferencia y a una especie de sociedad sin alma, o sabremos aprovechar la oportunidad de combatir el nihilismo y de volver a emprender el camino de los límites, del reconocimiento del individuo y del respeto al otro?

Creer que no hay límites en nuestra libertad es tentador, pero falso, aunque sea predicado con vehemencia por los extremos del arco político. La libertad sin límites nos lleva a una nueva selva en la que, de nuevo, tendrán las de ganar los más poderosos, los más preparados, los más fuertes. Es justamente para preservar los derechos de todos que es necesario que la noción de límites se asocie con la noción de libertad. Porque si la libertad de cada uno es ilimitada chocará necesariamente con la de su vecino, y el combate de legitimidades iliberales lo ganará quien tenga más fuerza, sin que tengan nada que ver ni la voluntad de vivir juntos, ni la aspiración a la justicia, ni el concepto del bien común. Son tiempos de elegir, mi elección va por el establecimiento de límites, unos límites debatidos y consensuados que permitan un ejercicio de la libertad y de la justicia fluido y compatible.