Sale Brigitte Vasallo y entra David Uclés. Ni la deferencia de unos días de descanso hemos tenido. Las tesis etnicistas del españolismo son el juguete preferido del tipo de gente que mide su capital —artístico, literario, académico— en grados de opresión. Y que necesita reiteradamente validar su condición de oprimido para posicionar su obra en una contraculturalidad de pacotilla, con unos aires de novedad que son el mismo nacionalismo de siempre. No era necesario que Planeta premiara a Uclés con el Premio Nadal para que lo viéramos como lo que es: un español que se vincula superficialmente a Catalunya para manosear su tradición literaria, vaciarla y, en última instancia, asimilarla. Para la editorial de los Lara, esta operación de revisionismo histórico —Rodoreda incluida— es merecedora de distinción y aplausos, obviamente. No es una operación inocente: es política. Y David Uclés lo sabe cuando profesa una admiración cursi por Barcelona y por nuestros referentes literarios; lo sabe cuando escribe sobre la capital de este país sin tener ningún vínculo real —ni querer tenerlo—; y lo sabe cuando se define como charnego gratuitamente, posicionándose.
El charneguismo se sirve de gente más bien mediocre para que identifiquemos su deshonestidad con una estrechez de miras y una disfunción intelectual de fondo, para que su propia caricatura los haga inofensivos. Pero no lo son. De hecho, que alguien como Uclés —nacido en Jaén, ahora en Barcelona haciendo una especie de Erasmus literario— se sirva del vocablo casi como reclamo publicitario destapa la obsesión por la charnegoría como la herramienta ideológica que es. Un artefacto artificial concebido para convertir al ocupado en opresor y deslegitimar el derecho a existir de los catalanes. Que ahora la pueda emplear incluso el español que aterriza en Catalunya a hacer el tonto la revela —aún más— como etnicismo españolista plenamente intencionado, porque quien se sirve de ella ya no necesita ni siquiera remitirse al argumento de la abuela andaluza para contextualizar su condición de oprimido. Así, la charnegoría es la mentira que la izquierda española —nacida aquí o allí— necesita explicarse a sí misma para justificar el genocidio lingüístico y cultural en Catalunya; es el contrafuerte moral que les permite tener el mismo proyecto nacional para nuestro país que tenía el franquismo y revestirlo de aspiraciones de justicia y progreso.
La charnegoría es la mentira que la izquierda española —nacida aquí o allí— necesita explicarse a sí misma para justificar el genocidio lingüístico y cultural en Catalunya
Para lograr que este relato arraigue, hay que blandirlo sin descanso. Es necesario, pues, mantener politizado a aquel que tiene sus orígenes —no importa ya cuán lejanos sean— en España para que la españolidad continúe siendo la identidad con la que escoge definirse. Y es necesario, sobre todo, que esta definición, que la mirada con la que uno se explica a sí mismo, se ejerza siempre contra la catalanidad. La hipocresía de los intelectuales de la charnegoría radica en presentar su marco ideológico como un antídoto contra la segregación de la sociedad catalana, cuando, precisamente, es su marco el que impide la integración. La suya es la misión de conseguir que nunca nadie se convierta en catalán a no ser que pueda acreditar una catalanidad prácticamente genética: ellos son los primeros y únicos interesados en que la adscripción nacional solo pueda funcionar por la vía de los apellidos. Están interesados en esto para vender libros, y para adornar su discurso en los medios, y para escalar peldaños en la academia, y para mantener su aureola —que es humo— de unicidad, y de novedad, y de contraculturalidad. Pero están interesados en esto, sobre todo, porque son nacionalistas españoles.
Si algo caracteriza a los ideólogos de la charnegoría, pues, es que son gente especialmente tocapelotas. Pero no lo son porque disfruten haciendo el imbécil: lo son porque el españolismo vive de inventarse la herida de la charneguitud y hurgarla sin descanso para que, cuando haya que ir a las urnas, aquellos a quienes ellos quieren describir como “charnegos” miren su ascendencia y les baste para saber quién es su enemigo. Si te parecen badajos, y algo enajenados y, sobre todo, un poco cortitos, es que no eres su público. Pero tienen público: existe una parte nada despreciable de ciudadanos en el país que necesitan su discurso para alimentar y justificar su odio a la catalanidad, a pesar de ser la catalana la sociedad con la que conviven, para que su rechazo parezca la postura íntegra y honrada. En el manoseo de Uclés a Rodoreda, y a Barcelona, y a los referentes literarios del país en general, existe la misma voluntad de españolización que en las tesis de la charnegoría, cuando, habiendo nacido en Catalunya, o crecido en Catalunya, o habiendo escogido Catalunya como hogar, se encargan de hacerte saber que nunca serás catalán del todo. Son unos pelmas, son sicarios del relato porque, en realidad, son sicarios al servicio de España.
