En marzo de 2017 tuvo éxito una expresión dicha por Artur Mas. Catorce meses después de su paso al lado (otra frase famosa), y a medio año de un 1 de octubre que entonces aún no estaba convocado, el expresident de la Generalitat dijo que, si Catalunya se independizaba, se la imaginaba como si fuera la Dinamarca del sur. La expresión tuvo éxito en un doble sentido: el primero —el pretendido por el president Mas— era el de definir lo más gráficamente posible el modelo de Estado independiente que se derivaría de la separación con España: un país con una superficie más bien pequeña en comparación con los gigantes alemán, francés o español, con una población similar (actualmente tiene seis millones de habitantes), pero sobre todo con unas coordenadas sociales y económicas basadas en una ocupación de calidad, paro bajo, salarios altos, una economía abierta, un estado del bienestar robusto y sostenible, y una democracia de calidad.
Pero la expresión también cuajó en los siempre atentos detractores de la causa catalanista que, con un tono mitad burla mitad cinismo, se apresuraron a ridiculizar la comparación. Y, a partir de entonces, cada vez que había algún dato (como el paro juvenil), algún hecho (como una avería eléctrica), o algún caso —por menor que fuera— de corrupción, aparecían los aprendices de humorista a poner el dedo en la llaga recordando que Catalunya a veces se parecía más a una Guinea del norte, que a una Dinamarca del sur.
Esta burla conllevaba dos injusticias: la primera era de tergiversación pura y dura. Mas no dijo que Catalunya era la Dinamarca del sur, sino que aspiraba a que lo fuera, consciente, como buena parte de la sociedad catalana, de que para alcanzar determinadas metas hay que imaginarlas y trabajar simultáneamente. Pero la segunda y peor injusticia relativa a la Dinamarca del sur era porque quienes se reían eran (son), mayoritariamente, defensores de un nacionalismo español que es —precisamente— el principal responsable del freno a este posible horizonte nórdico.
La comparación sigue siendo válida porque la aspiración de ser un Estado que sobresale está vigente
Esta semana nefasta para las infraestructuras en Catalunya es una demostración de ello. La zona cero del desastre que ha sufrido el país es un punto concreto de Gelida donde coincide un muro de Adif (responsabilidad del Estado español), una red de Cercanías Renfe (responsabilidad del Estado español) con un cruce con el puente de la AP7, que es una autopista de titularidad española. Además del constante déficit fiscal que sufre Catalunya (unos 22.000 millones de euros de diferencia entre lo que se recauda y lo que se recibe), el Estado español también castiga al territorio catalán con una falta de inversión crónica tanto previa, en presupuestos, como posterior, en su ejecución final. Entre 1990 y 2018 el Estado invirtió 3.700 millones de euros en la red de Cercanías del Estado, de los cuales un 47% se destinó a Madrid y un 17%, a Catalunya. La falta de inversión permanente en la red de Cercanías provocó que mientras en Madrid se registraron 1.000 incidencias en la red ferroviaria de Cercanías, en Catalunya se llegó a unas 10.000.
Esta disparidad de cifras es estructural, es decir, gobierne quien gobierne en la Moncloa, la dejadez hacia Catalunya es flagrante. A veces hay picos que simulan reequilibrar las inversiones (y que son anunciadas a bombo y platillo con la también famosa expresión "lluvia de millones"), pero al fin y al cabo el resultado siempre acaba siendo el mismo: una sobreinversión en Madrid y una infrainversión en Catalunya. De esta política, esas consecuencias que —como se ha comprobado— ya no solo afectan la vida cotidiana de la gente (con incidencias prácticamente cada día), sino directamente la vida, la seguridad personal.
La equiparación soñada con la Dinamarca del sur sigue siendo válida. Es un buen modelo al que parecerse y la aspiración de ser un Estado que sobresale está vigente. Pero, para serlo, cada vez se evidencia más que con las herramientas actuales esto será imposible. Esta semana es ideal para preguntar a la sociedad catalana si el hecho de que el Estado opere en Catalunya aporta un saldo positivo o negativo para el país. Artur Mas hizo esta comparación en una conferencia en la Harvard Law School, una de las escuelas profesionales de la Universidad Harvard y una de las facultades de derecho más prestigiosas del mundo. Se entiende, pues, que Mas expuso la comparación con la Dinamarca del sur para ayudar a la comunidad internacional (especialmente a los Estados Unidos) a situar Catalunya en el mapa de las naciones. Casi diez años después, son los Estados Unidos los que quieren un trozo de Dinamarca. Y el gobierno danés, que podría haber reaccionado de diferentes maneras, ha defendido que Groenlandia será aquello que sus habitantes decidan ser. Una lección sobre qué es autodeterminación en medio de la mayor tensión que cualquier nación libre puede vivir. Solo por eso, ya vale la pena plantearse si es mejor estar al sur de unos países o al este de otro.
